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Sobre el blog

La mejor forma de saber qué pasa en un sitio es contarlo desde la distancia. Real o figurada, pero cuanto más lejos mejor.

Sobre los autores

Juan TallónJuan Tallón (Vilardevós, 1975) es autor de las novelas El váter de Onetti, Fin de poema y A pregunta perfecta. Hace años encontró hueco en un periódico. Hizo de todo: deportes, cultura, sucesos, horóscopos, política, café. En cuanto pudo, metió una muda en la maleta y huyó para siempre de las redacciones. Ahora escribe en Jot Down y El Progreso y colabora en A vivir que son dos días, de la Cadena Ser.

Diego E. BarrosDiego E. Barros (Forcarei, 1979). Pertenece a la aristocracia de Sorribas tal y como le enseñó el añorado Suso da Paradela. Fue periodista. Porque hay que comer, a veces da clases en la universidad. Ahora escribe donde le dejan. En ocasiones hasta le pagan. Pero no demasiado.

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¿Por qué no fui un crack?

Por: | 27 de marzo de 2014

Estimado Diego

Hacía mucho tiempo que el país no estaba tan mal, y que yo no me encontraba tan bien. No sé por qué, pero cuando reina un gran caos bajo las estrellas tiendo a creer que la situación es excelente. No tengo que decirle a usted que hoy, después de oír a Dan Dennett predecir que Internet se vendrá abajo y viviremos oleadas de pánico, es uno de mis mejores días. Me gustaría explicarlo, pero soy incapaz. Solo se me ocurre recitar a Whitman en ese instante perfecto y azul en el que escribe que «aunque ya nada nos devuelva la belleza en las flores o el esplendor en la hierba, no debes afligirte, porque la belleza permanece en el recuerdo». Juguemos a ser felices, qué demonios. En este país, al fin y al cabo, cuando alguien nos pregunta «qué tal» casi siempre respondemos «bien», por cierta idea de fidelidad, seguramente añeja, a lo felices que fuimos en el pasado. Algo parecido a aquellos días decrépitos en los que Vázquez Montalbán, cuando algún amigo le echaba en cara su empeño en mantenerse leal al comunismo, hacía un último ruego: «Déjame que sea el que apague la luz».

Tal vez Dennett tenga razón, y a fuerza de que muy poca gente sepa ya hacer algo real, puesto que hoy es suficiente con saber manipular un complicado mecanismo, llegará el día que no sepamos cómo encender el fuego. Esa jornada seguramente será horrible, la clase de día en el que nunca querrías verte envuelto. Pero como me conozco, y la idiotez es un estilo irrenunciable, mi principal preocupación tendría que ver con alguna insignificancia. Capaz que, de pronto, esa mañana echo de menos un cigarro, aunque no fume, pero basta que el mundo a mí alrededor se tambalee, para que tener un cigarrillo me parezca la cosa más importante en un momento así. Cuando el caos se extiende, me gusta mantener la cabeza fría y pensar en alguna cosa sin importancia, como el gin-tonic con toques de plancton. Acaso el caos sea el tipo de problema peliagudo pero no lo bastante peliagudo como para no solucionarse solo, con sus propias manos. Al modo difuso en el que conjuras la avería del coche subiendo a tope el volumen de la música para no escuchar ese inquietante ruido en motor, que exaspera tus nervios.

¿El mundo se derrumba? Hágame caso, Diego, y fríase unos huevos caseros. Ante tanta basura y desorden yo no voy a dejar de prepararme esta noche lenta y felizmente mis buenas albóndigas, que me envió mi madre, o de emborracharme solo mientras veo algún ridículo partido de fútbol. Hay que saber renunciar de vez en cuando a esas cosas que te hacen tanto bien, pero te aburren. Fíjese en el pobre Héctor Bambino Veira. «Yo tenía pique corto, tenía pegada, tenía quite, tenía cabezazo. ¿Por qué no fui un crack? Es que trasnochaba», admitía. La vida perfecta, saludable, ordenada no iba con él. «Nene, a mí me gusta tanto la noche que al día le pondría un toldo», acostumbraba a decir. Me gusta mirarme en esta clase de espejos rotos. No importa que a veces las cosas salgan mal. Así están bien. 

P.D.- He encontrado un billete de cinco euros en el bolsillo de una camisa. Creo que voy a despilfarrarlos y desaparecer durante dos días, como en los viejos tiempos. Le tendré informado, pero no muy informado.

Las urgencias

Por: | 25 de marzo de 2014

Estimado Tallón,

Eso que me dice de Ourense se lo creo bien pues tuve ocasión de comprobarlo no hace mucho tiempo durante el Entroido de Verín. Recuerdo que en un momento de la noche, mi santa, estadounidense de toda la vida, dejándose llevar por la pasión patriótica entregó al respetable un elegantísimo «Halloween sucks!» (¡Halloween da asco!). Incomprensiblemente nadie alcanzó a entender su fuerte acento compostelano. Ya ve qué cosas. Ha pasado una semana desde su carta y veo que a pesar de lo que pueda parecer cuando uno abre un periódico, el país sigue girando como si tal cosa. Ese estado de tranquilidad aparente siempre al borde del precipicio es una característica que encuentro apasionante. Hay gente que cree que conviene tomarse las cosas con más calma. Por eso nuestras señorías en el Congreso han decidido darse de plazo lo que queda de año para ver si hacen algo contra la corrupción aunque sea por el qué dirán. Supongo que si yo trabajase en un sitio con los gin-tonics a tres cincuenta también me tomaría mi tiempo. Y ya es raro esto de tomarse un tiempo en un país acostumbrado a hacer las cosas en caliente, aunque sean los milagros. Ayer asistimos al segundo desde que en 1978 multiplicamos los demócratas de toda la vida: la aparición de los votantes de Adolfo Suárez, con treinta años de retraso. Ha sido morir el presidente Suárez y rebautizar el aeropuerto de Madrid. Supongo que por eso el Telediario de TVE informaba ayer mismo de que, con la urgencia, «en el aeropuerto todavía no se ha notado el cambio de nombre».

    Aquí, lo habrá visto, hemos tenido elecciones y han pasado casi sin que nadie se enterara. De ahí, dicen, la alta abstención a medio camino entre el cansancio y la indiferencia republicana de quien sabe de la firmeza del sistema. Dicen que ha ganado la ultraderecha de Madame Le Pen, lo cual es exagerar bastante las cosas pero es lo que queda: fiarlo todo a que los niños se asusten del lobo. Tanto están repitiendo los demás el cuento que un día nadie se lo creerá y entonces ya será tarde. Me pregunta si tenemos Diputaciones y bueno, lo equivalente serían los Consejos Generales de los departamentos pero qué va, este sigue siendo un país jacobino. Lo más parecido a una Diputación es también el partido de la señora Le Pen. Como en el caso de la de Ourense, hasta el momento, el liderazgo del FN también parece ser hereditario. 

    A mí, en cambio, siempre me ha gustado dejarme llevar por la urgencia. Por eso, creo, me hice periodista. Adoro la tensión de la hora del cierre. Ahora que mi única urgencia consiste en bajar por pan antes de que la panadería cierre a las doce me siento perdido, lleno de incertidumbres. Y hay días que la relajación me produce tal terror que ni llego. Por algo decía Groucho Marx que uno no debe sentarse jamás en las fiestas ya que puede acabar a tu lado alguien que no te guste. Tuve un jefe que era maestro a la hora de lidiar contra las inclemencias. En una ocasión, ante las quejas por falta de manos con las que hacer el periódico, cerró la discusión de manera lapidaria: «tendes teléfono, tendes ordenador, tendes Internet, non sei de que vos queixades». A aquel jefe solo le entró la prisa una vez, durante el proceso de independencia de Kosovo. Había que cerrar el periódico y ante la falta de noticias, apurado, levantó el teléfono para ordenarle a una compañera: «chama aí a Bruxelas a ver se saben algo».

    Pero no me haga mucho caso, aquellos eran días de vivir deprisa. Ahora, como le dijo el personaje de Edward Norton a Marla Singer (Helena Bonham Carter) en El club de la lucha, «me has conocido en un momento extraño de mi vida». 

 

    Pd: De lavadoras solo sé que cada colada me valía en EE.UU. 1,25$ más otro dólar secarla, por lo que leer a Kant era lo mínimo que uno podía hacer. Pero no se imagina en qué nueva etapa he entrado desde que se me estropeó el microondas. Y va para tres meses.  

Cama, vermú… y vodka

Por: | 20 de marzo de 2014

Estimado Diego,

Tengo la teoría de que el extranjero es España. No puedes ser más extranjero que residiendo habitualmente en un sitio como Ourense. No reconoces ninguna clase de normalidad en las cosas que suceden normalmente. En el fondo, la extranjería solo es una extrañeza, y todo cuanto ocurre aquí, y también lo que no pasa, invita al enajenamiento, el pasmo, la lejanía. Mi patria, querido Diego, es la cama. Y algunos días el vermú. Lo demás son hostias. No existe otro lugar en el que me pueda sentir más a cubierto y feliz. Mantengo otra teoría –grotesca y bella– según la cual al individuo contemporáneo no le conviene alejarse más de mil quinientos metros de una cama, por lo que pueda pasar. Hay problemas cuya solución se alcanza solo si vuelves al dormitorio muy rápido y te tapas. O, como decía antes, si saltas al vermú. En la vida es hermoso tener alternativas.

Existen minutos, cuando pisas este territorio hostil y ajeno, en los que sientes un deseo limpio y feliz de denostar el lugar, como cuando a Mark Twain, cada vez que leía Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, le entraban «ganas de desenterrarla y golpearle el cráneo con su propia tibia». Pero como soy incapaz de tener una idea fija sobre cualquier cosa, admito que vivir aquí posee un encanto especial, como muchas de las cosas que no entiendes y que misteriosa e inevitablemente te hacen gracia. Nuestro amigo Rafa Cabeleira contaba hace unos días que un vecino de Campelo, vagamente entusiasmado, le había ofrecido algunas pistas sobre un encuentro reciente con una chica. Cuando Rafa venció sus resistencias con bebida, el vecino se vino abajo y entró en detalles. Mujer sentadaEs así como reveló que la muchacha se presentó a la cita, en casa del pretendiente, con una botella de vino de la casa. ¿No es para ponerse loco de contento por pertenecer a este país y convivir con sus gentes? ¡Vino de la casa! Me quito el cráneo, como decía Don Latino.


Cuando quiero visitar un país desconocido, pues, me pongo un pantalón, cojo tres euros y salgo a la calle. Algunas noches me gusta bajar en zapatillas a tirar la basura y caminar cien metros para contemplar la Diputación Provincial, que, como el nombre indica, es fuertemente extranjera. Me pregunto si ustedes tienen algo así en Francia. Téngame informado. No me resisto a contarle la última heroicidad de la institución. En realidad, sucedió en 1990, pero yo acabo de enterarme, así que es como si sucediese ayer. Ya sabe usted que aquí el tiempo pasa lentamente, sin dejar de ir muy deprisa. Ese año la institución reunió su fondo artístico para exponerlo. En el traslado de las obras, un cuadro de Cándido Fernández Mazas, titulado ‘Mujer sentada’, soportó un grave desperfecto. Según la Diputación, «el cuadro sufrió un fuerte impacto al ser golpeado por un coche cuando efectuaba una maniobra de marcha atrás, hallándose el cuadro apoyado en uno de los parachoques del patio del aparcamiento, al parecer sin protección. La tensión experimentada por el lienzo al pasar de repente de un ambiente caliente a otro de frialdad pudo contribuir a que los efectos del impacto fuesen mayores». Tal vez crea usted que es un accidente más. Claro. La vida está llena de atropellos. No le falta razón. Aunque tal vez desee saber, amigo Diego, que el automóvil que embistió la pintura marcha atrás era el coche del presidente de la Diputación, José Luis Baltar. Estas noticias, aun pasado tanto tiempo, me consternan y me producen sed. Es una suerte que esté en una nación extranjera, porque para animarme hoy me voy a tomar un buen vodka del país, elaborado precisamente en Ourense. Le tendré informado, pero no muy informado.

PD: ¿Entiende de lavadoras? ¿Sabe hasta qué punto es normal que, durante el centrifugado, abandone el balcón y camine hasta al salón, donde estoy leyendo a Kant tranquilamente?

JT

El extranjero

Por: | 17 de marzo de 2014

Estimado Tallón,

Empezar una correspondencia me asusta pues hay intimidades que conviene evitar sin habernos emborrachado antes. Bien es cierto que no es una carta al uso pero qué queda de cierto ahora que sabemos que el mañana no es lo que era. Sé que está en Ourense, yo no. Ni siquiera estoy en España y esto es lo extraño pues últimamente no paro de recibir felicitaciones por no estarlo. Yo no sé qué pensar. Le comento que me han encargado que le escriba del extranjero porque este blog que hoy inauguro va de mantenernos informados. Pero no mucho. En una sociedad como la nuestra tampoco es que quede mucho que decir. Supongo que esa es la razón de que nadie escriba cartas. Y menos hablando del extranjero.
    Como usted sabe, el extranjero está lejos y es raro pero hasta esto es relativo. Yo, por ejemplo, las dos personas más extrañas que he conocido en mi vida, una era vasca y el otro un señor de Murcia. Dos condiciones que desde entonces considero excéntricas rayando lo absoluto. Lo bueno de ver las cosas desde el extranjero, amigo Tallón, es que se hace con la claridad que solo da la distancia y eso permite relativizar las cosas. Porque solo relativizando mucho puede uno entender que seguir debatiendo a estas alturas de corrupción es como seguir haciéndolo de periodismo. Y no hay nada más aburrido que los periodistas mirándose el ombligo. Por eso se bebe tanto en este oficio, para perderlo pronto de vista (el ombligo) y pasar a cosas más importantes.
    Es cierto que en el extranjero pasan cosas extrañas. Yo vivo en un país en el que al Gobierno, en menos de dos años, ya le han dimitido un ministro. Para compensar, el presidente se ha echado una amante. Por lo demás, el extranjero es bastante aburrido, formal, diría. Francia no es por ejemplo Italia, donde se han acostumbrado a vivir al ritmo de bunga bunga sin importar mucho quién marque el compás en cada momento. Los italianos, como los belgas durante más de quinientos días, confirman a diario una cosa: los gobiernos están sobrevalorados. Durante un tiempo viví con un italiano de Sicilia que me confesó que lo que más le había gustado de España era el médico: «he ido al doctor por un catarro», me dijo un día, «y no ha querido cobrarme, ¡increíble!». Aquí en Francia la monotonía se rompe dejando ladrar de vez en cuando a Madame Le Pen lo que a ustedes, allá, parece ponerles bastante nerviosos. Pero ya le digo, Tallón, que de momento la única sangre que ha corrido lo ha hecho por una playa de Ceuta. Conviene por tanto relativizar, ya sabe lo que dicen en Francia: no hay solución porque nunca hubo problema. La distancia más corta entre dos puntos son las trescientas ventanillas y los trescientos papeles que tiene que presentar antes de llegar a la siguiente casilla. Napoleón sabía lo que se hacía creando el estado moderno después de la broma de las guillotinas. Esto es algo que a veces llega a desesperar a alguien venido de un país acostumbrado a cortarse las venas cada cinco minutos. Supongo que esta frustración es producto de no haber tenido revolución propia.
    Una de las características del extranjero es hacer de la pachorra un arte. Allá por 1862, el escritor Victor Hugo andaba preocupado con la marcha del manuscrito que acababa de enviarle a su editor. El libro en cuestión era Los Miserables. Cansado de esperar por la respuesta y en mitad de un viaje, Victor Hugo envió una carta a sus editores donde había escrito un escueto «?». Unos días más tarde, Hugo respiró aliviado al contemplar la respuesta de sus editores: «!». La otra son las formas. Como cuando George Bernard Shaw le escribió a Winston Churchill para invitarlo al estreno de su última obra de teatro: «Le ruego venga y traiga a un amigo, si tiene uno»; a lo que Churchill respondió: «Estimado Sr. Shaw: lo lamento, pero tengo un compromiso y no podré ir. Iré a la segunda función, si es que hay una».
    Ahora le toca a usted, Tallón. Manténgame informado, pero no muy informado.
    Nunca suyo ya que otras llegaron antes,

D.

El País

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