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Sobre el blog

La mejor forma de saber qué pasa en un sitio es contarlo desde la distancia. Real o figurada, pero cuanto más lejos mejor.

Sobre los autores

Juan TallónJuan Tallón (Vilardevós, 1975) es autor de las novelas El váter de Onetti, Fin de poema y A pregunta perfecta. Hace años encontró hueco en un periódico. Hizo de todo: deportes, cultura, sucesos, horóscopos, política, café. En cuanto pudo, metió una muda en la maleta y huyó para siempre de las redacciones. Ahora escribe en Jot Down y El Progreso y colabora en A vivir que son dos días, de la Cadena Ser.

Diego E. BarrosDiego E. Barros (Forcarei, 1979). Pertenece a la aristocracia de Sorribas tal y como le enseñó el añorado Suso da Paradela. Fue periodista. Porque hay que comer, a veces da clases en la universidad. Ahora escribe donde le dejan. En ocasiones hasta le pagan. Pero no demasiado.

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¿Qué voy a hacer yo con los millones?

Por: | 30 de abril de 2014

Querido Diego

Cuando me hablan de dinero me gusta chasquear la lengua y precipitarme al silencio, como si fuese un barranco. Si fumase, tiraría el cigarro al suelo, y lo pisaría con la punta del zapato, recién afilada, e igualmente saltaría al silencio, expulsando el humo como si odiase respirar. Ese chasqueo desconcierta al interlocutor, que se debate entre sospechar que soy pobre como una rata, pero sin descartar del todo que tenga tanto dinero que me aburra tratar el tema. «Ser rico para vivir tranquilo, como los pobres», lo llamaba Picasso. El dinero me hace pensar en ese breve diálogo de Un día perfecto para el pez plátano, de J.D. Salinger, cuando Sybil se baña en el mar con un amigo. «Ahí viene una ola», le advierte, con una felicidad infantil. Su joven acompañante mira la ola y dice: «No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia, como dos engreídos». Esa petulancia ligeramente ridícula, querido Diego, es la que me gusta exhibir con el dinero. No hay mucho más que decir. Cuando hablas demasiado de él la gente corre a toda velocidad a concluir que no lo tienes.

A poco que te fijes en los millonarios, y entre estos en los multimillonarios, aprendes que el dinero no es para hablar de él, sino para caminar por encima, como si fuesen baldosas. El dinero no es para ellos dinero, como lo entendemos usted y yo, y que nos vale para comprar una camisa, sino algo parecido al filo de la eternidad. En Gog, de Giovanni Papini, se recrea una entrevista con el viejo Henry Ford que siempre me hace llorar como un pobre desdichado. Es un momento de felicidad tirando a triste. La conversación discurre con gran sinceridad, como cuando Ford explica que su ideal máximo sería «fabricar sin ningún operario un número cada vez mayor de objetos que no cuesten casi nada. De hecho, estoy construyendo una nueva fábrica en Detroit que llevará por nombre La Solitaria». Pero no quería detenerme yo sino en ese momento posterior en el que Ford declara que «Yo no busco, como usted sabe, la riqueza. Solamente los pequeños industriales atrasados se proponen como fin el ganar dinero. ¿Qué quiere usted que haga yo con los millones? Si vienen, no es culpa mía, sino el resultado involuntario de mi sistema altruista y filantrópico. Personalmente vivo como un asceta: tres dólares al día me bastan para alimentarme y vestirme». Henry es un místico desinteresado de la producción y de la venta. Las ganancias excesivas le fastidian, como si sólo beneficiasen al fisco.

Y ahora, querido amigo, llega ese momento en que reconozco que daría todo el dinero que tengo por follarme al Chelsea de pie y plantarme con el Atlético de Madrid en el filo de la eternidad. 

«Me lo vas aparcando»

Por: | 22 de abril de 2014

Estimado Tallón,

Es tranquilizador saber que todavía queda generosidad en el mundo. Especialmente en determinadas épocas. Lo ha asegurado Luis el cabrón ante el juez, a quien leo que le ha dicho que las entradas de dinero en Génova B en los meses previos a las elecciones eran un no parar. Ante tanta generosidad con el dinero yo entiendo que lo mejor es esconderlo, que no se vea. Siempre me ha parecido de mal gusto la ostentación de algunos con el vil metal, por eso nunca me dejo caer por Mónaco; para qué. Mientras estaba de Erasmus en Italia, mi hermano y unos amigos decidieron alquilar un coche y hacer un viaje. El dinero les dio para una especie de Panda italiano con el que se plantaron en el Casino de Montecarlo. Con barba de dos semanas, en chanclas y después de dos días sin ducharse, mi hermano se bajó del coche y le dijo a uno de esos porteros con frac y chistera: «Me lo vas aparcando».

    Pocas sensaciones comparables a la de nosotros los pobres cuando despilfarramos todo nuestro dinero, que vienen a ser unos veintitantos euros, en una buena noche. Y mañana dios dirá, como si hubiese uno. Acostumbrado a vivir por encima de mis posibilidades según me han dicho, ahora también en Francia, yo sigo manteniendo la vieja aspiración de Picasso: «tener mucho dinero para poder vivir tranquilo como los pobres». Habrá leído ya que nuestro agente en París también se ha apuntado al carro de denunciar nuestro vicio. Ha decidido cortar por lo sano, que para todo buen socialdemócrata vienen siendo los pobres. Lo de Rodríguez Zapatero en España se va a quedar pequeño, ya se lo digo Tallón. Es una suerte que estemos en periodo electoral por lo que cabe confiar en la generosidad de otros, porque no sé si no qué iba a ser de nosotros. A fin de cuentas, como decía Marx, Groucho, «¡hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero, pero cuestan tanto!»

    Ayer se plantó una señora ante mi puerta y en correcto español me anunció tres buenas noticias. La primera fue que la salvación era posible y las otras dos las olvidé casi al instante. Cuando terminó, la mujer dibujó una sonrisa en su rostro y quiso saber mi parecer. Yo solo acerté a responder si la salvación es realmente necesaria. Para qué estropear algo que nos está quedando tan bien. Le diré que aquí la Semana Santa es bastante aburrida, ni una sola procesión; y consiste por lo general en ponerse hasta el culo de chocolate como si el verano no estuviese a la vuelta de la esquina. Es curiosa la fijación francesa con el chocolate. Varias veces me han parado en la autopista los agentes de Aduanas y al bajar la ventanilla del coche la pregunta siempre ha sido la misma: «¿lleva chocolate?» Los agentes de Aduanas franceses consiguen que me sienta como como si estuviese circulando por la A-6 dirección Madrid. La primera vez que me pararon, desconocedora de la magia de la lengua, mi santa yanqui contestó que sí. Fueron las risas.  

    Con estupefacción he visto que alguien ha vuelto a dimitir en España. Esto ya va camino de convertirse también en vicio que, por otra parte, es la única forma de que dimita un cargo público en ese país. Yo qué quiere que le diga, amigo Tallón. A ver si por ser del PP, concejal y no sé qué más carguitos no va a poder uno ponerse unas rayas. Dimitir de un carguito por unas supuestas rayas. Llevárselo crudo en A, en B e incluso hacer negocios privados como miembro de un Gobierno, eso ya mejor. Somos un país sorprendente. Hay algo en la supuesta foto de la supuesta raya ―en este asunto todo es un suponer―, que me tranquiliza: la gomina. Que vuelva la gomina es síntoma de que seguro la recuperación ya está aquí; en eso, como sabe, tenemos experiencia. Fue comenzar a circular la gomina en los ochenta y aquello ya fue un no parar. Yo en estos casos prefiero citar sobre seguro y como dijo Alberto Núñez Feijóo sobre sus viajes con un conocido ―para toda Galicia menos para él― contrabandista, «solo recuerdo que había nieve»

Siga bien, pero no mucho. 

D.

 

¿Cómo vamos a estar, mamá?

Por: | 10 de abril de 2014

Estimado Diego

Pongamos que usted y yo, y tres o cuatro individuos más, para no sentirnos solos, somos de esa catadura de personas que no aguantamos ni el frío ni el calor. Ni al Gobierno, ni a la oposición, ni al Opus, ni disimular que bebemos. Tampoco aguantamos las ciudades grandes, por asfixiantes, ni los lugares pequeños, por las mismas razones. Nos la sudan las naciones, y sus banderas y toda la pesca. No somos, tampoco, ni de ver televisión, ni de acudir a misa, ni de decir mucho la verdad. No aguantamos tanta publicidad, ni la vida en pareja, ni la vida en solitario, ni las hortalizas, ni cuando nuestra madre llama para preguntar cómo estamos. ¿Cómo vamos a estar, mamá? Mal de cojones. No leemos los periódicos deportivos, y apenas los periódicos de información general precisamente porque ahí escribe gente indeseable como nosotros.

Pongamos que no aguantamos a los compañeros de trabajo, ni a algunos amigos de nuestros amigos ni, a veces, a nuestros amigos. No nos soportamos a nosotros mismos, aunque nos saludamos, por compromiso. ¿Y qué decir de los vecinos? A estas alturas podemos expresar la verdad en alto: nos dan verdadero asco. Son escoria. No unos más que otros. Por razones obvias, a lo mejor, el presidente de la comunidad un poco más, en efecto. En el fondo, sospechamos que roba. Pongamos que a usted, a mí y a los tres sujetos elegidos para hacernos compañía, nos desagradan las colas que hay que hacer para entrar a los sitios, o para encontrar trabajo, o para comprar una entrada, o para beber un trago decente. No nos gusta conducir, ni andar en bicicleta, ni Telefónica, ni Él Corte Inglés. Ni Rubalcaba. Ni las copas demasiado sofisticadas.

No aguantamos los refranes, ni los botones grandes, ni la chaqueta cruzada, ni el olor que ha dejado la prohibición del tabaco. No podemos soportar un minuto más los atascos, ni los debates parlamentarios, ni a la patronal. No olvidemos que no aguantamos las coles de Bruselas, ni el fenómeno de las tertulias, ni a Almodóvar, ni a Boyero, ni a ese, ni a aquel, ya me entiende. Claramente también estamos en contra de los rescates, de los editoriales de periódico, de Sostres, otra vez del Gobierno y de la oposición, de los monopolios, de la banca… Tengo que parar. Me aburro a mí mismo. Así que ante el desolador panorama, ¿qué nos queda? No sé a usted, amigo Diego, pero a mí aún me queda el Atlético de Madrid

Animales mitológicos

Por: | 08 de abril de 2014

Estimado Tallón, 

Es curiosa esa manía de algunos por llevarse a casa las cosas que se encuentran por la calle. Especialmente cuando el feliz encuentro se produce a altas horas de la madrugada. Cuando más que pasar el tiempo uno querría detener la vida. Una vez me desperté de uno de esos buenos momentos a la mañana siguiente en mi habitación y apoyada contra la pared descubrí una señal de STOP del tamaño de una mesa camilla. Nunca supe cómo había llegado allí, tampoco ninguno de mis compañeros de piso pero como no había razón alguna para echarla de casa convinimos en adoptarla. Como esa gente que abre su hogar a gatos o perros callejeros y los convierte en mascotas, nosotros hicimos lo propio con aquella señal que lograba un brillo mitológico en medio de la oscuridad del salón cuando recibía alguna luz directa que se colaba, furtiva, por la ventana. Durante un tiempo fue una especie de orgullo para nuestra casa; algo que enseñar, orgullosos, a las visitas. Hoy he perdido mucho del romanticismo de entonces pero aún guardo un lugar  para la fantasía. Por eso, si tengo que elegir de entre todos los animales mitológicos que nos rodean me quedo con el señor Montoro.

A veces creo que de no haber sido ministro, el señor Montoro habría llegado a ser algo en la vida. Como yo, que mi abuela me decía que iba a llegar lejos y de momento ya estoy en el extranjero. Un mal día lo tiene cualquiera, ese en el que una elección a cara o cruz acabará determinando para siempre tu destino. Me pregunto cuándo fue el momento que lo cambió todo. Pudiendo haber sido un gran charcutero, tornero fresador o incluso sexador de pollos; no, el señor Montoro decidió ser ministro. Y de Hacienda nada menos. Que tal y como el señor Montoro ha demostrado, ser ministro de Hacienda viene a ser un Pepito piscinas, que come una, cuenta tres y el resto le reímos la gracia. No me explico cómo nadie le ha dado una tertulia televisiva al señor ministro. De corazón, fútbol o, incluso, política. Da igual, el resultado viene a ser siempre el mismo. Una Boda Roja que pierde mucho sin el señor Montoro en una esquina del salón diciendo, entre risas, no se alarmen toda esa sangre es cosa de estadísticas que no se corresponden con la realidad.

Cuando echo de menos mi casa, amigo Tallón, me tumbo en el sofá y me preparo para ver uno de esos documentales de fauna salvaje que nuestros canales han dado en llamar debates. Las tertulias televisivas confirman que en nuestro supuesto país todo es discutible menos lo importante, aunque supongo que esa es también una de las virtudes de la democracia. No salgo de mi asombro tras leer el caso de la condesa consorte de Bornos y grande de España. A la señora Aguirre le ponen una multa, se da a la fuga, pero resulta que el problema son los agentes municipales que «acosan al ciudadano». Ya es casualidad que tanta preocupación por este coincida con el episodio de El Vaquilla en versión castiza y pizpireta quemando goma Gran Vía abajo, después de asaltar su propia cuenta corriente en un cajero. Decía Chesterton que «democracia significa gobierno por los que no tienen educación, y aristocracia significa gobierno por los mal educados» y uno ya no sabe a qué atenerse. No sé a usted pero mí por ejemplo hay cosas que me tranquilizan. Como tener un Gobierno cuyo partido supuestamente se paga las obras de la casa en negro. Para que luego digan que no nos representan. 

Siga bien, si puede.

Mi amiga Kate Moss

Por: | 03 de abril de 2014

Estimado Diego

No sé qué sería de nosotros sin hábitos absurdos, como darle patadas a una lata de Fanta naranja o tener gobierno. Aún recuerdo cuando Borges decía «que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos». A saber qué entendía por tiempo. Todos necesitamos recurrir a idioteces. No sé si a usted se lo parece, pero el absurdo proporciona mucha compañía. Los días, al fin y al cabo, son larguísimos. Tengo un amigo que guarda un maniquí en el garaje, aunque durante un par de años vivió en el salón. Se llamaba Kate, por Kate Moss, y tuvo que aguantar muchas gilipolleces de los amigos de mi amigo cuando lo visitábamos. El caso que es mi colega había cortado con su novia de toda la vida y atravesaba días atribulados. Fíjese, querido Diego, que empezó a emborracharse y todo. Pobre infeliz. Un día, es decir, una noche, descubrió un maniquí abandonado en un contenedor, como si acabasen de violarlo en una Kate Moss por Lucian Freudboutique en obras. En verdad producía repelús, pero a él lo invadió una pena inagotable y lo subió a casa. Después de curarlo, lo vistió con un bikini de su ex y le colocó la Metafísica de Aristóteles bajo un brazo. Todo es absurdo, pero no importa. En fin.

Por lo que me cuenta, advierto que en Francia caen los gobiernos con cierta facilidad a la basura, como maniquíes, casi sin tiempo a que los franceses aprendan los nombres de sus ministros. Es tremendo. Pobres infelices los ministros. En el fondo, todo eso se parece a dar una patada a una lata de Fanta. Es hermoso. En España si pretendieses dar un punterazo así, y alejar la lata, tendrías problemas serios con el pie. Pero no hablemos de porquerías. Me ponen triste. Y me recuerdan a aquel cigarro que le ofreció Leopoldo María Panero a Jesús Ferrero una tarde que paseaban por París. El poeta sacó un pestilente paquete del bolsillo y le ofreció un pitillo a Ferrero. «¿Quieres uno? Son cigarros de tabaco mezclado con mi propia mierda, y está más que probada su naturaleza medicinal. Si te fumas uno, cesarán de inmediato todas tus enfermedades mentales, si es que las tienes. Los he elaborado con mucho mimo, sobre todo pensando en mi madre». Lo contaba el propio Ferrero en el obituario de Panero, donde también decía que rechazó el cigarro, por si algún suspicaz pensaba lo contrario. Dicho esto, también creo que las porquerías ofrecen mucha compañía. Si un día se suprimiesen sería terrible. Seguramente tendríamos que beber un cóctel más antes de la comida, para llenar el hueco. Pero ya ve usted qué problema. Téngame informado, pero no muy informado, de si volviese a caer el gobierno.

Ya nada puede salir mal

Por: | 01 de abril de 2014

Estimado Tallón, 

Por cosas como despilfarrar un billete de cinco euros dicen que hemos llegado a esto. Lo dicen los mismos que repiten que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades aunque nuestras posibilidades hayan sido siempre más bien pocas; y por tanto, vivir por encima de ellas algo empíricamente imposible. Pero sí coincido con usted, amigo Tallón, en una cosa: como cuanto peor mejor, esto ya solo puede acabar siendo apoteósico. Como cuando salíamos de casa con apenas mil pelas y las mil pelas daban para una fiesta de barra libre, unas cervezas posteriores en el Campillo y una hamburguesa radiactiva del Ñam a la que responsabilizar de los desperfectos su tu madre te pillaba dando bandazos de la puerta al baño. Hubo un tiempo en mi vida, no hace mucho, en que cuando estaba bajo de autoestima me plantaba cinco minutos ante el televisor a ver Telecinco. Hay que sobreponerse a los elementos, me decía. De lo contrario puede acabar uno cruzando la puerta de un gimnasio. O la de un plató de televisión luciendo camisetas tres tallas más pequeñas y tetas cuatro más grandes. Si la cosa ya no tiene arreglo, la de ambos.  

DelarocheNapoleon  En momentos como estos yo siempre me acuerdo de lo que decía Enrique Tierno Galván, en aquellos violentos años de transición y que ahora llaman de consenso: «Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad». Quién nos iba a decir entonces, mientras desayunábamos tostadas con mermelada delante de la tele, que el mal sí era el capital y que despilfarrar cinco euros iba a ser el menor de nuestros pecados. Fíjese sino en Francia. Consumada el domingo la debacle electoral, Hollande, que se parece cada día más al muñeco de Michelin, decidió ayer cortar por lo sano: crisis de Gobierno. He ahí el milagro. Del caos electoral solo puede emerger una belleza de la que solo son capaces los socialdemócratas cuando, como acostumbra Elena Valenciano, se entregan a la poesía. Abandonado por el electorado de izquierda que lo llevó al Eliseo defraudado por sus promesas incumplidas y su giro neoliberal, el presidente galo ha colocado al frente del Gobierno a su hombre más «pragmático» como sinónimo de derechista. He visto que algunos medios patrios han resaltado sus orígenes para apuntar a Manuel Valls la causa de la marca España. Hay quien no olvida que Godoy dio permiso a Napoleón para pasar a invadir Portugal y el francés decidió quedarse con España porque cuando eres emperador en algún lado has de colocar a la familia sobrante. Dicen que la envidia fue siempre uno de los pecados patrios. Ya hemos de querer mal a nuestros vecinos para alegrarnos de que estén gobernados por un «español». Qué podría salir mal.

    Hay días en que sin saber por qué, me acuerdo de N., el yonqui de Pontevedra. Debería decir que N. era uno más de los muchos que pululaban por la ciudad del Lérez allá por los noventa. Pero había tantos que podemos decir que todos teníamos el nuestro. Y N. era el que a mí me pillaba más cerca hasta que un día, después de habernos marchado a la universidad, dejamos de verlo y nos dijeron que había muerto. Inquebrantable, día sí y día también, lo normal era encontrarse a N. por la calle; especialmente los sábados que era cuando solíamos tener pasta fresca en el bolsillo. Lo veías venir y a la distancia ya gritaba: «¡tío! ¿tienes veinte pavos, unas monedas?». Cuando le apuraba la urgencia pedía para comprar un billete de autobús con el que «volver» a su ciudad. Si le contestabas «joder, N. que sé que eres de Pontevedra», te decía, jodido, «perdona, tío, no me había dado cuenta».

    Con N. todo eran certidumbres. Cuando andaba con el mono subido era mejor esquivarlo porque la insistencia de un yonqui pidiendo pasta a contrarreloj es solo comparable a la resistencia de un corredor de maratón. A veces se ponía violento y en más de una ocasión, vi cómo lo ponían de verano. Y cuando aparecía con la ropa limpia y el pelo mojado sabías que acababa de salir de una temporada en la trena. «Me he quitado, tío», decía optimista, «ya nada puede salir mal».

 

Pd: Treinta y ocho ministros, Tallón, ese es el número del Ejecutivo saliente. Y nosotros trece. Pero se ve que se bastan y se sobran.

El País

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