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El síndrome del emigrante

Por: | 20 de mayo de 2014

Cómo empezar sin felicitarle. Me he alegrado pues son estas pequeñas victorias que subvierten el orden establecido las que hacen que algunos todavía crean en la revolución. Ya sabe lo que pienso yo de las revoluciones, que son como las figuras de porcelana, muy bonitas al principio pero al poco tiempo uno ya no sabe muy bien qué hacer con ellas. Mire la francesa, si no. En 1789 la hoy Plaza de la Concordia de París fue bautizada de un día para otro como Plaza de la Revolución. Llevados por la emoción del momento, los revolucionarios instalaron una guillotina en el centro y lo pusieron todo perdido. Pocas veces en la Historia hemos visto un fragor semejante a la hora de celebrar una victoria. Pero la alegría en casa del pobre suele durar poco. Ya ve, el pueblo francés montando una revolución para quitar un rey y acabar, solo quince años después, poniendo un emperador. Supongo que a estas alturas ya habrá vuelto a casa. Hace bien, el sábado está a la vuelta de la esquina y ahí no habrá cholismo que valga. Las cosas serias, amigo Tallón, solo tienen un orden y un sentido. A ustedes solo les queda lo que decía mi abuela: «ride hoxe que xa choraredes mañán».

La semana pasada estuve de visita relámpago en la capital del Reino. Fue bajar del avión y ver cómo me golpeaba de lleno el síndrome del emigrante. Corrí a un bar. Necesitaba experimentar de nuevo esa sensación de pedir una caña, que te pongan una tapa y no sentir como que me acaban de extirpar un riñón, que es la sensación de beber en la Europa rica. Fui tan feliz que a punto estuve de meterme en la conversación que el camarero mantenía con otro cliente. Me contuve y me limité a escuchar. Cuando el cliente se fue, asalté al camarero con la mejor de mis sonrisas: «qué, el Madrid otra vez campeón de Europa». El tipo me miró de reojo y casi escupió sin siquiera moverse: «a ver». Y esto después de haberse pasado la media hora anterior glosándole a su interlocutor las penalidades que los de Ancelotti harían pasar al Atleti en Lisboa, incluyendo un vehemente «la Décima no se nos escapa».

Camisetas

Ayer, ya de vuelta, vi uno de esos debates europeos. Hubo dos momentos estelares, ambos protagonizados por González Pons. «¿Es España el mejor país de Europa? No. Pero podría serlo», dijo en lo que viene siendo una variante de nuestro viejo tópico. No sé, amigo Tallón, si en España se vive bien como se empeñan algunos. De lo que estoy seguro es de que en España se bebe de puta madre. Porque otro de los síntomas del síndrome del emigrante es el estado de resaca permanente. Uno trae pocos días, nunca los suficientes para recuperar los cuatro meses que has estado ausente. Quieres ver a todo el mundo sin darte cuenta de que el mundo sigue girando sin ti y los hay que incluso tienen trabajo. Los otros te acompañan para hacerte partícipe del resentimiento. Y es en esas ocasiones donde no queda otra sino beber. La primera noche cerramos un bar. A tal intimidad llegamos con el camarero, ―Álvaro se llamaba―, que a punto estuve de intercambiar teléfonos.

El segundo momento estelar de González Pons fue cuando sacó el cartelito con el tuit de Elena Valenciano en el que decía que Ribéry «es feo». A ver, la estrella del Bayern es feo, hecho objetivo. Punto. Ribéry es feo y rico. Yo no soy tan feo y sí infinitamente más pobre. Desde aquí se lo digo, señor González Pons, eso no es una estrategia para tapar los deslices de Cañete, son hechos. A veces pienso que si González Pons lo pillan en mi pueblo, la primera pregunta que le harían sería «e ti de que piñeiro caíches meu rei?».

Por eso en Madrid me acordé de Mareque cuando decía que «o malo da cidade é que hai de todo». A los diez minutos de estar sentado en una terraza con un amigo común ya nos habían pedido dinero, drogas y ofrecido masajes orientales. Nada más salir del metro se me acercó un tipo y me susurró «hachís, coca, caballo». El problema es que me debió ver la cara de gallego porque ante mi negativa, insistió: «¿seguro?» 

pd: prepárese. 

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Son muchos años de historia los que llevamos al hombro, y al salir fuera sin los arrumacos de antaño, que vamos como personas normales o más despiertos, vemos las distancias que nos separan.
Y nos acordamos como contra reloj, de lo que somos y son nuestros pueblos y ciudades, nuestra forma de ser abierta, nuestro estar viviendo, saboreando.
El minuto que nos llega.
Hablando y no callados, o en silencio aun estando rodeados de gente, callada.
En el extranjero, que viven como con dolor de tripa constante, no les luce el sol o no lo quieren ver.
Al contrario que en España.
Que decimos hola a cualquiera que tengamos al lado, aun sin ser presentados, como compañeros de viaje que somos en el camino de la vida.
Contentos por ir a la par.
Ofreciendo un trago de vino si se tercia.
Si que somos diferentes, aunque no mucho.

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Sobre el blog

La mejor forma de saber qué pasa en un sitio es contarlo desde la distancia. Real o figurada, pero cuanto más lejos mejor.

Sobre los autores

Juan TallónJuan Tallón (Vilardevós, 1975) es autor de las novelas El váter de Onetti, Fin de poema y A pregunta perfecta. Hace años encontró hueco en un periódico. Hizo de todo: deportes, cultura, sucesos, horóscopos, política, café. En cuanto pudo, metió una muda en la maleta y huyó para siempre de las redacciones. Ahora escribe en Jot Down y El Progreso y colabora en A vivir que son dos días, de la Cadena Ser.

Diego E. BarrosDiego E. Barros (Forcarei, 1979). Pertenece a la aristocracia de Sorribas tal y como le enseñó el añorado Suso da Paradela. Fue periodista. Porque hay que comer, a veces da clases en la universidad. Ahora escribe donde le dejan. En ocasiones hasta le pagan. Pero no demasiado.

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