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Sobre el blog

La mejor forma de saber qué pasa en un sitio es contarlo desde la distancia. Real o figurada, pero cuanto más lejos mejor.

Sobre los autores

Juan TallónJuan Tallón (Vilardevós, 1975) es autor de las novelas El váter de Onetti, Fin de poema y A pregunta perfecta. Hace años encontró hueco en un periódico. Hizo de todo: deportes, cultura, sucesos, horóscopos, política, café. En cuanto pudo, metió una muda en la maleta y huyó para siempre de las redacciones. Ahora escribe en Jot Down y El Progreso y colabora en A vivir que son dos días, de la Cadena Ser.

Diego E. BarrosDiego E. Barros (Forcarei, 1979). Pertenece a la aristocracia de Sorribas tal y como le enseñó el añorado Suso da Paradela. Fue periodista. Porque hay que comer, a veces da clases en la universidad. Ahora escribe donde le dejan. En ocasiones hasta le pagan. Pero no demasiado.

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La hora del adiós

Por: | 28 de junio de 2014

Estimado Tallón,

La gente sueña con despedidas a lo grande, como las de esos muchachos que se van a la guerra exultantes en un intento de olvidar que probablemente no volverán con vida. Con todos los seres queridos agolpados en el andén de la estación, en donde ellas, pañuelo blanco en mano, más que llorar por el que se marcha, lo hacen por la imposibilidad de lo que ya nunca será. Es duro, amigo Tallón, pero nos han dicho que ha llegado el momento de decirnos adiós. Le escribo la carta más triste de lo que llevamos de correspondencia porque no hay nada más triste que una despedida si exceptuamos la noche que Fraga perdió la Xunta. Y lo hago, para más inri, en el día de descanso de un Mundial. Un día sin Mundial viene a ser algo así como el día de Año Nuevo pero sin resaca, lo que es infinitamente peor. En días como hoy, uno ya ni tiene el consuelo de no salir de cama.

Ante su preocupación, he de decirle Tallón que, para mí, el Mundial ya está casi terminado, y no lo digo por nuestra propia despedida, que no pudo ser más humillante. En primera ronda, por la puerta de atrás y con la cara pintada. Un si lo sé no vengo en toda regla que nos dejó a todos despechados y heridos. Antes incluso del partido contra Australia yo solo podía pensar en Clark Gable mandando literalmente a la mierda a Vivien Leigh en la escena final de Lo que el viento se llevó: «francamente, querida, eso ya no me importa».

Luis suárez

Esta sensación de final antes de tiempo la tengo desde la eliminación, casi física, del delantero uruguayo Luis Suárez. Que no digo yo que esté bien lo que hizo el charrúa aun siendo la víctima un central italiano que, como decimos por aquí, «algo haría»; pero de ahí a querer exorcizar todos los males del odioso fútbol moderno en su persona va un mundo. En ocasiones, como el crío de El sexto sentido, tiendo a ver muertos y no puedo evitar pensar en el interés de algunos por dejar el campo minado de cadáveres ante el paso militar de Brasil. Es cosa de este fútbol que, en su carrera loca por llenarse de tatuajes y peinados de diseño, parece haberse quedado sin alma y, lo peor, sin ganas de pegar patadas. Lo resumió perfectamente Pepe Mújica, presidente de Uruguay y del corazón de cualquier persona de bien, cuando le preguntaron por el suceso: «no lo elegimos para filósofo». Este ataque de deportividad mal entendida en la asociación de intereses que controla el fútbol mundial me escama. Ni que el fútbol fuera un deporte. Se fue Luisito tras cargarse a Italia e Inglaterra, y uno se lo imagina como Schwarzenegger, con el deber cumplido a medias, advirtiendo de que volverá. Aquel que lo fiche, que le compre un bozal.

A mí no me gustan mucho las despedidas porque no sé muy bien qué decir. Me pasa como a Pancho Villa que, en su lecho de muerte y ante el silencio general, tuvo que gritarle a un periodista: «¡Ponga que dije algo, carajo!». También me parece de mal gusto darles demasiada importancia, incluso cuando se trata de la definitiva. En todo caso, hay que saber irse con dignidad, como cuando Ana Bolena se dirigió al verdugo que estaba a punto de decapitarla para tranquilizarlo: «No le dará ningún trabajo, tengo el cuello muy fino».

Así que hasta aquí hemos llegado, amigo Tallón. Usted seguirá en Ourense y yo pongo rumbo a EE.UU. porque como dice la máxima con la que abrimos esta correspondencia, la mejor forma de saber qué pasa en un sitio es contarlo desde la distancia. Real o figurada, pero cuanto más lejos mejor. Me tranquiliza saber que lo dejo en buena compañía. A diferencia de Humphrey Bogart en Casablanca, no pierde a la chica, pero como él, sí gana un amigo. En cualquier caso, antes de que piense lo que va a decir, seamos realistas. Como dijo Dylan Thomas antes de caer redondo en su pub de confianza: «Me acabo de beber dieciocho whiskys seguidos. Creo que he batido un récord». Si le parece poco récord que nos hayan dejado escribir tanto tiempo en una casa seria, ya me contará. Pero hágalo en el bar.

 

¿Y si el Mundial se acaba?

Por: | 24 de junio de 2014

De pronto, he empezado a sentirme fatal, mi querido Diego. ¿Y si se acaba el Mundial de fútbol? ¿Y si, después del último encuentro, los equipos se van a su casa y tú encientes la televisión y no hay nada, salvo la programación? Realmente es una posibilidad. En otras ocasiones, de hecho, también terminó todo a la vuelta de la final, y el universo cayó en un gran silencio, algo triste. Pasó en México 70, en España 82, incluso en Italia 90. Hay más antecedentes. Me agrada pensar, sin embargo, que esta vez todo será muy distinto, y que en cualquier momento Italia volverá a jugarse a cara a cruz la vida contra Inglaterra, con Andrea Pirlo al violonchelo. Y que Costa Rica matará a otro favorito con saña, como en un partido de la mafia. Y que Alemania jugará al fútbol como si estuviese haciendo ganchillo y, en el último tramo del encuentro el seleccionador, acorralado, dará entrada a Karl-Heinz Rummenigge. Pero yo soy un tipo fatalista, y disfruto poniéndome en lo peor. ¿Y si…?

Tal vez el Mundial ya haya acabado, y yo solo estoy preocupado porque pueda acabar, como un idiota. Eso aún sería más horrible. A veces resulta imposible no vivir engañado, y de repente, despertar en mitad de la pesadilla. En cierta ocasión Borges acudió a los estudios de TV Sonotex para promocionar la Biblioteca Personal Jorge Luis Borges. Era verano y la temperatura en los estudios de televisión resultaba insoportable. Él estaba enfundado en un traje elegante, aunque oscuro. Parecía secuestrado por la chaqueta y la corbata, interesados más en cobrarse su vida que en reclamar rescate. En un momento dado, se queda a solas en un rincón, bajo un foco que lo mira fijamente, muy encendido. Casi parece preguntarle por qué mató a Roger Rabbit y qué hizo con el cuerpo, que sigue sin aparecer. Borges suda sin parar, como si de verdad hubiese matado al tal Roger Rabbit, aunque sin saberlo. A duras penas se alivia con su pañuelo, que se pasa por la frente constantemente. Desesperado, busca a María Kodama y grita su nombre en el vacío. Ella se acerca, y Borges, desorientado, pregunta: «María, ¿ya estoy en el infierno?»

Andrea Pirlo

Ese miedo del autor argentino a alcanzar un lugar tan caluroso y temido –aunque yo en el infierno estaría de puta madre– es parecido al miedo a que un lugar tan bello como un Mundial desaparezca una noche. No quedará ante nosotros sino un gran abismo, que nos mirará a los ojos. Quizá, si encontramos arrestos, les devolvamos la mirada. Será inevitable la pérdida de sentido de la vida, pues de pronto aquello que creíamos seguro, eterno y feliz, porque nos daba algo que hacer todo el día, se esfuma bajo nuestros pies. Será el caos. No estoy seguro de que, si el Mundial acaba y se desvanece –insisto, dios no quiera esa desgracia para nosotros–, no vayan también a desvanecerse twitter, los medios de comunicación, la literatura, el amor… Todo. Ya tengo edad suficiente para no poner la mano en el fuego porque no sucederá nada, como en otros mundiales que acabaron después de la final y la vida siguió como si nada, a sus cosas. Las cosas cambian.

PD: Diego, dime que es mentira, asegúrame que el Mundial no acabará nunca, y que tú y yo no tendremos que hacer nada en la vida que no sea ver partidos sin parar.

«O importante é non mancarse»

Por: | 19 de junio de 2014

Iniesta2

Foto: Reuters // A. R.

Estimado Tallón,

En el fondo lo de ayer ha sido un alivio pues a partir de ahora podremos dedicarnos de lleno al Mundial. Sin agobios, con toda la tranquilidad del mundo y, sobre todo, sin sobresaltos; que uno ya tiene una edad, como la mitad de nuestros jugadores. Este desastre era de fácil previsión y solo una ceguera voluntariosa semejante a la de quienes piden someter a referendo humano algo divino como la monarquía que nos ha sido impuesta ha podido llevarnos al engaño. Era una cuestión de matemática pura aplicada al día a día. Yo, que todavía cuento con los dedos, suelo acordarme de las matemáticas los domingos, más bien entrado el mediodía, más bien rebasada la hora del vermú. La cuenta es bien sencilla. Hace seis años salía dos o tres días por semana y bien, progresaba adecuadamente. Ahora necesito los mismos días para volver a ser persona pero saliendo uno solo. La teoría puesta en práctica la hemos visto en los dos partidos que la selección española ha jugado (vamos a ser optimistas) en este Mundial. La parte positiva de este torneo de Brasil es que me ha quitado años de encima, ya me siento como si volviera a tener catorce. En tan solo dos partidos he vuelto a comer la misma mierda a la que estaba acostumbrado entonces.

Yo me imagino vivir tranquilo lo que queda de campeonato y me entra un alivio de puro placer. Como cuando te metes una hostia con el coche de madrugada y borracho pero sabes que el mayor de los problemas es llegar al garaje. Quien no haya fostiado el coche para salir pitando pasando de todo hasta esconderse en casa de papá ministro que tire la primera piedra. Aquí somos muy de rasgarnos las vestiduras pero esto ya lo hicieron antes Francia e Italia. Y con una tranquilidad pasmosa. En la Eurocopa de 2008, Francia venía de ser subcampeona del mundo y cayó en primera ronda con un punto y un gol como único equipaje de vuelta. A los pocos minutos de terminar el tercer partido, al discutido seleccionador galo, Raymond Domenech, le preguntaron cuáles eran sus planes de futuro al frente del combinado nacional. El técnico, famoso por fiarlo todo a la voluntad de los astros y no precisamente futbolísticos, respondió: «Sólo tengo un proyecto, casarme con Estelle. Esta noche se lo pido en serio». Pero Francia es una potencia mientras que nosotros tenemos a Casillas, que ayer demostró que hay cantera en el Madrid de veteranos y solo acertó a decir: «ha sucedido lo que ha sucedido».

El nuestro ha resultado ser el mismo problema que llevamos arrastrando desde que estalló la crisis. Pasamos unos años tan buenos que nos creímos ricos y no. Volver a despertar en la normalidad duele. Llevará un tiempo dar el paso pero recuerde, amigo Tallón, que nada sienta mejor que volver a dormir en cama conocida después de una temporada de turismo por las ajenas. Supongo que es otra de las consecuencias de lo que algunos se empeñan en llamar fútbol moderno. Estos días me he dado cuenta de que me planto ante el televisor y noto sudores fríos al ver la pantalla salpicada de tatuajes. Yo ya no sé si son partidos entre jugadores profesionales o peleas entre maras rivales en las que solo puede quedar uno. Al menos ayer no jugaba Luis Chavarría, aquel defensa chileno que debutó con su selección frente a Uruguay durante la fase de clasificación sudamericana hacia Francia 98. Nada más pitar el árbitro el final del encuentro se abalanzaron sobre él los periodistas. «Estoy contento por mi debut, lo hice bien y por suerte pude lesionar a Francescoli», declaró. Comprenderá, pues, mi tranquilidad al ver que los nuestros vuelven a casa y que me acuerde hoy de lo que decía mi abuela: «bueno, filliño, o importante é non mancarse». 

Mudanza del demonio

Por: | 09 de junio de 2014

Estimado Diego,

Tenía de decirle algo, pero no recuerdo el qué. Tal vez no fuese nada, y sólo se trataba de hablar por hablar, para no escuchar el zumbido que emiten los lunes cuando tienes resaca doble. Solo sé que, de pronto, me pareció urgente escribirle, es decir, de vida o muerte, pero no para darle cuenta de un acontecimiento, o advertirlo de un peligro, o siquiera pedirle que, por favor, no olvide comprar ibuprofeno. A menudo las personas no tienen que hablar de nada, y no hablan. Para qué. Una vez, en Boston, le mostraron a Charles Dickens un extraño aparato llamado teléfono, y que no era sino una caja grande y negra que tenía un cable grueso, un embudo y una clavija. Le aseguraron que era un invento maravilloso, que el futuro acababa de llegar, y que se podía hablar con alguien que estaba en Nueva York. Dickens estudió taciturno el aparato, y preguntó: «¿Hablar de qué?».

Pese a no tener nada de que hablar, quiero decirle que me preocupa su mudanza. Masco la sospecha de que va a pasar algo malo. Muy malo. Malísimo. Siempre pasa algo horrible cuando haces mudanza. No voy a explicarle qué pienso de las mudanzas, porque para eso he escrito una novela sobre el tema, pero… Desista, es mi consejo. La mudanza la organiza el diablo. Pensamos que es una simple maniobra física, que sólo se trata de meter cosas en cajas sin parar y cambiarlas de calle, de ciudad, de país, pero siempre ocurren cosas. Fatalidades. En realidad, es como perderse en el desierto. Los cambios de domicilio me hacen pensar en John Huston y La jungla de asfalto, un relato crepuscular sobre un grupo de hombres que intenta huir de la decadencia planeando un gran golpe, una apuesta a todo o nada. Jungla del asfalto En cierto modo, una mudanza también es una jugada a vida o muerte.  Puede salir bien, pero... En el fondo, es imposible ganar. A veces hay un camino para perder lentamente, nada más.

En el film de John Huston, llegada la hora, también ocurren cosas que remiten a la fatalidad. Doc Riedenschneider lo resume perfectamente cuando  habla de «perder horas y horas en planear el golpe, estudiar a fondo hasta el último detalle, y todo, ¿para qué? Para que suenen las alarmas sin que aún podamos explicarnos la razón, para que una pistola se dispare y uno de los nuestros caiga. Luego, un tipo inútil que sólo sirve para asustar a los niños, se interpone en nuestro camino... Fatalidad. ¿Y qué se va a hacer contra la fatalidad?» 

La fatalidad no tiene defensa. Si aún está usted a tiempo, querido Diego, le pediría que retroceda sobre sus pasos y abandone la absurda idea de buscar una vida mejor. Confórmese con una vida de mierda. Es lo que hacemos la mayoría. Al fin y al cabo, el mundial de Brasil ya está ahí, y lo único que importa en el próximo mes es tener un televisor en color en el salón, y algunas cajas de cerveza en la nevera, y otras cuantas en la despensa, para reponer. Si a eso suma que la resaca de este fin de semana tardará varios meses en aliviarse, claramente no existe ya ningún motivo para moverse.

PD1: Si me quiere, no me hable de Lisboa. Nunca. Jamás. Es mi propósito olvidar esa desgracia en el horizonte de veinte años, de modo que necesitaré algo de silencio. Le doy las gracias por adelantado.

PD2: Si tiene algo que comentar sobre la Liga, no veo inconveniente. 

El síndrome del emigrante

Por: | 20 de mayo de 2014

Cómo empezar sin felicitarle. Me he alegrado pues son estas pequeñas victorias que subvierten el orden establecido las que hacen que algunos todavía crean en la revolución. Ya sabe lo que pienso yo de las revoluciones, que son como las figuras de porcelana, muy bonitas al principio pero al poco tiempo uno ya no sabe muy bien qué hacer con ellas. Mire la francesa, si no. En 1789 la hoy Plaza de la Concordia de París fue bautizada de un día para otro como Plaza de la Revolución. Llevados por la emoción del momento, los revolucionarios instalaron una guillotina en el centro y lo pusieron todo perdido. Pocas veces en la Historia hemos visto un fragor semejante a la hora de celebrar una victoria. Pero la alegría en casa del pobre suele durar poco. Ya ve, el pueblo francés montando una revolución para quitar un rey y acabar, solo quince años después, poniendo un emperador. Supongo que a estas alturas ya habrá vuelto a casa. Hace bien, el sábado está a la vuelta de la esquina y ahí no habrá cholismo que valga. Las cosas serias, amigo Tallón, solo tienen un orden y un sentido. A ustedes solo les queda lo que decía mi abuela: «ride hoxe que xa choraredes mañán».

La semana pasada estuve de visita relámpago en la capital del Reino. Fue bajar del avión y ver cómo me golpeaba de lleno el síndrome del emigrante. Corrí a un bar. Necesitaba experimentar de nuevo esa sensación de pedir una caña, que te pongan una tapa y no sentir como que me acaban de extirpar un riñón, que es la sensación de beber en la Europa rica. Fui tan feliz que a punto estuve de meterme en la conversación que el camarero mantenía con otro cliente. Me contuve y me limité a escuchar. Cuando el cliente se fue, asalté al camarero con la mejor de mis sonrisas: «qué, el Madrid otra vez campeón de Europa». El tipo me miró de reojo y casi escupió sin siquiera moverse: «a ver». Y esto después de haberse pasado la media hora anterior glosándole a su interlocutor las penalidades que los de Ancelotti harían pasar al Atleti en Lisboa, incluyendo un vehemente «la Décima no se nos escapa».

Camisetas

Ayer, ya de vuelta, vi uno de esos debates europeos. Hubo dos momentos estelares, ambos protagonizados por González Pons. «¿Es España el mejor país de Europa? No. Pero podría serlo», dijo en lo que viene siendo una variante de nuestro viejo tópico. No sé, amigo Tallón, si en España se vive bien como se empeñan algunos. De lo que estoy seguro es de que en España se bebe de puta madre. Porque otro de los síntomas del síndrome del emigrante es el estado de resaca permanente. Uno trae pocos días, nunca los suficientes para recuperar los cuatro meses que has estado ausente. Quieres ver a todo el mundo sin darte cuenta de que el mundo sigue girando sin ti y los hay que incluso tienen trabajo. Los otros te acompañan para hacerte partícipe del resentimiento. Y es en esas ocasiones donde no queda otra sino beber. La primera noche cerramos un bar. A tal intimidad llegamos con el camarero, ―Álvaro se llamaba―, que a punto estuve de intercambiar teléfonos.

El segundo momento estelar de González Pons fue cuando sacó el cartelito con el tuit de Elena Valenciano en el que decía que Ribéry «es feo». A ver, la estrella del Bayern es feo, hecho objetivo. Punto. Ribéry es feo y rico. Yo no soy tan feo y sí infinitamente más pobre. Desde aquí se lo digo, señor González Pons, eso no es una estrategia para tapar los deslices de Cañete, son hechos. A veces pienso que si González Pons lo pillan en mi pueblo, la primera pregunta que le harían sería «e ti de que piñeiro caíches meu rei?».

Por eso en Madrid me acordé de Mareque cuando decía que «o malo da cidade é que hai de todo». A los diez minutos de estar sentado en una terraza con un amigo común ya nos habían pedido dinero, drogas y ofrecido masajes orientales. Nada más salir del metro se me acercó un tipo y me susurró «hachís, coca, caballo». El problema es que me debió ver la cara de gallego porque ante mi negativa, insistió: «¿seguro?» 

pd: prepárese. 

Quiero defender a Mariano Rajoy

Por: | 13 de mayo de 2014

Amigo Diego

Claramente, cuando la gente piensa A, uno debe pensar B. En la medida que se pueda conviene andar al revés. No le veo sentido a que todos nos desplacemos en la misma dirección. Ni siquiera cuando la dirección es probablemente la correcta. No creo en las cosas bien hechas. Cuando más bien hechas y perfectas, más problemáticas. Por esta razón, y a riesgo de que no me dejen entrar en casa, quiero defender a Mariano Rajoy. Sé que se defiende perfectamente solo, no hay más que verlo: sigue ahí, en pie, vivo después de estar muerto, vivo y muerto de nuevo. Me llena de satisfacción (quién me vio y quien me ve, ¿verdad?) que se mantenga fiel a su indolencia, y que prefiera que sus ministros se pudran, como melocotones tras seis meses en el frutero, a buscar sustitutos. Se trata de una aplicación modélica de la teoría de pensar «no» cuando la gente se empeña en pensar «sí».

Miranda-Atletico-Madrid
Este comportamiento es pariente cercano de aquel que encarnaba Faulkner, cuando sostenía que un escritor de raza, si para escribir una cosa tiene que matar a su madre, pues la mata. Y aquí paz y después gloria. Esta teoría también me gusta. Me gustan los tipos obcecados, dispuestos a fracasar o a triunfar, pero sin apartarse nunca de su idea ridícula, estúpida y afortunada.

No faltan voces que adivinan que alguno de los colaboradores de Rajoy acabará mal, o muy mal, incluyendo a Rubalcaba. De hecho, sobran voces reclamando a Rajoy que se deshaga de alguien que no es sino un cadáver dentro del armario, que antes o después, cuando se abra, caerá sobre el presidente. Bah, pesimistas. Pesimistas de los peores, de esos capaces de preguntar, en un momento dado, si no habrá posibilidades de que nos quiten lo bailado. Mariano, por ahora,  aguanta bien, avanza caminando de espaldas, como desaconsejan los cánones. En el fondo sabe que los cadáveres de hoy ya no son los de antes: no huelen, hablan, y pueden vivir muchos años en plenitud, cosechando sonoros éxitos. Basta mirar a Massiel. ¡Qué grande! Mal asunto, Mariano, cuando uno hace caso a la mayoría, o incluso a los que saben. Si usted, amigo Diego, no cree en esta opinión porque piensa que hay que ser un ladrillo más en la pared, y no un notas, recuerde que también se decía que la tierra giraba alrededor del sol. Es más, el gremio científico, y la gente en general, la gente normal, siguen sosteniendo esta idea. Lo que me lleva a insistir en que cuando todos dicen «arre», hay que decir «so».

PD: Si perdemos la Liga me tiro de un puente. No admito, para el caso que no sobreviviese, duelos ni flores ni responsos. Sólo aceptaré que mis muchachos me dediquen la Champions.

Cuando me haya ido

Por: | 06 de mayo de 2014

Estimado Tallón, 

No hemos cruzado siquiera el ecuador del año y ya he empezado con la mudanza. Si hay algo que me da pereza en la vida, más incluso que una entrevista a cualquier político, es hacer maletas. No bien he comenzado y ya me he puesto una nota mental para las que seguro vendrán. Porque mucho me temo que no será la última debido al espíritu aventurero que nos ha entrado de repente a los de nuestra generación. Mi meta en esta vida, amigo Tallón, es no poseer nada que no quepa en dos maletas. Lo que significa que he de sacrificar la ropa por los libros. Decía el italiano Edmondo De Amicis que «una casa sin libros es una casa sin dignidad» y yo no sé si es verdad. Lo que estoy seguro es que una casa con libros es un problema.

    La gente se pasa la vida intentando montar una casa y desconoce que lo difícil es desmontarla. Pasa como con entrar en un país. Si uno no tiene la mala suerte de tener el color de piel o el grueso de la cartera equivocados, lo realmente difícil es abandonarlo. Después, como en todo, está Francia. Los mismos justificantes que te pide la Gran Burocracia Gala para abrir una cuenta o alquilar un piso es necesario presentarlos por duplicado para cerrarla o cancelar un contrato. Yo he ido a cerrar el mío y el de la agencia me ha mirado mal. Como Mourinho no ha parado de preguntarme por qué y a punto ha estado de poner una queja ante la UEFA, dando por buenos los datos lanzados por el Elíseo y haciendo oídos sordos a las sospechas arrojadas desde Bruselas. Para confianza y amor propio los franceses. Fueron ellos quienes, precavidos por lo que había pasado en la Primera, se gastaron una pasta en la Línea Maginot para defender su frontera sin contar que en la Segunda no estaban los hornos precisamente para trincheras. 5.000 millones de francos de la época, unos 6.000 millones de los euros de hoy, que los alemanes se pimplaron en unos meses dando un simple rodeo. Lo mismo que hacen los turistas con la Cidade da Cultura en Santiago: pasar de ella.  

Rajoy japon

    A estas alturas más que una casa, yo vivo en un stand del IKEA. A todo el que entra por la puerta le informo de que todo lo sólido está en venta. Ayer mismo, los de la agencia han traído a unos señores a ver el piso y solo les faltó medirme las cortinas del baño. Cuenta la leyenda que hay compañías de mudanzas. Cuenta la leyenda que Mariano Rajoy es un gran orador. Solo le diré que también puedo quemar todas mis posesiones, comprarlas nuevas y aún me sobra dinero para correrme un par de juergas.  

    Pero no quiero herir sus sentimientos que ya habrá oído a su presidente y no hay que ser cenizos. En los días que separan los datos de la última EPA a hoy, a Rajoy se le ha puesto la cara de Xavi tras caer el año pasado 7-0 contra el Bayern: «la crisis no ha podido dominarnos, el balón fue nuestro». A mí me gustaría comentar la entrevista pero con Rajoy me pasa lo mismo que con el primer ministro japonés Shinzō Abe: a ninguno lo entiendo. Creo fue a la radio a hablar de Francia, lo que siendo presidente de España está muy bien. Hizo comparaciones pero se olvidó de dos fundamentales que me permito recordarle porque creo que es un fiel seguidor de nuestra correspondencia. La tasa de paro aquí está en el 10,14% y nos tiramos de los pelos. Pero se nos pasa cuando recordamos otro dato que ayer obvió Rajoy: aquí el salario mínimo son 1.445 euros por los 750 de España. Me quedó clara una cosa, acudir el próximo 24 de mayo a la final de la Champions es «su obligación». Del resto, ya se lo dijo a Pepa Bueno: «No me hable de eso hoy, seamos justos, dígamelo después o cuando me haya ido».

    Pd: Será duro, Tallón, verlo haber llegado tan lejos para morir en la orilla del Tejo. Pero descuide, de lo que se trata es de beber y podrá hacerlo por mi victoria.  

¿Qué voy a hacer yo con los millones?

Por: | 30 de abril de 2014

Querido Diego

Cuando me hablan de dinero me gusta chasquear la lengua y precipitarme al silencio, como si fuese un barranco. Si fumase, tiraría el cigarro al suelo, y lo pisaría con la punta del zapato, recién afilada, e igualmente saltaría al silencio, expulsando el humo como si odiase respirar. Ese chasqueo desconcierta al interlocutor, que se debate entre sospechar que soy pobre como una rata, pero sin descartar del todo que tenga tanto dinero que me aburra tratar el tema. «Ser rico para vivir tranquilo, como los pobres», lo llamaba Picasso. El dinero me hace pensar en ese breve diálogo de Un día perfecto para el pez plátano, de J.D. Salinger, cuando Sybil se baña en el mar con un amigo. «Ahí viene una ola», le advierte, con una felicidad infantil. Su joven acompañante mira la ola y dice: «No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia, como dos engreídos». Esa petulancia ligeramente ridícula, querido Diego, es la que me gusta exhibir con el dinero. No hay mucho más que decir. Cuando hablas demasiado de él la gente corre a toda velocidad a concluir que no lo tienes.

A poco que te fijes en los millonarios, y entre estos en los multimillonarios, aprendes que el dinero no es para hablar de él, sino para caminar por encima, como si fuesen baldosas. El dinero no es para ellos dinero, como lo entendemos usted y yo, y que nos vale para comprar una camisa, sino algo parecido al filo de la eternidad. En Gog, de Giovanni Papini, se recrea una entrevista con el viejo Henry Ford que siempre me hace llorar como un pobre desdichado. Es un momento de felicidad tirando a triste. La conversación discurre con gran sinceridad, como cuando Ford explica que su ideal máximo sería «fabricar sin ningún operario un número cada vez mayor de objetos que no cuesten casi nada. De hecho, estoy construyendo una nueva fábrica en Detroit que llevará por nombre La Solitaria». Pero no quería detenerme yo sino en ese momento posterior en el que Ford declara que «Yo no busco, como usted sabe, la riqueza. Solamente los pequeños industriales atrasados se proponen como fin el ganar dinero. ¿Qué quiere usted que haga yo con los millones? Si vienen, no es culpa mía, sino el resultado involuntario de mi sistema altruista y filantrópico. Personalmente vivo como un asceta: tres dólares al día me bastan para alimentarme y vestirme». Henry es un místico desinteresado de la producción y de la venta. Las ganancias excesivas le fastidian, como si sólo beneficiasen al fisco.

Y ahora, querido amigo, llega ese momento en que reconozco que daría todo el dinero que tengo por follarme al Chelsea de pie y plantarme con el Atlético de Madrid en el filo de la eternidad. 

«Me lo vas aparcando»

Por: | 22 de abril de 2014

Estimado Tallón,

Es tranquilizador saber que todavía queda generosidad en el mundo. Especialmente en determinadas épocas. Lo ha asegurado Luis el cabrón ante el juez, a quien leo que le ha dicho que las entradas de dinero en Génova B en los meses previos a las elecciones eran un no parar. Ante tanta generosidad con el dinero yo entiendo que lo mejor es esconderlo, que no se vea. Siempre me ha parecido de mal gusto la ostentación de algunos con el vil metal, por eso nunca me dejo caer por Mónaco; para qué. Mientras estaba de Erasmus en Italia, mi hermano y unos amigos decidieron alquilar un coche y hacer un viaje. El dinero les dio para una especie de Panda italiano con el que se plantaron en el Casino de Montecarlo. Con barba de dos semanas, en chanclas y después de dos días sin ducharse, mi hermano se bajó del coche y le dijo a uno de esos porteros con frac y chistera: «Me lo vas aparcando».

    Pocas sensaciones comparables a la de nosotros los pobres cuando despilfarramos todo nuestro dinero, que vienen a ser unos veintitantos euros, en una buena noche. Y mañana dios dirá, como si hubiese uno. Acostumbrado a vivir por encima de mis posibilidades según me han dicho, ahora también en Francia, yo sigo manteniendo la vieja aspiración de Picasso: «tener mucho dinero para poder vivir tranquilo como los pobres». Habrá leído ya que nuestro agente en París también se ha apuntado al carro de denunciar nuestro vicio. Ha decidido cortar por lo sano, que para todo buen socialdemócrata vienen siendo los pobres. Lo de Rodríguez Zapatero en España se va a quedar pequeño, ya se lo digo Tallón. Es una suerte que estemos en periodo electoral por lo que cabe confiar en la generosidad de otros, porque no sé si no qué iba a ser de nosotros. A fin de cuentas, como decía Marx, Groucho, «¡hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero, pero cuestan tanto!»

    Ayer se plantó una señora ante mi puerta y en correcto español me anunció tres buenas noticias. La primera fue que la salvación era posible y las otras dos las olvidé casi al instante. Cuando terminó, la mujer dibujó una sonrisa en su rostro y quiso saber mi parecer. Yo solo acerté a responder si la salvación es realmente necesaria. Para qué estropear algo que nos está quedando tan bien. Le diré que aquí la Semana Santa es bastante aburrida, ni una sola procesión; y consiste por lo general en ponerse hasta el culo de chocolate como si el verano no estuviese a la vuelta de la esquina. Es curiosa la fijación francesa con el chocolate. Varias veces me han parado en la autopista los agentes de Aduanas y al bajar la ventanilla del coche la pregunta siempre ha sido la misma: «¿lleva chocolate?» Los agentes de Aduanas franceses consiguen que me sienta como como si estuviese circulando por la A-6 dirección Madrid. La primera vez que me pararon, desconocedora de la magia de la lengua, mi santa yanqui contestó que sí. Fueron las risas.  

    Con estupefacción he visto que alguien ha vuelto a dimitir en España. Esto ya va camino de convertirse también en vicio que, por otra parte, es la única forma de que dimita un cargo público en ese país. Yo qué quiere que le diga, amigo Tallón. A ver si por ser del PP, concejal y no sé qué más carguitos no va a poder uno ponerse unas rayas. Dimitir de un carguito por unas supuestas rayas. Llevárselo crudo en A, en B e incluso hacer negocios privados como miembro de un Gobierno, eso ya mejor. Somos un país sorprendente. Hay algo en la supuesta foto de la supuesta raya ―en este asunto todo es un suponer―, que me tranquiliza: la gomina. Que vuelva la gomina es síntoma de que seguro la recuperación ya está aquí; en eso, como sabe, tenemos experiencia. Fue comenzar a circular la gomina en los ochenta y aquello ya fue un no parar. Yo en estos casos prefiero citar sobre seguro y como dijo Alberto Núñez Feijóo sobre sus viajes con un conocido ―para toda Galicia menos para él― contrabandista, «solo recuerdo que había nieve»

Siga bien, pero no mucho. 

D.

 

¿Cómo vamos a estar, mamá?

Por: | 10 de abril de 2014

Estimado Diego

Pongamos que usted y yo, y tres o cuatro individuos más, para no sentirnos solos, somos de esa catadura de personas que no aguantamos ni el frío ni el calor. Ni al Gobierno, ni a la oposición, ni al Opus, ni disimular que bebemos. Tampoco aguantamos las ciudades grandes, por asfixiantes, ni los lugares pequeños, por las mismas razones. Nos la sudan las naciones, y sus banderas y toda la pesca. No somos, tampoco, ni de ver televisión, ni de acudir a misa, ni de decir mucho la verdad. No aguantamos tanta publicidad, ni la vida en pareja, ni la vida en solitario, ni las hortalizas, ni cuando nuestra madre llama para preguntar cómo estamos. ¿Cómo vamos a estar, mamá? Mal de cojones. No leemos los periódicos deportivos, y apenas los periódicos de información general precisamente porque ahí escribe gente indeseable como nosotros.

Pongamos que no aguantamos a los compañeros de trabajo, ni a algunos amigos de nuestros amigos ni, a veces, a nuestros amigos. No nos soportamos a nosotros mismos, aunque nos saludamos, por compromiso. ¿Y qué decir de los vecinos? A estas alturas podemos expresar la verdad en alto: nos dan verdadero asco. Son escoria. No unos más que otros. Por razones obvias, a lo mejor, el presidente de la comunidad un poco más, en efecto. En el fondo, sospechamos que roba. Pongamos que a usted, a mí y a los tres sujetos elegidos para hacernos compañía, nos desagradan las colas que hay que hacer para entrar a los sitios, o para encontrar trabajo, o para comprar una entrada, o para beber un trago decente. No nos gusta conducir, ni andar en bicicleta, ni Telefónica, ni Él Corte Inglés. Ni Rubalcaba. Ni las copas demasiado sofisticadas.

No aguantamos los refranes, ni los botones grandes, ni la chaqueta cruzada, ni el olor que ha dejado la prohibición del tabaco. No podemos soportar un minuto más los atascos, ni los debates parlamentarios, ni a la patronal. No olvidemos que no aguantamos las coles de Bruselas, ni el fenómeno de las tertulias, ni a Almodóvar, ni a Boyero, ni a ese, ni a aquel, ya me entiende. Claramente también estamos en contra de los rescates, de los editoriales de periódico, de Sostres, otra vez del Gobierno y de la oposición, de los monopolios, de la banca… Tengo que parar. Me aburro a mí mismo. Así que ante el desolador panorama, ¿qué nos queda? No sé a usted, amigo Diego, pero a mí aún me queda el Atlético de Madrid

El País

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