La reconquista del sentimiento

Por: | 19 de mayo de 2013

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por SERGIO DEL MOLINO

Desde que las primeras vanguardias los pusieron en cuarentena, los sentimientos han sido sospechosos. Llevamos más de cien años renegando de las emociones intensas en la literatura. Teníamos nuestras razones. Dos matanzas mundiales dieron la razón a quienes abominaban de una concepción demasiado romántica del arte y de las letras. Hubo incluso quien proclamó que escribir poesía después de Auschwitz era tan criminal como Auschwitz mismo. La intimidad devino frívola. Las emociones, peligrosas. Adorno y su amigo Horkheimer lo dejaron claro en una de las reflexiones sobre la cultura más influyentes del pasado siglo, Dialéctica del iluminismo. Echaban la culpa de la destrucción misma del arte a la industria cultural, que, en su insaciable búsqueda de oro, había consentido que las emociones más primarias y abyectas embrutecieran a unas masas ya de por sí muy embrutecidas. Atontaron a la gente —sostenían— con jazz sincopado y cine de romances de baratillo, desintelectualizando la experiencia artística.

Los escritores reaccionaron con más intelecto. Las emociones podían estar bien para las masas, pero el Arte con mayúscula debía situarse por encima de ese sentimentalismo plañidero. Los autores que abogaban por una exploración radical y solipsista de los sentimientos fueron despreciados, especialmente, en Europa. Salvo Nabokov y alguna otra excepción, los escritores que se miraban en el espejo de Marcel Proust parecían decadentes y estrafalarios aristócratas que pedían a gritos que alguien les guillotinara. En Europa, de la mano del existencialismo y sus muchos post-ismos, la literatura se entregó a una competición de juegos florales cada vez más metaliterarios y divorciados de los gustos populares. En Estados Unidos, convivieron dos intensidades impostadas: la de la  generación beat y su épica de los vagabundos, y la del realismo sucio y su lírica de los barrios residenciales. La primera murió, pero la segunda sigue marcando el tono de la narrativa contemporánea. En ambos casos, sin embargo, se trataba de buscar la trascendencia a través de la intrascendencia. Los alumnos de Kerouac buscaron la intensidad fingiéndose mendigos y persiguiendo el éxtasis químico. Los alumnos de Cheever exploraron esa misma intensidad contemplando la inanidad de una vida gris y adocenada sin aventuras ni secreciones de adrenalina. Pero ni Kerouac ni Cheever se enfrentaron a dolores groseros y totales. Sus dolores eran inaprensibles, adolescentes y sutiles. Dejaron los dolores de alarido y lágrima gruesa al bolero y a la telenovela.

Como la literatura renunció al sentimiento, los mercachifles, los trileros y los nigromantes que se intitulan psicólogos colonizaron ese territorio que los escritores entregaron al enemigo sin ofrecer resistencia. Entre explosiones de cinismo y versiones bastardas del distanciamiento de Brecht, nos quedamos solos, lamentando que las masas no consintieran leer nuestras sofisticadas genialidades y nuestros inanes cuentos de autoficción. 

La actual renovación de un género durante mucho tiempo vilipendiado, el memoir de duelo, es quizá un síntoma de que algunos escritores queremos reconquistar el territorio que ahora saquean los gurús y los depredadores de lo cursi. A través de unos relatos que, en el más contenido y sobrio de los casos, siempre serán desgarradores, devolvemos a la literatura parte de la intensidad a la que renunció cuando empezó a burlarse de la hiperestesia de Proust. Al escribir sobre la muerte de nuestros amados y de nuestros amantes, no solo nos entroncamos en una poderosa tradición que, en castellano, empieza en Jorge Manrique, sino que resucitamos la capacidad de emocionar. Un poder que los escritores literarios dosifican y parecen usar con complejo de culpa.

Los recientes memoirs de Francisco Goldman (Di su nombre) y Joan Didion (Noches azules), en el ámbito anglosajón, o de Abad Faciolince (El olvido que seremos) y Giralt Torrente (Tiempo de vida), en el hispano, demuestran que el testimonio de la pérdida y del dolor, por sí solo, no basta para emocionar. Solo un enfoque genuinamente literario —como el que se percibe en estas obras— puede desarmar el tinglado cursi, infantil, condescendiente y ñoño que la autoayuda y sus derivados seudoliterarios y new age han montado sobre las cenizas de nuestros sentimientos.

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En la imagen, Joan Didion y su marido, John Dunne, en 1977. 

Artículo publicado en Babelia, suplemento del diario EL PAÍS, el 18 de mayo de 2013.

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Sergio del Molino (Madrid,1979) es escritor. Su último libro es La hora violeta (Mondadori).

 

Amores de filósofos

Por: | 27 de abril de 2013

Gunter_Stern_Hannah_Arendtpor LUIS FERNANDO MORENO CLAROS

Günther Stern (más adelante adoptaría el pseudónimo de “Anders”) se declaró a la joven Hannah Arendt en un baile de máscaras. Fue en Berlín, en 1929. Él era doctor en filosofía desde 1924, y ella —también filósofa— preparaba su tesis doctoral sobre el amor en San Agustín. Como buen kantiano, Stern la “conquistó” formulando un pensamiento enigmático para los no iniciados, le dijo que “amar es el acto por el que convertimos algo a posteriori —a saber: ese otro al que conocemos  accidentalmente— en un a priori de nuestra propia vida”. Poco después se casaron por sorpresa en una ceremonia civil, sin la asistencia de padres ni invitados. Los dos estaban enamorados: él, de ella; ella, de su antiguo profesor Martin Heidegger.

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Extraños seres como nosotros

Por: | 21 de abril de 2013

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En La República de Platón, cuando Sócrates inicia el relato del mito de la caverna, su oponente le interrumpe: “Qué extraños seres pintas, Sócrates”. Y éste le replica: “Ni más ni menos como nosotros”. Ésa es la clave de los relatos: que hablen del “nosotros” que forman los lectores, juntos y por separado. Ocurre, desde luego, en la ficción (y el mito de la caverna no deja de serlo), pero también en la no ficción. Seguramente, sentido e interés se dan la mano en los textos cuando el lector percibe que, como Sócrates, hablan de él. He aquí algunos títulos, novedades de este Sant Jordi, que lo hacen;

Josep Fontana: El futuro es un país extraño. Una reflexión sobre la crisis social de comienzos del siglo XXI (Editorial Pasado y Presente) En este libro, en parte continuación de su voluminosa obra anterior (Por el bien del imperio) llama la atención, entre otras cosas, la amplia bibliografía que se ofrece (80 páginas sobre un total de 232). El motivo es que Fontana ha querido que el lector pueda contrastar siempre sus afirmaciones. Y es que el historiador trabaja en un doble sentido: describir las bases y objetivos de la crisis y permitir que el lector se forme opinión propia. No sólo hay un denso trabajo de historiador del presente (densidad que no se expresa en la escritura, perfectamente amena y ágil) sino que hay también una reflexión de fondo sobre los mecanismos de formación del conocimiento sobre la realidad por parte de los ciudadanos.

Miguel Catalán: La nada griega (Editorial Sequitur). Es este un libro breve. Brevísimo, casi. 62 páginas en las que el autor formula una serie de paradojas que llevan al lector a la sorpresa y a la interrogación. Véase alguna: “Quien nada tiene dentro de sí, nada encuentra fuera”. O, más adelante, al recoger otras expresiones ajenas pero que le “hubiera gustado imaginar”: “Se pintan casas a domicilio”. Es la segunda vez que Catalán publica un libro de este tipo. En 2001, ya dio a la imprenta El sol de medianoche (Edicions de Ponent). El conjunto del volumen celebra el “lo bueno si breve, dos veces bueno”.

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Margarida Aritzeta: El pou dels maquis. Els fets, els documents. Realitat i documentació d’una novel.la verídica (Cossetània Edicions). Es este un libro insólito. Se trata de los documentos que ha utilizado la autora para escribir la novela homónima. A la vista de que la historia podía gravitar con exceso de fuerza sobre la ficción, ha optado por publicar dos volúmenes por separado. En uno, la novela; en el otro, los documentos que dan base a la historia. El pou dels maquis (El pozo de los maquis) parte de un hecho real: en la casa de sus padres y abuelos (donde ella hoy vive) se refugió en 1946 un grupo de guerrilleros que cruzaron la frontera francesa convencidos de que, tras el final de la segunda guerra mundial, los aliados seguirían en España la lucha contra el franquismo. La coartada con la que vivían en la casa era la construcción de un pozo. Ni el pozo llegó a su fin ni los aliados pusieron en jaque a Franco.

José A. Estévez Araújo (editor): El libro de los deberes. Las debilidades e insuficiencias de la estrategia de los derechos (Editorial Trotta). Libro especialmente adecuado para quien tenga claro que la promulgación de un derecho no equivale, ni mucho menos, a su realización práctica. Los diversos autores que firman en el volumen repasan la relación entre derecho y deber y entre deberes satisfechos o oros que difícilmente lo serán. Desde el papel de la crisis, como justificación para la mayor ofensiva contra los derechos de los dos últimos siglos, hasta la distancia entre el predicar y el dar trigo. Algunos ejemplos: la ley reconoce el derecho a la vida que “protege contra la violencia, pero no contra la inanición”. El libro está escrito, señala su editor, desde la indignación ante las injusticias y, sobre todo, con la voluntad de combatirlas.

Victòria Camps: Breve historia de la ética (RBA). Un libro introductorio a la ética y a la formación de las convicciones morales. La autora, catedrática de la materia en la Universtitat Autònoma de Barcelona, ya dirigió y editó en su día una monumental historia del ética en varios volúmenes (Crítica). Ahora se trata de un libro de divulgación, lo que no quiere decir, en este caso, vulgarización. Muy útil para desenmascarar a quienes predican una moral acomodaticia o prefieren el silencio, sin darse cuenta de que, ante las críticas (o acusaciones) quien calla otorga.

Imágenes: arriba, Josep Fontana (tomada por Marcel.lí Sàenz); abajo, fotografía de la familia de Margarida Aritzeta en la casa donde estaban los maquis.

El entierro infinito

Por: | 12 de abril de 2013

GoytisoloFoto

por IVÁN DE LA NUEZ

El novelista Luis Goytisolo acaba de ganar el Premio Anagrama de Ensayo con Naturaleza de la Novela. Según sus declaraciones, el libro interroga un tema de largo recorrido, incluso entre las preocupaciones del autor: el de la muerte de la novela y, asimismo, el de la forma literaria que hipotéticamente podría sustituirla.

“La novela está en declive”, asegura. Y “en fase de extinción”, añade aún más incisivo. Si la televisión generó un punto de inflexión en el consumo literario –a partir de ella “la gente tiene menos tiempo para lectura”-, con las nuevas tecnologías el hábito de leer pasa, en el presente y no digamos ya en el futuro, a convertirse en “algo prescindible, accesorio”.

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Intelectuales y politólogos

Por: | 06 de abril de 2013

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por RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ

En un artículo publicado en El País hace algo más de un año, Ignacio Sánchez-Cuenca se quejaba de que, con mucha frecuencia, sean escritores de ficción quienes se dediquen, en las páginas de opinión de los periódicos, a hablar de política y economía. El artículo señalaba particularmente a dos de ellos, Félix de Azúa y Mario Vargas Llosa -especialmente críticos, entonces, con el socialismo recién salido del poder- y apuntaba a un rasgo peculiar de nuestra cultura: ¿por qué razón los medios y el público lector tienden a pensar que un novelista, un filósofo o un poeta tienen conocimientos superiores a los del ciudadano medio sobre temas políticos específicos? Ciertamente, reconocía Sánchez-Cuenca, es probable que un escritor profesional escriba mejor que uno que no lo sea, pero ¿le da eso una autoridad especial a la hora de hablar de aspectos técnicos de la política?

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Tormenta de Ideas

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Dedicado al pensamiento desde todas las perspectivas posibles –la ética y la estética; la antropología y la sociología; la física y la metafísica-, este blog es un espacio para razonar. Y para debatir.

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Tormenta de ideas es un blog colectivo de información y opinión. La primera toma forma en la redacción de EL PAÍS. La segunda, en el cerebro de sus expertos y colaboradores.

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