Otras Asias

Por: | 20 de febrero de 2012

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Mapa. Tapiz de Alighiero Boetti (1940-1994).
 

 

 

 

 

 

 

Por GAYATRI CHAKRAVORTY SPIVAK

SpivakRetratoHoy llega a las librerías españolas el ensayo Otras Asias, de Gayatri Chakravorty Spivak, SpivakCubiertapublicado por la editorial Akal en traducción de Pablo Sánchez León. El texto que sigue es el fragmento inicial del prefacio del libro. G. Ch. Spivak (Calcuta, 1942) es Avalon Foundation Professor in the Humanities en la Universidad de Columbia (Nueva York) y autora de Thinking Academic Freedom in Gendered Post-Coloniality, In Other Worlds, Outside in the Teaching Machine o Crítica de la razón poscolonial, considerada su obra magna y publicada también por Akal. Su ensayo «Can the Subaltern speak?» (1988) es un texto clási­co de los llamados estudios poscoloniales.

 

Los docentes universitarios de Humanidades tienden a ser jóvenes arrebatados

Stephen Metcalf

 

En general la crítica literaria ha venido en el siglo XXI a interesarse más por la globalización. Por razón de mi continuo interés en comprobar la validez de las generalizaciones por medio de la incursión en esferas subalternas, no me satisfacían del todo las visiones culturales generales sobre la posmodernidad. Y ahora me encuentro, por las mismas razones, igualmente incómoda ante las ideas heredadas en materia de cultura y globalización. Llevo de hecho sintiéndome incómoda con esta cuestión desde hace tiempo. Años atrás definí el problema como «electronificación de los mercados de valores». En los ensayos de Otras Asias la insatisfacción tiene que ver con el posnacionalismo fácil que se supone que ha surgido con la globalización. La solución que se pondera (no que se propone abiertamente, pues se trata de cosas prácticas y contextuales) es el «regionalismo crítico». En mi ayuda viene el hecho de que la Literatura Comparada fue siempre regionalista incluso en sus primeros atisbos como disciplina.

Los capítulos de Otras Asias se escribieron antes de los acontecimientos del 11-S de 2001. Ahora está claro "que el principal teatro de operaciones en la Guerra contra el Terrorismo se sitúa en Asia. Toda Asia, desde el Oriente Próximo al Extremo, se ha convertido en el teatro de la guerra. Empezó en Asia central, con consecuencias inmediatas para el Asia meridional. Ya en enero de 2002 el presidente Bush incluyó a Corea del Norte en el «eje del mal». Poco después se abrió oficialmente el «segundo frente» en Filipinas, en el Sudeste asiático. […] En el Asia occidental, conocida también como Oriente Medio, se intensificaron las guerras en curso contra Palestina e Iraq y se las declaró parte de la Guerra contra el Terrorismo. El 20 de marzo de 2003 comenzó el «ataque a Iraq» por Estados Unidos para imponer su ocupación".

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Cuando estoy acabando la última versión de este libro, tiene lugar la gestión mediática de la ayuda humanitaria por el tsunami de 2004, que viene a legitimar la guerra por medio de su opuesto formal. La India ha rechazado la ayuda exterior. Indonesia no quiere tropas internacionales armadas, por muy dispuestas a hacer el bien que vengan. Son noticias de Asia.

El decimoquinto aniversario de la primera conferencia de Bandung sobre cooperación entre África y Asia, organizada en esta ocasión en Sudáfrica, ha reavivado la esperanza en un nuevo regionalismo. Las fuerzas en contra del regionalismo son, no obstante, poderosas.

TimeimagesCAPH8S6TAsia presenta en el siglo XXI un cuadro amenazante para los intereses de la seguridad nacional de los Estados Unidos. Una China cada vez más amenazadora, una reemergente Rusia y un mundo musulmán extremadamente hostil y violento se confronta [sic] con Estados Unidos. Entre los focos militares enfrentados o susceptibles de confrontarse con Estados Unidos cabe enumerar Iraq, Irán, Afganistán, Pakistán y la creciente potencia militar de China, que aspira a acabar con la presencia del ejército norteamericano en el Extremo Oriente. Taiwán vendría a funcionar como el pretexto y el detonante.

La firma del tratado de energía nuclear entre Estados Unidos y la India puede ser entendida como un intento de alejar a la India de la posibilidad de un regionalismo asiático.

Otras Asias no es sin embargo una polémica o una discusión sobre los sucesos arriba mencionados. Lo he dejado como está con el convencimiento de que ahora más que nunca es importante que no permitamos que la pluralidad que encarna Asia venga a ser estudiada de manera selectiva siguiendo las directrices de la política exterior norteamericana. En primer lugar y ante todo, los textos que aquí se reúnen ofrecen un ejercicio para imaginar Asias pluralizadas, a modo de preparativo de «otro» principio de estudio que fortalecerá la polémica cuando ésta surja como reacción a situaciones concretas. Tal es, según creo, el papel de las humanidades, el empoderamiento de una imaginación informada, tarea modesta pero difícil.

TagoreimagesCAARVOH1Me gustaría distinguir mi postura de la del panasianismo que hemos conocido desde el siglo XIX a través de personajes como Shinpei Goto, Sun Yat Sen y Rabindranath Tagore. Mi posición no es de competición con otros continentes. El Asia pluralizada en la que estoy pensando no sólo respeta sino que trata de conocer las diferencias internas de Asia de la manera más imaginativa posible. Mi campo de interés no es el análisis de las políticas. Es la literatura comparada. Intento acceder al otro por medio del aprendizaje profundo de la lengua en la colectividad que proporcionan las aulas. Estoy convencida de que, por paradójico que sea, aprender a conocer nuestras diferencias nos mantiene orientados hacia todos esos mundos que el estudio de las políticas conjura: la paz, la justicia, los derechos de la humanidad. Nos mantiene en esa dirección, pero no de forma ineluctable. Se trata de un persistente esfuerzo de entrenamiento de la imaginación, tarea en la que hemos fracasado por la progresiva racionalización de la educación en todas partes del mundo.

Con el objetivo no sólo de desestabilizar el capitalismo sino de volver el capital hacia lo social, el electorado ha de ser entrenado en los hábitos y rituales de la democracia. No de una vez por todas pero sí de manera persistente y para siempre. Uno nunca cierra las escuelas. La primera pieza de Otras Asias, «Enderezar perjuicios», conferencia pronunciada en la sede de Oxford de Amnistía Internacional en 2002, discute sobre la naturaleza de ese entrenamiento. Es una forma de mantener vivo un espíritu que puede no conformarse simplemente con ser «como América, pero incluyendo la cultura». Pese a su humildad, contiene, si se quiere, una descripción de la creación de otra Asia. La polémica entre mis colegas Michael Doyle y Jack Zinder sobre si podemos edificar una comunidad de democracias de alcance mundial o si la repentina democratización desemboca en guerra, aparece situada en un marco internacional cuando uno cae en la cuenta de que no puede haber democracia si la mayoría del electorado carece de una intuición sobre la esfera pública y sus relaciones con la constitucionalidad. La guerra y la paz vienen más tarde; y sin tener esto en cuenta las elecciones no pueden nunca ser consideradas justas.

Parece incuestionable que el cambio sostenible tiene lugar sólo si el cambio en la mente humana complementa el cambio institucional. Esta convicción en sí misma viene a completar la otra, según la cual el cambio institucional (entendido siempre en su sentido más amplio) trae consigo el cambio de mentalidad o cambio epistémico. Ambas visiones parecen correctas. Sólo cuando este último es proyectado por medio de nociones más bien precríticas del teatro mental y dichas proyecciones comienzan a afectar a la política a gran escala, sólo entonces empiezan a afirmarse tanto la familiaridad con la incesante subalternización como las lecciones aprendidas en las aulas. Si hay cambios epistémicos significativos bajo la superficie, podemos «leer» el cambio visible, que a menudo se consolida por el deseo de los dominantes de que tenga lugar. Estos cambios pueden describirse, según señaló hace ya mucho tiempo Raymond Williams, como lo «preemergente». El estudioso del socio [socius] debe rastrearlos, y una vez logrado esto, escribir sobre ellos de manera que los lectores de un futuro indefinido, ajenos a nuestras específicas topicalidades, puedan habitar en ellos, seguirlos. Sólo con una responsabilidad ante la escritura como ésta el pensamiento puede convertirse en un espacio textual en blanco para que otros lo saturen de manera que convierta en banales los confiados diagnósticos sobre el cambio en las «estructuras de las emociones» que acompañan la globalización.

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Incluso si estos diagnósticos fueran acertados, no dejan de describir los efectos del cambio institucional como acontecimientos. Parece obligado insistir en la distinción entre acontecimiento y tarea. La tarea ético-política de las humanidades ha sido siempre la reorganización de los deseos. Hay que reiterar que la tarea de reorganizar los deseos compromete la imaginación de profesor y estudiante dentro de un contexto pedagógico. Cualquier teoría sobre la imaginación que se sirva de la palabra inglesa «imaginación» [imagination] está indudablemente conectada, en cierta medida, con las teorías alemanas de los siglos XVIII y XIX. Nuestro intento es, no obstante, tratar de reducir y enrarecer esta definición hasta llevarla a un mínimo convencional: la habilidad de pensar cosas ausentes. El lector atento se dará inmediatamente cuenta de que esto es algo prácticamente indistinguible del pensamiento mismo en su mínimo común denominador. Es ahí donde el tipo de pedagogía que ofrecen las humanidades comienza a esforzarse por reorganizar los deseos. Si la idea de la imaginación se condensa hasta convertirse en un vehículo más literario –entendiendo literario como el terreno en el que la capacidad de pensar cosas ausentes tiene vía libre– esto no necesariamente significa que la específica reorganización de los deseos que pueda estar programada haya sido alcanzada con éxito. Ésta es la primera constricción. La enseñanza de las humanidades sencillamente ejercita la imaginación, la deja preparada para dicha reorganización.

SpiReaderimagesCALM6F9ECuando el estudiante, tanto en la escuela como fuera de ella, recibe instrucción relevante en otras materias –historia, política, economía y empresa, antropología y estudios culturales, ciencia y tecnología– uno espera que una imaginación activa y robusta no pueda dejar de concebir posibilidades que no se hallen necesariamente contenidas en las corrientes dominantes, sean éstas radicales o conservadoras. No me canso de repetir que no hay ninguna garantía de que esto suceda. No obstante, las colectividades no se forman sin esto, ni es posible que el cambio se consolide. Ésta es la segunda constricción ante la tarea. Rechazar esto por considerarlo individualista es de una trágica cortedad de miras. Y leer literatura como evidencia de las inclinaciones políticas del autor es deshacer el don especial que hay en lo literario.

Hay una constricción englobadora dentro de la cual se inserta toda actividad. Uno no puede dejar de coaccionar mientras enseña, por muy relajada que sea la situación del profesor en el aula. Lo que tenga que suceder, sucederá a pesar de la más pretendidamente escrupulosa de las enseñanzas. Que algo habrá sucedido es la afirmación y la constricción por mor de las cuales uno hace el intento de reorganizar colectivamente los deseos.

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Fue el tercer ensayo, «¿Se desplazará el poscolonialismo?», que se centra en Armenia, el que más me enseñó. Lo empecé con el problema de la poscolonialidad en mente. Su razón de ser se debió a una pregunta que me plantearon dos antiguos estudiantes en 1994. El intento de darle respuesta me sacó fuera de la teoría poscolonial basada en el modelo propio de la historia del Asia meridional. Mi preocupación por el tema me llevó a la ruta del petróleo y la complicidad del feminismo dominante con la marcha de la globalización capitalista.

No me quedé en absoluto satisfecha con el resultado, pues había sido incapaz de incorporar a Armenia en la problemática. Uno de los mayores problemas era la ausencia de conocimiento de la lengua armenia. La poscolonialidad no puede ser abordada sin al menos un control rudimentario de sus idiomas.

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El globalismo en cambio sí puede. Conforme mi investigación dio con el posicionamiento de Armenia en las actividades del grupo de Minsk, la OSCE (Organización para la Seguridad y Cooperación de Europa), la UNESCAP, USAID, etc., y su postura en relación con el oleoducto, empecé a ver con ojos diferentes esta pequeña zona del Cáucaso. Comencé a darme cuenta de lo muy imprecisos que pueden llegar a ser los cambiantes trazos de las «regiones». El feroz nacionalismo de un grupo milenario y en diáspora, cristiano en un mar del islam, lleva desde hace mucho tiempo preparado para la «poscolonialidad», pero se encuentra muy inserto en lo global. Espero que el lector lea este ensayo sobre Armenia sin perder de vista de que se trata de un texto de aprendizaje.

«Enderezar perjuicios» es una crítica al globalismo en tanto que universalismo. Expone al detalle el argumento con el que comencé: la incorporación de la imaginación a la pedagogía como un requisito para generar al sujeto de los Derechos Humanos.

 Traducción de Pablo Sánchez León

 

 

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