La boda del zorro y el mosquito (una interpretación vasca)

Por: | 20 de marzo de 2012

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Fotograma de "Los sueños", de Akira Kurosawa

Hay libros que son capaces de sacar cerezos (en flor) de las piedras. Y si son de los megalíticos crómlech, el disfrute puede ser aún mayor. Si cualquier fragmento de una cultura necesita de un arqueólogo o de un antropólogo que lo descifre, entonces -parafraseando a Magris- puede que el arte no sea más que esa arqueología de la vida. El escultor vasco Jorge Oteiza y el cineasta japonés Akira Kurosawa aparecen ahora redivivos y unidos por la obsesión de Juan A. Urbeltz y Mikel Urbeltz Arregi. La Fundación Museo Jorge Oteiza acaba de sacar a la luz “Crónlech vasco y zorro japonés”, un estudio minucioso y sutil de padre (historiador) e hijo (filólogo) que sobrepasa y borra los ritmos y hábitos del ensayo tradicionalista.

 …. Una bandera, una cultura, un pueblo, un idioma, sólo viven si siempre les está faltando algo que nosotros debemos ir continuamente tratando de completar. A nuestro crónlech vacío le falta todo y todo aquello que le falta es realmente lo que tiene, lo que es. Jorge Oteiza, "Quosque tandem...!"

Portada libro oteiza    

 Los Urbeltz han querido no tanto esclarecer un problema arqueológico o de etnografía pastoril como descifrar una metáfora que tiene que ver con la propuesta de Oteiza, intensamente tratada en su ensayo de la interpretación estética del alma vasca: Delante, un día, de uno de estos pequeños crónlech en el alto de Aguiña, preocupado por entenderlo, pensé en mi desocupación del espacio...

 

La de Oteiza es una inteligente respuesta al canon enunciado por T.S. Eliot en sus “Notas para la definición de la cultura, para quien la comprensión imaginativa era la conditio sine qua non que había que aplicar a la hora de entender un pueblo. En la elaboración de su hipótesis sobre el crómlech, el artista entra en el debate con personalísimas tentativas teóricas y experimentales, en las que la noción de vacío sobresale como punto de origen y la escultura como destino. De ahí nacen sus cajas metafísicas, desocupaciones de la esfera, etc, desplegadas como gran conclusión filosófica y ética. Oteiza, identificado con el hombre de la Edad de Hierro, halla el vacío en el crómlech. A partir de ese momento decide que toda práctica artística con la materia es inútil. Éste era su (auto)retrato:

          Resumo los rasgos espirituales de este hombre del crónlech vasco: acaba de salir de un arte que se ha cumplido enteramente, quiere esto decir que este hombre ya confía en sí mismo y domina la naturaleza exterior. Este hombre funciona sin angustia frente a los grandes espacios, domina la soledad, no vuelve a tener arte, ya no lo necesita y su sensibilidad artística y religiosa se identifican en un comportamiento ético, personal, temporal y ondulante, como transcurre y sucede (el cambio, el tiempo) en la naturaleza.

Una confesión asombrosa. Al renegar de la escultura, con el crómlech en el fondo, Oteiza pasó a ser tenaz y agudo pensador en busca del Origen, el suyo personal y el colectivo, a lo que contribuyó sin duda el hecho del desinterés paterno por transmitir (a él y a sus hermanos) la lengua de sus antepasados, una circunstancia que nunca dejó de lamentar. Parece que en la villa guipuzcoana de Orio Jorge Oteiza era, casi con total seguridad, el primer niño nacido allí al que no le hablan en euskara.

         Soy el primer artista que ha tomado esta decisión como conclusión experimental de su trabajo. El ser humano se define por lo que le falta: ya no me faltan mi estatuas, luego ya no soy escultor. El artista cuando termina cuelga el teléfono de sus comunicaciones y marca el número del silencio (…) Ahora lo que veo del arte me entra por un silencio y me sale por el otro. Ahora es cuando solo me interesa la vida -la vida y la muerte- desde la vida, con este silencio bajo mi brazo.


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  Crómlech de Aritxurieta. Guipúzcoa.

 

Para Oteiza, los monumentos funerarios neolíticos eran la anticipación más genial y emocionante de la arquitectura religiosa:

     La actual desocupación del espacio, la eliminación de elementos auxiliares de expresión innecesarios, representa un cambio de concepto de escala monumental (retórica) tradicional (la arquitectura civil y religiosa, parlante y espectacular) a la escala de la persona (arquitectura de vacío, de silencio, para la intimidad individual).

 

De esta idea nació su capilla construida en el monte Agiña (1959) , cercano a Lesaka.

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Su vacío interior es un punto y final. El artista magdaleniense salía de la prehistoria después de un largo proceso evolutivo y, pleno de humanidad al haber completado su preparación estética, era ya un hombre político perfectamente orientado para servir a la humanidad. Definitivamente para Oteiza, los crómlech no estaban relacionados con la muerte, sino con la vida, con una idea metafórica de la ciudad: decenas y decenas de anillos de piedra distribuidos por el Pirineo que restaban de las habitaciones construidas por los pastores que guardaban los rebaños en sus estadías de verano. Y otra función importante -y aquí aparece la figura de Kurosawa-: parece que aquellos espacios estaban destinados a conjurar los salvajes tábanos y moscas que agobian al ganado durante los cambios estacionales, en especial en los periodos de lluvia y sol.

Proverbios vascos y japoneses pronostican que el movimiento nervioso provocado por la libido desatada de los mosquitos anuncia un aguacero. La locución japonesa ka ga u tsuku significa que “cuando los mosquitos se juntan y forman una columna volando arriba y abajo, es presagio de lluvia”. Arco iris y lluvia ayudan a entender la función del heraldo desempeñada por kitsuné, mensajero de la divinidad del arroz. “Eguzkia ta euria, axerri boda”, se dice en vasco, o lo que es lo mismo, “(con) sol y lluvia, boda de zorros”. En el primer relato del filme de Kurosawa “Los sueños” (1990) titulado El Sol en la Lluvia, se encuentran algunos rastros del vacío oteiziano con la preciosa fábula de la muerte, resurección -y boda- del zorro y el mosquito.

La lectura del  ensayo de Juan A. Urbeltz y Mikel Urbeltz Arregi promete más fruiciones, vino y sake incluidos. Todo un carnaval.

 

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Fotograma del cuento "El sol en la lluvia", uno de los Sueños rodados por el cineasta japonés

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