Mi primer encuentro con Virginia Woolf fue en una biblioteca del Instituto peruano-británico. Como cualquier chica de mi edad, no leía mucho, pero estaba ansiosa por descubrir autoras después de haber leído finalmente a las hermanas Bronte y a Jane Austen. Solitaria, buscaba guías, referencias, sentía que el ambiente limeño era asfixiante. Me encontré con Las olas en versión original, conseguí la versión en castellano y comparé ambas tratando de verificar la traducción. Lo primero que pensé: Si se puede escribir así, todo está permitido. Había libertad en la forma, además de una manera de enfrentarse con la realidad que me parecía casi visual, plástica, sensible, una carne que latía lentamente al contacto con los ojos. Me sentía frente a un cuadro impresionista. Creo que también pensé, por fin una autora que se rebela contra un modelo dominante, por fin, alguien que puede señalarme cómo escapar de la tortura de no ser más que una prótesis en un mundo de mayoría masculina, una acompañante, una voz que balbucea cuando no puede ser clara e imponerse. Solo una reinscripción del mundo parecía prometer el final de una separación eterna entre los dos sexos, y ella me proponía una forma distinta de verme en ese mundo en guerra.