Pregunta. Acaba de publicar usted Postales de Barcelona (Triangle editorial) un libro de no ficción en el que repasa su relación, como persona y escritora, con la ciudad, Barcelona.
Respuesta. Yo empecé escribiendo relatos pero la ciudad estaba siempre en ellos. Era casi un personaje. Lo que ocurre es que la estructura implacable del cuento hacía que, a veces, tuviera que suprimir cosas. Recuerdo un relato en el que estaba viendo la ciudad desde la casa de mi madre. Y veía Montjuïc. Un paisaje, el de cuando llegamos a Barcelona, totalmente distinto al que vería hoy: había casitas, la Colonia Castells, el barrio de Les Corts, el hospital de San Juan de Dios y la ciudad se acababa y los coches se iban. Una vista preciosa. Todo eso ha sido barrido. Incluso hicieron un edificio al lado. Lo escribí para un cuento, pero lo tuve que cortar porque no lo admitía.
P. De todas formas no es su primera incursión en el ensayo. Antes ha dedicado usted un libro a la lucha por salvar un árbol amenazado y otro a la guerra de los Balcanes
R. Fui a los Balcanes porque no entendía lo que pasaba. No entendía la guerra, no entendía lo que Europa estaba permitiendo que ocurriera. Como mi forma de aprender era leyendo ficción y poesía, decidí intentar comprender aquello a través de entrevistas con escritores. Recuerdo que alguien allí me comentó que aquella era la única guerra en la que casi todos los protagonistas eran escritores, con la excepción de algún mafioso. Pero había mucha gente que había escrito y publicado libros. Cuando les pregunté por qué los intelectuales estaban tan implicados en la guerra, me respondieron que ésa era una pregunta que sólo podía hacer alguien que llegara de un país no comunista. En los países comunistas los escritores eran “ingenieros de almas” y tenían la función de alimentar al Estado con ideología. Los que no lo hacían era considerados disidentes y vivían en precario, mientras que el resto tenía un estatus importante. Y esta gente, tras la caída del telón de acero, tenía que encontrar otra ideología y descubrió el nacionalismo, algo mítico y prohibido y fácil de alentar por el silencio que había habido tras la segunda guerra mundial. De forma que mi intento de comprender lo que pasaba en los Balcanes se convirtió en una forma de pensar sobre nuestra propia guerra civil y de pensar desde la literatura.