Dónde vamos a ir a parar, exclama una nueva camada de apocalípticos: se ha perdido el gusto de los clásicos, a la universidad han llegado los bárbaros, mercaderes del arte venden calaveras de diamantes y pérfidos abanderados de los nuevos soportes igualan a Tolstoi con la picaresca de blog o con la crónica de fútbol.
Esta severa y escandalizada actitud viene de lejos, aunque podemos reconocerle antecedentes más próximos. Hace veinte años, George Steiner reclamó para la contemplación estética una actitud similar a la de la experiencia religiosa, que consideraba perdida en la cultura occidental. Gustó Presencias reales y gustaron otros volúmenes suyos posteriores de tono similar. Steiner obtuvo entonces una resonancia –y un parafraseo- notables. Tal prestigio, bajo cuyo manto se refugian hoy los nuevos apocalípticos, es más reverencial que argumentado, porque es difícil mantener una discusión sobre meros accesos de nostalgia.