Los de mayor edad recordarán a un joven Alain Badiou consagrado a finales de los sesenta y principios de los setenta a reflexionar sobre las dimensiones más epistemológicas de la propuesta althusseriana (aquejada precisamente de flojera epistemológica, de acuerdo con el desdeñoso diagnóstico presentado por Manuel Sacristán en aquellos años). Décadas después, y ya con una amplia obra a sus espaldas, en la que no faltan incluso novelas y obras teatrales, regresa con fuerza al centro del debate filosófico-político uno de los filósofos franceses vivos más influyentes (lo propio sucede, por cierto, aunque ahora no proceda detenerse en la significativa coincidencia, con otro ilustre discípulo de Althusser, Jacques Rancière, presente en nuestros días en cualquier debate estético-político que se precie). Y regresa con una propuesta que aúna dimensiones y registros marcadamente abstracto-especulativos, de no siempre fácil comprensión para el lector medio (Badiou también se reconoce matemático, lo que a menudo contribuye a la oscuridad de sus escritos), e intervenciones políticas con voluntad divulgadora, de una enorme radicalidad política.