En un pasaje muy conocido que suelen repetir todos los que (tanto si lo admiten en público como si no) se reconocen mentirosos, dice Nietzsche que el lenguaje no está hecho para decir la verdad sino para el disimulo, es decir, para fraguar una semiverdad, una moneda falsa que se intercambia con los demás y deja bien parado a quien la pronuncia. En rigor, Nietzsche no dice que las palabras tengan que ser piezas falsas sino que se limita a constatar un uso corriente y admitido, una picardía harto habitual; y, en efecto, así es como de hecho han sido empleadas las ficciones desde que se creó el lenguaje (si es que alguna vez hubo algo así como la “creación” o “invención” del lenguaje: Lévi-Strauss pensaba, con bastante criterio, que el lenguaje debía ser tenido como una de esas cosas que han existido siempre). Nietzsche, pues, no hace una burda apología de la mentira o del discurso falso o de la ficción sino que propone abordar la cuestión del lenguaje sin las cortapisas de una concepción categórica y verificacionista de la verdad. Si admitimos que en materia de lenguaje, la verdad no es de lo que se trata, estaremos en condiciones de comprender mejor en qué consiste todo lo que se hace por medio de las palabras y los gestos, ya sea en la comunicación y en la poesía como en la ciencia, en la filosofía o en la seducción.