La obra de Michel Foucault ha generado una nutrida comunidad de epígonos que, fascinados por la inteligencia –y, más de uno, por el pomposo estilo del maestro– se han multiplicado en los últimos treinta años hasta abarcar casi todos los campos de lo que antaño se llamaba “ciencias humanas”. El rasgo que comparte esta comunidad de incondicionales es la admiración por el modelo hermenéutico que Foucault diseñó para el estudio de la historia de las ideas que, como observó Paul Veyne, le hizo “revolucionar” esa disciplina. Grosso modo, hay dos tipos de foucaultianos: los que repiten una y otra vez las trouvailles del maestro (una coma aquí y otra más allá, pero no dan un paso fuera de la partitura) y los que han intentado convertir esa enseñanza en un sistema de pensamiento, propósito que va allá de lo que el propio Foucault alguna vez pensó para sus propias ideas. En cualquier caso, estos segundos son los únicos interesantes. Entre ellos el propio Veyne, los historiadores John Boswell y Peter Brown y, ya que estamos, el italiano Roberto Esposito.