Dónde vamos a ir a parar, exclama una nueva camada de apocalípticos: se ha perdido el gusto de los clásicos, a la universidad han llegado los bárbaros, mercaderes del arte venden calaveras de diamantes y pérfidos abanderados de los nuevos soportes igualan a Tolstoi con la picaresca de blog o con la crónica de fútbol.
Esta severa y escandalizada actitud viene de lejos, aunque podemos reconocerle antecedentes más próximos. Hace veinte años, George Steiner reclamó para la contemplación estética una actitud similar a la de la experiencia religiosa, que consideraba perdida en la cultura occidental. Gustó Presencias reales y gustaron otros volúmenes suyos posteriores de tono similar. Steiner obtuvo entonces una resonancia –y un parafraseo- notables. Tal prestigio, bajo cuyo manto se refugian hoy los nuevos apocalípticos, es más reverencial que argumentado, porque es difícil mantener una discusión sobre meros accesos de nostalgia.
Nunca se sumó a tal actitud el crítico e historiador alemán Hans Robert Jauss (1921-1997), que discute justamente Presencias reales en un artículo incorporado a Caminos de la comprensión (“Sobre la experiencia religiosa y estética. Acerca del debate entre Hans Belting y George Steiner”). Discípulo un tanto distanciado de Hans Georg Gadamer, Jauss fue el mejor representante de un linaje de críticos e historiadores de la literatura capaces de formular un programa –la estética de la recepción- que sostiene la posibilidad del encuentro con los textos a través del diálogo crítico con la historia de sus lecturas. No se accede directamente a la obra, viene a decir Jauss; se accede a sus sucesivas lecturas. Sólo a través de la conciencia de nuestra propia posición como sujetos históricos seremos capaces de poseer, por un momento, una cierta comprensión, certera aunque precaria, ante el objeto artístico. Admitiendo la fragilidad y vaporosidad de las estéticas del siglo XX, e incluso su desaparición, Jauss renovó la aproximación a la tradición clásica y la vinculó con los desafíos de las disciplinas del siglo XX que eran sus propios instrumentos. Así, hizo historia de la literatura mientras revisaba sus bases filósóficas y metodológicas. No se limitó a estudiar los grandes autores como tales -Dante, Shakespeare, Baudelaire- sino que leyó atentamente a sus colegas contemporáneos, aliados o adversarios. Discutió con los franceses solipsistas, con los representantes del materialismo cultural inglés, con los avezados deconstructores norteamericanos, con los sospechosos de todas las sevicias; con los postmodernos del teatro y de las perfomances e incluso con las reformulaciones feministas del archivo shakespereano.
Hacer historia de la literatura o del arte no es edificar un lugar ilusorio desde el cual el lector actual se transforme en contemporáneo del objeto estudiado. Jauss es irónico con respecto a la ingenuidad positivista que consiste en afirmar que el Quijote es sobre todo divertido porque para sus primeros lectores era, sobre todo, divertido; o que Shakespeare era un festivo guionista de encargo porque trabajaba casi como uno y que hay que encarnarse en un londinense de su época para comprenderlo. Cualquier estudiante de literatura que se encuentre hoy ante el dilema –falso- de leer reconstructivamente o ser un cabal postmoderno deberá recurrir al luminoso “Shakespeare en el cambio de horizontes de la Modernidad. Una historia de la recepción de King Lear” para acceder a la dimensión de este dilema. Comprender supone, para Jauss, estar abierto a la aceptación de lo histórico como sucesión de interrogantes, no como su solución.
De esa sucesión de interrogantes tratan en suma los ensayos de este extraordinario volumen póstumo: en Caminos de la comprensión se encontrarán muchos de los debates y algunas de las extraordinarias investigaciones que Jauss emprendió. “Ejemplos de hermeneútica” son las que versan sobre la tradición bíblica, la construcción de la noción de individuo en la cultura occidental o Dante. “Paseos críticos” son las discusiones en las que intervino y las objeciones que recibió y a las cuales contestó: interpretación o desconstrucción (“Carta a Paul de Man”), comprensión o perdón, historia factual o nueva historia, postmodernidad como final o como umbral de época.
Puesto que los últimos textos de este libro llegan a 1993 y puesto que los años siguientes han acentuado algunos rasgos que Jauss ya detectaba en el campo cultural, como el mercantilismo, la sobreexposición individual y la tendencia a la disolución estética, ¿qué se puede aprender en Caminos de la comprensión? Al menos, tres rasgos: uno, que el espacio de la crítica es el de la discusión precisa, el del detalle, el de la concreción; Jauss no practica la desautorización masiva o anónima. Dos, que no hay erudición que justifique el desdén por lo contemporáneo: el erudito que lo hace se convierte sólo en un especialista. Jauss muestra, analizando a un gran poeta contemporáneo, Yves Bonnefoy, que la verdadera erudición –por ejemplo, la de Leo Sptizer, que murió estudiando a Michel Butor- es aquella que se abre al presente. Tres, que la queja apocalíptica denota más insuficiencias de quien se queja que comprensión de los logros o fracasos del arte. Dejemos “la Biblia junto al calefón” al tango.
Caminos de la comprensión. Hans Robert Jauss. Traducción de Nuria Sara Miras Boronat. Editorial Antonio Machado Libros. La Balsa de la Medusa, Madrid, 2012. 410 páginas.
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NORA CATELLI (Rosario, Argentina, 1946) es profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona. Es autora de ensayos como El espacio autobiográfico (Lumen) y Testimonios tangibles. Pasión y extinción de la lectura en la narrativa moderna (Anagrama. Premio Anagrama de Ensayo 2001).
Hay 2 Comentarios
Muy bien por FranciscoTostón de la Calle, especialmente en su frase final.
Muy mal por la autora de la nota, que no diferenció a la paja del trigo.
Me reconozco como "apocalíptico" a grandes rasgos. Lo cual no significa que no puedan existir grandes obras de arte en los tiempos actuales. Significa que se ha enquistado demasiado una supuesta conceptualización compleja de lo que "es arte", de lo que no, completamente absurda (¿Mejor ejemplo que el mingitorio firmado por Marcel Duchamps? ¡Hace mucho más de 20 años!).
Lo cual no fue más que EXCUSA MERCANTIL para que pícaros puedan cotizar muy alto sus "obras de arte" que son más bien vulgaridades y hasta defecaciones intelectuales.
Estas dos cuestiones se han impuesto tanto en lo masivo y profesional que, hoy en día, DIFÍCIL que alguien verdaderamente genial en alguna expresión artística, pueda ser reconocido como tal, o apreciado masivamente, ya que CONTRARÍA a todo el "negocio" de vender mucho o cotizar alto a lo que no tiene calidad.
Las editoriales en particular son NEFASTAS en sus criterios económicos comerciales. Pues NO PUBLICAN a NADIE por bueno, salvo que sea "premio mayor" de alguno de los tan veleidosos (y poco accesibles, por costo oneroso, copias en papel y envío) concursos literarios de grandes editoriales (Alfaguara, Planeta, Clarín, etc); porque es supuesta "garantía" de publicidad que garantizará un mínimo de ventas a la editorial.
Lo digo por experiencia propia (y confirmada también por otros buenos escritores); que hasta de una muy popular editorial me felicitaron por calidad y contenido, pero que no me publicarían la obra, dado que era un absoluto desconocido en lo público y la editorial "no dispone de presupuesto" para promocionar a nuevos autores que no hayan ganado algún primer premio muy importante, o no sean masivamente populares, como conductores de programas o similar.
A lo cual respondí: Con tal criterio, jamás se habría publicado al Quijote ni el grueso de los grandes autores clásicos.
Las editoriales arruinan su propio mercado y negocio, por dar preferencia a libros de intelectuales mediocres que se volvieron populares por sus actividades en TV y similares medios masivos (porque aseguran un mínimo de ventas por curiosidad y fanatismo de seguidores), con lo cual, el público verdaderamente culto y sensato ya sabe que, hallar una buen libro (o verdadero arte) es más bien como hallar una aguja en un pajar. Pues los jurados de concursos y el criterio con el que se rigen para elegir obras es de lo más veleidoso y cuestionable. Sin ir más lejos, he hablado con varios que hicieron de jurados de editoriales y les pregunté: Si en un concurso de cuento o novela les llegara "El Principito" de Saint Exupery (Suponiendo que nunca se hubiera publicado el mismo y Saint Exupery fuera un ilustre anónimo) ¿Lo seleccionaría aunque más no sea como finalista?
La respuesta obvia (si es honesta) es un NO. ¿Por qué? Porque es demasiado simple y llano en sus expresiones, como demasiado rebuscado y hasta disparatado en su historia.
¿Y si fuera algo tan complejo como "Las mil noches y una noche"? TAMPOCO. ¿Por qué? Porque es un mamotreto que ningún jurado tomaría en serio a tal sarta de historias, enhebradas con la excusa de relatos nocturnos con el único fin de demorar la muerte "segura" de Scherazada.
O sea... ¿Qué criterio PREDOMINA en el mundo del arte, especialmente por quienes debieran PATROCINARLO en lugar de jusificar como "arte" a puro mercantilismo vulgar o lograr renombre para darse ínfulas de importante?
Los más grandes clásicos (literarios sobre todo) no ganaron concursos ni fueron "garantía de ventas mínimas" para quienes decidieron publicarles obras. Fueron publicados por decisiones personales de gente adinerada y con un criterio muy diferente al MERCANTIL, ya que quisieron que otros pudieran enterarse de lo que el escritor había expresado en su obra. Y Cervantes con el Quijote es un buen ejemplo, oTolstoi.
En conclusión: Mientras las editoriales sean empresas comerciales, o se fomente al arte como industria (que depende de ventas masivas y constante producción), como bien expresó BS Parraviccini, será la época del desarte, mecánico, artrítico y esquizofrénicamente conceptualizado.
Publicado por: Susurro | 14/07/2012 21:31:31
Hola, amigos. El pobre lector culto de nuestro tiempo, se ve metido en un laberinto del que probablemente solo algunos logren salir. Bueno, de algo tienen que vivir los críticos, comentadores, especialistas, entendidos, expertos y demás gente que vive de opinar. Pero lo que hay que buscar hoy como siempre es que el lector se enfrente directamente con la obra. Leerla. Todo lo demás es añadidura. Somos tan engreídos que creemos que si no le explicamos a los demás lo que dice una obra, ellos solitos no van a saber interpretarla, comentarla, degustarla, convertirla en sustancia de su propia estructura mental y afectiva. Así, pues, lo que hay que hacer es leer o releer a los atuores que nos gustan, que son buenos, que todo el mundo envidia, que son como grandes peces a los que viven adheridos pececillos como rémoras que de ellos se alimentan y gracias a ellos sobreviven. Pero hay que ser honrados. No se vuelven a repetir los grandes genios. Aprovechémoslos mientras podemos. Yo, por mi parte, como el pensador argentino, he decidio no leer ni escribir sino obras maestras.
Publicado por: Francisco Tostón de la Calle | 14/07/2012 20:12:45