Tormenta de Ideas

Sobre el blog

Dedicado al pensamiento desde todas las perspectivas posibles –la ética y la estética; la antropología y la sociología; la física y la metafísica-, este blog es un espacio para razonar. Y para debatir.

Sobre los autores

Tormenta de ideas es un blog colectivo de información y opinión. La primera toma forma en la redacción de EL PAÍS. La segunda, en el cerebro de sus expertos y colaboradores.

El derecho a la inmortalidad de Alexandr Herzen

Por: | 23 de marzo de 2013

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por RICARDO SAN VICENTE
 
 “Alexandr Herzen es el más interesante escritor político ruso del siglo XIX. No existen buenas biografías de él, quizás porque su propia autobiografía es una gran obra maestra literaria”. Así empieza Isaiah Berlin el capítulo dedicado al autor, incluido a su vez en un libro magnífico: Pensadores rusos, publicado en 1980 en Fondo de Cultura Económica (en versión de Juan José Utrilla) y cuya reedición sería una buenísima noticia para los lectores. Y poco más adelante sobre la obra escribe: “En algunos aspectos se parece a Dichtung und Wahrheit de Goethe, más que ningún otro libro, pues no es una colección de recuerdos totalmente personales y reflexiones políticas: es una amalgama de detalles personales, descripciones de la vida política y social y de varios países, de opiniones de personalidades, consideraciones, relatos de la juventud del autor y de su temprana madurez en Rusia, ensayos políticos, notas de viaje por Europa (…), consideraciones acerca de los dirigentes políticos y de los objetivos y propósitos de varios partidos”.


Se trata, pues, tal vez del cuadro más completo de una época visto por un exiliado ruso de izquierdas. Si Rusia está entonces dividida entre occidentalistas y eslavófilos, el máximo representante de la primera corriente en su versión más populista y de izquierdas es Alexandr Herzen. Cabe además subrayar el destacado valor literario de la obra. Pues nos hallamos ante un político, pero también un escritor. De ahí la importancia de la labor del traductor y editor, Jorge Ferrer, que realiza una labor de exégesis y traducción digna de elogio.

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Duda de tu propia duda

Por: | 17 de marzo de 2013

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Una de las constantes historiográficas es la relectura del pasado. Hace algunas décadas, Descartes era visto y descrito como el pensador que arremete contra la escolástica. Su objetivo, decían los historiadores de la filosofía, era demoler el edificio heredado de la medievalidad para dar paso al racionalismo moderno. Esta era la interpretación general dominante, lo que no excluía algunos desvaríos. Por ejemplo, en los años cincuenta, la revista Razón y Fe, vinculada al sector más tradicionalista de los Jesuitas, tenía un autor que firmaba padre E. Guerrero y que sostenía que Descartes era la causa, casi inmediata, de la segunda Guerra Mundial. En el fondo, coincidía con los historiadores, sólo que, dónde otros veían un cierto progreso, él veía la mano del demonio o poco menos. Años más tarde, a finales de los setenta, un sucesor suyo, también sacerdote apellidado Martínez, impartía clases de historia de la Filosofía en un instituto de enseñanza media en Barcelona. Terminaba allá por febrero porque, según explicaba muy serio a los alumnos, después de Santo Tomás “sólo hay errores o reiteraciones”. Y, siendo así, ¿para qué perder el tiempo?

El cambio en la interpretación del cartesianismo se inició a principios de los ochenta. Descartes dejó de ser el martillo del escolasticismo para empezar a ser leído como un pensador que pretende erigir un edificio propio sin necesidad de atacar a sus antecesores. De hecho, no pocos de sus biógrafos recuerdan su moderación en el tono y que una de las cosas que le hubiera encantado era que sus textos fueran utilizados en el colegio jesuítico de La Flèche, donde él se había formado filosóficamente.

Siguiendo esta interpretación, Descartes no tenía como enemigo principal el saber tradicional sino el escepticismo, que empezaba a ser intelectualmente dominante. Descollaba la figura de Montaigne, con sus Ensayos y se podría añadir el pensador Francisco Sánchez Lusitano, autor de un texto más que interesante titulado Quod nihil scitur cuyo objetivo declarado era mostrar la inanidad del pensamiento escolástico y su interpretación del aristotelismo. Sánchez Lusitano era católico de origen judío, nacido en la frontera galaico-portuguesa pero afincado en Francia y en algunos textos aparece citado como Francisco Sánchez, el escéptico.

En los años finales del siglo XVI y los primeros del XVII, la acometida contra un saber tradicional que daba señales inequívocas de debilidad e insuficiencia fue una constante. Por eso, cuando Descartes inició la construcción de su sistema, el enemigo no era una Escolástica abiertamente en crisis sino el escepticismo. De ahí que el punto de partida no fuera una afirmación sino una duda. Lo primero, lo más urgente era dejar bien claro que la duda podía ser superada. De lo contrario, todo quedaba a merced de la crítica escéptica.

En este esquema constructivo, dos elementos tuvieron una importancia decisiva: la duda metódica y el genio maligno: un ser dedicado en exclusiva a engañar al sujeto. En todo: pone las calles cuando él pasa y las quita cuando se va, de modo que el engañado acaba por creer en la regularidad del universo o en la existencia objetiva de los objetos. La hipótesis del genio maligno, sobre todo, resulta turbadora. ¿Cómo vencerla? Descartes necesitará dos elementos: el argumento ontológico, tomado en préstamo de san Anselmo, y Dios.

Que un volumen introductorio a Descartes (El genio maligno del señor Descartes, Errata naturae), aparecido en una colección infantil parta de la figura del genio maligno resulta esperanzador, pero vale la pena (volviendo al punto de partida de este texto) ver si significa alguna cosa. Probablemente significa al menos dos: que su autor tiene un excelente conocimiento de la obra cartesiana y que la duda es un elemento dominante en el pensamiento contemporáneo.

En efecto, releer a Descartes como enfrentado a la demolición se produce en un momento en el que los pensadores se ven enfrentados a la crítica contra todo dogmatismo que procede, como entonces, de diversos frentes. Desde el “todo vale” de Feyerabend, embistiendo contra la pretensión absolutista del cientificismo, hasta las manifestaciones más radicales del posmodernismo y del pensamiento débil. Es casi un lugar común que ya no hay lugar para un sistema como pudiera ser el que pretendía Descartes o el que trató de construir Hegel, por citar sólo un par de casos. Todo lo más, puede aspirarse a un pensamiento fragmentario, un relato, una narración de parte, donde la noción de verdad queda circunscrita apenas a los sistemas formales. Y ni eso, si tenemos en cuenta la lógica difusa.

No es casual que en los últimos años hayan aparecido remedos del genio maligno de la talla de Blade Runner o Matrix o de la novela de Torrente Ballester Quizás nos lleve el viento al infinito. Sin contar con los excelentes trabajos sobre el engaño y la mentira del profesor valenciano Miguel Catalán.

No menos interés tendrían para Descartes los desarrollos que apuntan a la posibilidad de construir realidades virtuales o a la existencia de universos paralelos, para no hablar de la paradoja de los “cerebros de Boltzmann”. En todos los casos, la existencia de la realidad resulta un punto cuestionable. Dicho quede no con el ánimo de cuestionar la realidad (sea lo que sea o lo que no sea) sino para poner de manifiesto por qué interesa hoy la raíz crítica que lleva a la teoría del conocimiento cartesiana. Se podría hacer algo parecido con el proyecto que le lleva a defender una moral provisional. Pero tampoco se trata de abusar de los lectores que son, claro, sujetos pensantes y autónomos.

Imagen tomada de El genio maligno del señor Descartes (Errata naturae).

 

A favor de las humanidades

Por: | 04 de marzo de 2013

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Hace unos meses, un grupo de profesores de diversas disciplinas humanísticas coincidieron en la preocupación por la situación de las humanidades, en la enseñanza y en la sociedad. Amparados por el Institut d’Estudis Catalans (IEC) que preside el sociólogo Salvador Giner, redactaron un manifiesto que han decidido someter a la consideración de otras personas. Quienes se hallen interesados en participar en el debate pueden enviar al IEC su adhesión o sus aportaciones hasta el próximo 31 de marzo. Entre los firmantes figuran, además del propio Giner, los pensadores Rafael Argullol, Jordi Llovet y Victòria Camps, y el sacerdote católico Xavier Morlans. El texto que sigue es la traducción al castellano del original catalán. Consta de un preámbulo y un conjunto de propuestas. Los interesados en adherirse o realizar aportaciones pueden dirigirse a Gabinet.Presidencia@iec.cat.

Unas humanidades con futuro

  1. Las últimas transformaciones en el mundo de la enseñanza, los vastos procesos culturales de cambio y las convulsiones en la situación económica y política, con el predominio de la lógica del mercado capitalista, son factores que inciden en el cultivo de las que, en los países occidentales, se conocen como “humanidades”. Las humanidades han configurado la cultura occidental desde sus inicios (Atenas, Roma, Jerusalén), a través de un vínculo con las ciencias y la técnica, el  cual se manifiesta sobre todo en el Renacimiento y se prolonga hasta lo modernidad. Esta se basa en el espíritu crítico y dialogal, la democracia, la tolerancia, el respeto a la ciencia, el pluralismo de creencias y el conocimiento filosófico. Alejarse de las humanidades empobrece y aísla. Occidente ha forjado una visión del mundo en el que la autonomía y la dignidad de la persona y su constitución espiritual son la base de un sentimiento común.
  2. La intensa preocupación, plenamente justificada, de los gobiernos y de la sociedad civil por el fomento de la ciencia, la tecnología y las nuevas formas de transmisión del conocimiento y de la información, ha ido acompañada de una disminución de la atención hacia las humanidades. Igualmente, otros factores, como la pérdida de los grandes relatos históricos y de los referentes colectivos, han contribuido a debilitar el cultivo de las humanidades. Las dificultades con las que se encuentran las humanidades se inscriben en una crisis más general del saber, también del saber científico, a menudo valorado sólo por sus aplicaciones prácticas y sin que se lo relacione con la pregunta por el sentido.
  3. La merma de la cultura humanística comporta el empobrecimiento del pensamiento, la precariedad del discurso ético y la pérdida de la cohesión de nuestra civilización. En este sentido, es urgente salir del analfabetismo funcional y simbólico, que deja grandes vacíos en el sistema de referencias personales y colectivas y permite sumisiones y manipulaciones. Es necesaria una recuperación del símbolo, empezando por el propio lenguaje, en sus horizontes filosófico y religioso, como uno de los signos distintivos de la cultura humanística completa. La cultura humanística es una inversión necesaria.
  4. Las humanidades son percibidas como faltas de atracción, como si fueran poco más que un legado arcaico y sin interés. Sin embargo, llevan en su interior la pasión por la belleza y por un mundo más humanizado, libre y feliz. Las humanidades son interesantes y útiles, porque ayudan a la persona humana a examinarse a sí misma y a valorar y admirar lo que recibe de otras personas, porque contribuyen a articular críticamente el propio pensamiento y a expresarlo de manera inteligible, porque discernir y tener criterio es imprescindible para vivir y para orientarse. Con todo, es necesario recuperar el entusiasmo por todas las creaciones del espíritu humano y restablecer y potenciar la figura del maestro que cultiva y comunica las humanidades con pasión.
  5. La educación se ha erigido en un reto capital en un mundo que tiende al individualismo y a la desvinculación de las responsabilidades compartidas. La transmisión del saber y de la sabiduría no pueden quedar al margen de la sociedad del conocimiento. La tecnosfera ha de permitir, más bien, una circulación amplia de la cultura humanística. Igualmente, en los medios de comunicación, las propuestas de tipo humanístico han de encontrar un eco riguroso y de calidad. Las humanidades forman parte del “núcleo duro” de las formas espirituales de la vida, más allá del materialismo y del utilitarismo.

Por todo ello, hacemos las siguientes propuestas:

  1. Las lenguas y la literatura, la filosofía, la historia y las artes son los pilares fundamentales de la civilización y la cultura. Por eso es imprescindible garantizar que todo el mundo sepa hablar, leer y escribir correctamente. En relación a Secundaria, los escritores clásicos, griegos y latinos, y los grandes relatos de la Biblia (la antigua “historia sagrada”) han de ser referentes culturales que han de encontrar su sitio en el currículo escolar. Por eso, es necesario impulsar el aprendizaje de las lenguas modernas y de las lenguas clásicas (griego y latín), que se han de mantener como materias optativas pero no residuales. Por otro lado, en lo que respecta a la literatura, es necesario establecer un canon abierto de autores y de obras que resuman los frutos del conocimiento humanístico que todos deberían asimilar. En no pocas culturas europeas, emulando la familiaridad de los griegos con Homero, se tiende a promover el conocimiento de los clásicos respectivos durante la Secundaria. Esta tendencia ha de ser mantenida en el caso de la cultura catalana, que no ha de menospreciar los grandes valores de la literatura universal, entendida como patrimonio de la humanidad.
  2. La Universidad ha de combinar la especialización con una consideración global de los saberes. La conexión y la transversalidad se hacen, pues, especialmente necesarias. Es necesario plantear fórmulas inteligentes que hagan que las humanidades estén presentes en los currículos de las carreras técnicas. Concretamente, en los currículos escolares y universitarios hay que encontrar un equilibrio entre las disciplinas técnicas y las humanidades. No se pueden confinar las humanidades en las “carreras de letras”. Las ciencias necesitan las humanidades, y las humanidades no pueden desvincularse de la ciencia.
  3. Las humanidades han de procurar establecer alianzas estratégicas con las ciencias, con las tecnologías y con el mundo de la comunicación. La cultura humanística ha de valerse de todos los aliados posibles para contribuir eficazmente al espíritu de los tiempos. Es conveniente, por ejemplo, que la cultura humanística emplee las nuevas tecnologías sin abandonar del todo los formatos tradicionales, sino poniendo de manifiesto la complementariedad entre tradición e innovación, y buscando la mejor manera de difundir e impulsar lo que es esencial en el mundo del pensamiento: la autoridad de la razón. Las humanidades necesitan una discriminación positiva. En este sentido, sería conveniente fomentar el gusto por la lectura, la escritura y el conocimiento de los clásicos.
  4. Los medios de comunicación – también aquellos que utilizan los nuevos códigos comunicativos – son vehículos potentes de difusión cultural, y en última instancia se han convertido en “educadores”, sobre todo de las generaciones más jóvenes. La cultura humanística ha de entrar en el mundo de la comunicación, y hace falta receptividad por parte de los medios para que esto sea factible. Las humanidades tendrán futuro en la medida en que sean entendidas como factor de humanización, de responsabilidad moral y cívica y de crecimiento del espíritu humano.

Barcelona, 16 de enero de  2013.

Imagen tomada por F. A.

Schopenhauer y la pasión de los colores

Por: | 02 de marzo de 2013

por LUIS FERNANDO MORENO CLAROS Schopenhauer_portrait_sticker-p217111409617830583en8ct_400

 

¡Por fin contamos en castellano con la obra completa de Schopenhauer! Al menos, con los libros que el filósofo quiso ver publicados en vida. Quedan por verter al español algunos escritos póstumos y su correspondencia, pero lo autorizado por él está completo. Esta excelente traducción de Sobre la visión y los colores —nunca antes en castellano— es un tratado científico, en el que hay filosofía aunque más fisiología, y que hay que inscribir en la historia de la óptica.

Arthur Schopenhauer (1788-1860) redactó este breve e intenso tratado en 1815, dos años después de publicar su tesis doctoral: De la cuádruple raíz del principio de razón suficiente. Esta obra de título tan extraño había suscitado la ironía de la madre del filósofo, la salonière y escritora Johanna Schopenhauer, quien le preguntó “si era algo para boticarios”, causando gran enfado a su hijo. En cambio, gustó a Goethe, tertuliano estrella del salón de Johanna. En 1813 el sexagenario poeta invitó al joven filósofo a que lo visitara para filosofar con él; también le hizo partícipe de sus experimentos ópticos. Goethe había publicado en 1810 con ningún éxito su Teoría de los colores, resultado de veinte años de observaciones. La poesía, pensaba, puede hacerla bien mucha gente, pero en ciencia hay pocos que destaquen. En desacuerdo con las teorías que Newton exponía en su Óptica, Goethe soñaba con proponer una alternativa que asombrase al mundo científico. Esta pasión por los colores le venía desde sus tiempos de pintor frustrado en Italia; allí le inquietó saber cómo se forma esta “alegría de la Naturaleza”, y se entregó a toda clase de estudios y experimentos a fin de averiguarlo.

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