Julián López me quiere camelar

Por: | 16 de abril de 2014

No tengo el placer de conocer a Julián López El Juli; ni siquiera hemos hablado por teléfono para una de esas entrevistas exprés previas a un gran acontecimiento ferial. Pero me cae muy bien, como torero y como persona.

Al igual que otros locos aspirantes a figura, ha sacrificado su vida entera por una vocación. Mientras el resto del mundo ha tenido infancia, adolescencia y juventud, Julián solo ha visto toro desde que era un mico; y siempre desde abajo, desde el seno de una familia humilde que se ha sacrificado toda ella y a todas horas por la ilusión enfermiza del chaval. Un mérito grande el de sus padres, sus hermanos y el propio Juli que se han trabajado de verdad la búsqueda del éxito. Un referente de cariño, de generosidad, de esfuerzo y sacrificio que debe ser reconocido, y que la vida, afortunadamente, se lo ha recompensado.

Julián López El Juli ha alcanzado la meta soñada. Es una gran figura del toreo. Y debe estar desbordante de orgullo, pues su ánimo vigoroso ha sido su compañero inseparable..

Asentado en la madurez que da la experiencia, se ha revelado, además, como un hombre reflexivo, comprometido y convencido de que debe trabajar por ocupar un liderazgo vacío en su profesión. Su reciente comparecencia matinal en TVE fue una bocanada de aire fresco entre tanto taurino trasnochado y vetusto. Da muy bien ante las cámaras, sonríe con naturalidad, transmite credibilidad, tiene ideas, maneja argumentos y ofreció, sin duda, una imagen moderna y novedosa del torero del siglo XXI.

Decididamente, El Juli quiere ser un líder, y alguien lo ha convencido inteligentemente de que la comunicación es un arma imprescindible para alcanzar esa meta.

El problema de Julián es que se mueve en el terreno pantanoso de una profunda contradicción entre el torero y el hombre. Julián ha sido educado para sufrir y gozar como una gran figura del toreo, pero no para protagonizar la revolucion para que la que está predestinado un líder. Lo primero ya lo es, pero lo segundo es materia reservada para unos pocos elegidos. Joselito El Gallo, con quien él inmodestamente se compara, fue uno de ellos a pesar de los pocos años que vivió. El Juli, por su parte, ha sido modelado para ser un icono de la modernidad; adornado con las mejores cualidades toreras, dueño del poder y la técnica en grado sumo, sufre en sus carnes y en su prestigio los cuidados extremos que su entorno familiar y profesional le ha diseñado para mantenerse ahí arriba muchos años con un riesgo calculado y siempre aminorado por el toro-torete de laboratorio elegido para el triunfo relativamente fácil. Su padre y su apoderado le han facilitado el camino como figura y se lo han cerrado para ser líder. Nadie, ningún aficionado serio, no fanático, sectario ni radical de los tantos que abundan, le reconoce hoy a El Juli la categoría de revolucionario a la que parece aspirar. Porque El Juli, y quizá él sea el menos culpable, ha tirado de su carrera, pero no del toreo.

Y lo malo es que las contradicciones obnubilan, tanto o más que una corte de aduladores. Dijo El Juli en TVE que pretende ser un torero a lo antiguo, profundo; y, días más tarde, en un portal digital, añadió que 'hay que trabajar por la fiesta y no por el interés particular'. Óle... Es la reflexión de Julián, un hombre inteligente.

Pero cuando Julián se enfunda el traje de El Juli, la cosa cambia. No puede evitar entonces, como ninguno de nosotros, la educacion que ha mamado; y surge el taurino listo, que no inteligente; el torero pícaro, el veedor que manda en las ganaderías, el apoderado que presiona sin compasión en los corrales, y el diestro que no duda en saltarde a la torera la norma y burlarse de los aficionados en la búsqueda desesperada de una inconcebible comodidad. Así, es El Juli y no Julián el que ha tenido la osadía de anunciarse el Domingo de Resurrección en Málaga en un mano a mano ficticio con Morante, en el que cada cual se presenta con tres toros elegidos por sus colaboradores. La autoridad incurre en un presunto delito de prevaricación al evitar el sorteo, pero le da igual porque la fiesta no le importa nada. Los toreros mienten, nos engañan a todos, nos toman por tontos, y parecen desconocer que en el pecado llevan la penitencia. El Juli y Morante acuden a Málaga como portavoces del antitaurinismo galopante, pues su actuación es una falta de respeto inadmisible a la fiesta de los toros.

Por eso, digo que Julián López me quiere camelar; pretender hacerme creer que es un torero comprometido. Falso. Sin duda, será un buen hombre, pero es un torero -gran figura, eso sí- más. Una pena que no lo hayan educado para tomar las riendas de la fiesta. Aptitud no le falta; de lo que carece es de actitud.

En Sevilla nos engañan como a chinos

Por: | 12 de marzo de 2014

MoranteMorante de la Puebla mientras ve torear a Talavante en la Feria de Abril de 2013. / JULIAN ROJAS
Se consumó el drama de la Feria de Abril. Las cinco figuras -El Juli, Morante, Manzanares, Talavante y Perera- cumplieron su amenaza, y los empresarios han debido confeccionar los carteles con el resto del escalafón. El resultado ha sido una de las ferias más extrañas de su historia, de contenido devaluado y de incierto futuro, pues se desconoce la decisión que adoptará el cliente, que es el personaje más importante de esta historia, y al que parece que ninguna de las partes ha prestado la menor atención. Baja el precio de los abonos, se mantiene inexplicablemente el de las entradas sueltas -un tendido de sombra sale a la venta por 89 euros-, y los toros son los mismos que, año tras año, fracasan estrepitosamente y que exigen las figuras.

Los carteles no son ni buenos ni malos; mejorables siempre, pero la viva expresión de la realidad torera actual. Bien es cierto que podrían estar otros toreros que han hecho méritos para ello, aunque su presencia hubiera hecho honor a la justicia, pero no a la calidad final del producto.

Ojalá tengan razón los empresarios y las figuras del mañana estén en los carteles presentados; y ojalá la feria sea un éxito para bien, sobre todo, de la fiesta de los toros.

Pero mientras sí y mientras no, conviene poner las cosas en su sitio, quizá porque algún aficionado -este que escribe es uno de ellos- pueda tener la sensación de que unos y otros nos están engañando como a chinos. Parece que tanto los toreros -las cinco figuras del veto- como los empresarios -Eduardo Canorea y Ramón Valencia- mienten descaradamente; parece que todos tienen mucho que ocultar, y lo que está claro en que ambas partes están protagonizando una gravísima agresión a la fiesta en unos momentos en los que la vida se le escapa en mil frentes abiertos.

¿Tienen razón los toreros cuando reclaman dignidad y respeto de la empresa sevillana y denuncian incumplimientos económicos y trato poco elegante? Seguro que sí. Pero la pierden, primero, cuando ellos han hecho de la opacidad moneda de cambio. Todo a su alrededor es un misterio calculado: los dineros que perciben, que podría entenderse, el contenido de sus negociaciones con las empresas, sus exigencias en las ganaderías, en los despachos y en los corrales, y, especialmente, sus supuestas relaciones con la manifiesta manipulación que sufre la mayoría de las reses que se lidian. Ahí está el caso de El Juli, reconocidisíma figura, que no ha tenido empacho en imponer el toro impresentable en plazas como Madrid o lidiar becerros vergonzosos en la feria de Huelva, por poner solo dos ejemplos. ¿Acaso no es esa una falta de respeto a la afición? Que hable su apoderado, Roberto Domínguez, que mucho podría contar sobre el asunto. Y lo que hace El Juli es lo mismo que imitan sus compañeros, pues todos están convencidos de que su condición de figura equivale a una patente de corso para imponer sus caprichos. En una palabra, las figuras callan mucho y, aparentemente, mienten.

Es de justicia exigir dignidad y respeto, del mismo modo que a ellos se les debe exigir igual trato con los aficionados, que sufren las consecuencias de actitudes y decisiones lamentables.

Y un detalle más: hay que saber medir las fuerzas. El enfado y la exigencia, por muy justos que sean, no pueden cerrar la puerta a la negociación cuando se vislumbra un grave daño a terceros. En este caso, a los aficionados sevillanos y a la propia tauromaquia. Es decir, que las figuras han dado una patada a los empresarios en el trasero de los clientes. Y eso está muy feo. Y es muy serio porque más de uno, cansado de esta fiesta anodina y carente de emoción, encontrará en lo sucedido en Sevilla la excusa perfecta para decir adiós a su afición.

¿Y los empresarios de la Maestranza?

Es comentario general que se han ganado a pulso esta triste y penosa situación por su falta de tacto, su lenguaje inapropiado, su soberbia y sus métodos destemplados a hora de negociar con los toreros.

Tan opacos o más que los toreros (piden que estos se rebajen los honorarios, pero ellos no ponen sobre la mesa las cuentas de facturación, gastos, pérdidas y beneficios), no han sido capaces de gestionar la crisis con la inteligencia que se les supone a los rectores de una de las primeras plazas del mundo. En ausencia de las figuras, la única ocurrencia ha sido cambiar de fecha la corrida de Miura, y aumentar la nómina de toreros injustamente olvidados. No es eso, no es eso.

Sevilla y su afición exigían un derroche de imaginación, alguna iniciativa innovadora, algún gesto, alguna gesta, una sorpresa... Nada. Parece inaudito que ni a los empresarios ni a sus asesores se les haya ocurrido una idea novedosa.

Todo lo han reducido a una rebaja en el precio del abono de algo más de un 15 por ciento, y argumentan que hacen un enorme esfuerzo porque el veto de las figuras solo afecta un 9 por ciento al presupuesto general. ¿Solo un 9 por ciento? El dato será verdad, pero no es creíble. Es más, suena a broma. Y más inexplicable es que para evitar la estampita del abonado se penalice al cliente espontáneo que deberá pagar una entrada suelta en taquilla al mismo precio del año pasado por un producto de menor interés.

Se les debe reconocer, no obstante, que en el acto de presentación de los carteles tuvieron un detalle inteligente: no hablar sobre los ausentes, porque cualquier palabra hubiera sido utilizada en su contra y enfangadoaún más el problema.

La conclusión es que en Sevilla existe la impresión de que los toreros y los empresarios callan y ocultan, y eso no es propio de gente digna y con categoría.

Pues que sepan los toreros y los empresarios que ellos, y solo ellos, están haciendo más contra la fiesta de los toros que todo el antitaurinismo andante. Y que no tengan duda de que la historia, más pronto que tarde, les pasará factura por su manifiesta irresponsabilidad. Porque la mentira tiene las patitas muy cortas. Y la fiesta está necesitada de transparencia, honorabilidad, integridad, verdad y emoción, conceptos que no parece que se hayan barajado en esta crisis.

Mientras tanto, la impresión generalizada es que unos y otros nos toman el pelo y pretenden engañarnos como a chinos... Una verdadera pena.

Por el capricho de aquellos toros

Por: | 21 de febrero de 2014

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Entrada al jardín de El Capricho donde se aprecia el el recinto circular original de su plaza de toros.

Los madrileños tienen un tesoro en las entrañas del distrito de Barajas desde hace algo más de dos siglos. El Capricho es un jardín histórico creado por la IX duquesa de Osuna, un espacio de recreo que constituía el buen gusto de una mujer poderosa con decidida voluntad de mecenazgo en todos los ámbitos culturales. También en los taurómacos. Y para ello construyó a la entrada de su bellísimo paraíso una placita para la lidia a pie con acceso directo a la cañada por la cual eran conducidos los toros desde las fincas junto al río Jarama hacia la calle Alcalá y a las plazas de Madrid que siempre han estado ubicadas en sus proximidades.

Recordar la historia de la fiesta de los toros y la relación con sus gentes es la iniciativa que ha puesto en marcha la asociación cultural Barajas Distrito BIC con el apoyo de la Junta Municipal del distrito madrileño. Será un recorrido intenso y se desarrollará en dos fases. En la primera jornada -que tendrá lugar este próximo domingo 23 de febrero- se rescatarán la leyenda de aquellos fieros toros criados en la vera del Jarama, el testimonio de la placita de toros del romántico jardín histórico de la Alameda de Osuna y el protagonismo de la finca La Muñoza que hizo las funciones de descansadero para los toros que serían lidiados en Madrid desde 1751 hasta 1970. María Isabel Pérez Hernández, Rafael Cabrera Bonet y Julia Rivera pondrán recuerdo a la vieja tradición por los toros y a las gentes que se aficionaron en este rincón de intenso brío taurino durante los siglos XVIII y XIX.

 

Julia Rivera en El Capricho (Alameda de Osuna, Madrid). 

 

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Alguien no se olvidó del artículo treinta y tantos

Por: | 14 de enero de 2014

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Fotografía de Claudio Álvarez.

 

Anotaciones reglamentarias (8)

El reglamento reconoce la posibilidad que los aficionados presencien el reconocimiento de las reses en la plaza pero su asistencia es anecdótica. Joaquín Monfil cuenta su experiencia en este texto póstumo

En este repaso por las particularidades reglamentarias se recuerda un artículo olvidado. La actual normativa taurina recoge el derecho de los aficionados a presenciar los reconocimientos de los animales en la plaza y que, sin embargo, después de más de veinte años, desde la aprobación del reglamento taurino de 1992, apenas ha sido materializado. La vigente regulación taurina de 1996 limita igualmente el número a un máximo de dos integrantes en los reconocimientos de las reses en el recinto de la plaza, pero acota la designación por parte de “las asociaciones de aficionados y abonados legalmente constituidas que tengan el carácter de más representativas” y que previamente deben “solicitarlo con antelación suficiente a la autoridad competente”. Esta iniciativa en la norma venía precedida por el requerimiento de la Ley Taurina de 1991 para garantizar los derechos y obligaciones de los espectadores de la fiesta, así como aportar trasparencia en su realización y la persecución del fraude. Estas bases garantistas, dice la ley, “reglamentariamente determinarán los demás derechos y deberes que puedan corresponder”.

Este texto debía cerrar la serie Anotaciones Reglamentarias que se ha abordado en este blog y que a modo de decálogo pretende hacer un repaso por la normativa taurina nacional vigente y, concretamente, sobre cómo se aplica. Para ello se ha contado con las reflexiones de los aficionados. Pero las circunstancias mandan y trastocan. El autor del texto -que iba a ilustrar este punto olvidado del reglamento-, Joaquín Monfil, moría de manera repentina en Madrid el pasado 20 de diciembre. Se le había pedido su opinión al respecto pues en su dilatada pasión por los toros fue de los pocos aficionados que había asistido a los reconocimientos como representante de esa afición y ahora contaba su experiencia. Que este escrito póstumo de Monfil sirva como deferencia al respeto que mantenemos por los personajes de esta afición siempre comprometidos con la verdad de la fiesta.   

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El público del tendido 7 de la plaza de toros de Madrid (en una imagen de archivo realizada en la corrida del 25 de mayo de 2010) protesta por al cambio de ganadería. Fotografía de Samuel Sánchez.

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El PENTAURO, un ejercicio de 'buenismo' taurino

Por: | 20 de diciembre de 2013

El Plan Estratégico Nacional para el Fomento y la Protección de la Tauromaquia (PENTAURO), presentado el pasado jueves por el ministro de Cultura, José Ignacio Wert, ha vuelto a encandilar a los distintos sectores taurinos, como ya ocurriera con la ley que declara la tauromaquia patrimonio cultural. Es un amplio documento de cincuenta páginas en el que se recogen las propuestas de matadores de toros, banderilleros, empresarios, ganaderos, juristas, periodistas, universitarios, escuelas taurinas, algunas comunidades autónomas, la Federación Española de Municipios y Provincias y la Administración General del Estado. Como todos, a excepción de las asociaciones de aficionados, se sienten reflejados en sus reivindicaciones, el texto ha sido refrendado por una inmensa mayoría.
Y bien es cierto que el PENTAURO es el evangelio taurino. En él están contenidos los mandamientos que hay que cumplir para que la fiesta de los toros, -la tauromaquia, según la terminología legal-, vuelva a resurgir de sus cenizas y recupere el prestigio de antaño y el honor que hoy se le debe reconocer como elemento cultural de primer orden. El problema, quizá el verdadero problema, es que esta medicina milagrosa aparece cuando el enfermo tiene las defensas muy bajas y el mal parece ya incurable; y cuando sus protagonistas están contagiados por un conservadurismo transnochado y un egoísmo repelente.
De ahí, que los cinco ejes, con sus correspondientes programas y medidas en los que se estructura, configuren un conjunto de objetivos teóricos y deseables, muchos de los cuales se presentan claramente inalcanzables en función del momento que atraviesa el espectáculo taurino.
Bueno es, sin duda, que un Gobierno asuma la tauromaquia como problema que requiere análisis y soluciones, le dedique tiempo e imaginación y trate de amparar a los millones de ciudadanos que la sienten como algo propio. Bueno es que un grupo de respetables expertos se devanen los sesos para plasmar en un papel los caminos que debe seguir la tauromaquia si pretende pervivir en los próximos años. Así, el trabajo resultante es, con sus conflictos, estimable, plausible y necesario; ilusionante e ilusorio, también, en gran parte de sus cometidos.
El punto de partida está cargado de interés: la consideración de la tauromaquia como patrimonio cultural y fenómeno económico habilitan al Estado para proponer un plan para el fomento de las actividades artísticas, creativas y productivas que la conforman. Y sigue: además de cultura, la tauromaquia es un sector económico de primera magnitud, con incidencia en los ámbitos empresarial, fiscal, agrícola-ganadero, medioambiental, social, generador de empleo, industrial y turístico.
Pero, a continuación, se produce la primera carencia porque el diagnóstico de la fiesta es blanco, vago, impreciso, incompleto y políticamente correcto. Se entiende, no obstante, que así sea para no molestar a ninguno de los que después dieron su aprobación al texto.
Asegura el documento que existe consenso (¿?) en el sector sobre una necesaria renovación interna  y de posicionamiento estratégico frente a la sociedad; que falta unidad -es verdad-, y que sufre 'cierto' inmovilismo; se refiere, además, a la multiplicidad de competencias administrativas, a las dificultades que padecen muchos profesionales a la hora de cobrar, a la disminución de espectadores, y a la emocion y el riesgo, como núcleo esencial del festejo taurino; añade que falta integridad en 'algunos' espectáculos; que existe un problema de comunicación de la tradición y los valores de la tauromaquia, 'enfatizada por cierta sensibilidad social de protección de los animales', constata la ausencia de subvenciones oficiales, y cita casi de pasada la 'disminución' de espectáculos retransmitidos sin hacer mención de TVE, que, desde año 2006, solo ha retransmitido dos corridas de toros.
La primera conclusión es contundente y de perogrullo: hay que lograr que el producto taurino sea más atractivo; y promover una fiesta más abierta, viva y participativa, cercana y accesible, con capacidad para adaptarse a los tiempos y a los cambios políticos, sociales, económicos y culturales. ¡Evidente...!
Y llega el capítulo de los cinco ejes, donde aparece el 'buenismo' oficial, tan cercano a los Gobiernos acomplejados con la fiesta de los toros.
He aquí algunas perlas: fomentar la formación de los futuros profesionales, mejorar la casta, la bravura y la integridad del toro, trabajar por la autenticidad de la fiesta con presidentes, veterinarios y delegados más preparados; y aprobar una nueva ley taurina y un nuevo reglamento de carácter nacional.Y la guinda final: impulsar los trámites para incluir la tauromaquia en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco. Por lo visto, se solucionan de un plumazo las competencias exclusivas de las Comunidades Autónomas en materia taurina, y las dificultades extremas que, con toda seguridad, encontrará la fiesta taurinas entre las paredes de la Unesco.
Quizá, lo más efectivo y posible, con permiso de Cristóbal Montoro, es que se pueda llevar a cabo una simplificación administrativa y una reducción de cargas fiscales y de la Seguridad Social, lo que facilitaría la celebración de espectáculos y rebajaría el precio de las entradas.
En fin, que el PENTAURO debe ser recibido con comedida esperanza porque encierra una meritoria voluntad de afrontar los muchos y graves problemas de la fiesta; pero, lamentablemente, no parece que pueda convertirse, como muchos piensan, en una oportunidad histórica. Este enfermo, a pesar de la probrada capacidad de tantos expertos, tiene muy mala cura. Quizá por eso, solo por eso, el PENTAURO corre el peligro de quedarse en un ejercicio de 'buenismo' taurino.

Primer Aviso

Sobre el blog

El mundo de los toros visto por los periodistas de EL PAÍS. Rigor, exigencia y sensibilidad para analizar un arte que vive uno de los momentos más complejos de su historia.

Sobre los autores

Antonio Lorca es crítico taurino en El País. Amante del toro en el campo, en la plaza y en el plato. Hijo del Capitán Trueno, venera a los héroes de carne y hueso ya vistan de oro o plata, vayan a pie o a caballo. Por favor, no le digáis a mi madre que soy periodista; ella, orgullosa de mí, cree que soy banderillero...

Rosa Jiménez Cano. Periodista de EL PAíS especializada en Tecnología, aficionada a los toros desde su niñez. Como cualquier abonado de Las Ventas reparte su corazón entre Chenel, Esplá y los hierros más duros. Se derrite cuando a Morante le da por torear.

Quino Petit es periodista de EL PAÍS. Desde 2006 escribe reportajes en El País Semanal. Durante la adolescencia sufrió un shock leyendo la biografía de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte y persiguió a Curro Romero y a Rafael de Paula hasta que ambos se cortaron la coleta. Desde entonces no persigue a nadie. Tampoco ha vuelto a ver torear tan despacio.

Paz Domingo, periodista de El País y admiradora de la portentosa belleza que atesora el toro de lidia, cuando se da con toda la integridad física y temperamental, con la fuerza descomunal que representa su genio, acometividad, defensa, y resistencia al sometimiento.

El País

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