Joselito, en 1989. Fotografía de Marisa Flórez.
Jose Miguel Arroyo, Joselito, es un señor y un torero como la copa de un pino. Eso no es nada nuevo, hace mucho que lo sabemos. Uno sigue siendo torero aunque se corte la coleta. Lo que no sabíamos es lo que ahora ha confesado en una biografía que sale a la venta mañana con el sello de Espasa y el sugerente título de Joselito, el verdadero. En el Madrid de una democracia en pañales, el adolescente Joselito ya estaba matriculado en la escuela taurina de la capital y veía circular por la casa de su padre a una pléyade de camellos y drogotas que venían a surtirse de la grifa de Bienvenido Arroyo. "Mi padre empezó a funcionar poco a poco en el negocio. Mi casa acabó convertida en un hervidero de drogas. En los armarios, en la cocina, por los cajones, en el váter, había kilos y kilos de hachís. Y pasaba por allí cada uno, con cada pinta...".
Joselito, el héroe del que apenas sabíamos que vivió la orfandad siendo niño y encontró el calor de un hogar en los gerifaltes de la Escuela Taurina de Madrid, confiesa ahora cómo su camino pudo torcerse de no haber sido por su entrega al toro bravo. La suya es una historia de superación, desde luego. Es una historia de verdad, como la que afronta un púgil de extrarradio que se lía a tortas con la vida para salir adelante y pergeñarse un futuro mejor al que le ha tocado vivir por el mero hecho de nacer en el sitio equivocado. Joselito perteneció a la última estirpe de toreros españoles que escaparon de la miseria a base de de acercar los pitones a la barriga. En los extractos de su nuevo libro, adelantados ayer por el dominical del diario Abc, cuenta de frente y por derecho cómo trincaba las chinitas que caían de los posturones de hachís cuando su padre los cortaba. Con aquellas virutas de cannabis, el muchacho también se sacaba unos cuartos en la calle. Sabía bien cómo hacerlo. No se le escapaba ni un solo detalle relativo al género. "El mejor era el libanés, el rojizo, pero había otro verdoso, marroquí, muy bueno. Y otro más oscuro. Y el polen. Y la maría... Todavía soy capaz de distinguir cada aroma cuando me cruzo por la calle con un fumeta. aunque sea de lejos". Con el tiempo, el chaval también comenzó a ver por casa tubos naranjas de bolígrafos Bic vacíos. Joselito todavía sospecha que le sirvieron a su padre para esnifar cuando la farlopa y el jaco corrieron libres por las calles españolas tras la muerte del dictador.
Muchas son las razones que pueden llevar a una persona a enfrentarse a la muerte en una plaza de toros. ¿Escapar de la mala vida? Por qué no. La mayoría solo ve a tipos vestidos de luces, pero saben poco de los hombres y mujeres que siguen queriendo lidiar con su destino e intentar dejar una huella, la suya, en los tendidos. De Joselito lo que más sabíamos es que toreó como los ángeles. Pudimos constatarlo y seguirlo como al mesías de los ruedos que fue. Arrastró a multitudes de lo más ecléctico, colgó incontables veces el cartel de No hay billetes y jamás olvidaremos la lección magistral que interpretó el 2 de mayo de 1996, fecha de su apoteósico y goyesco encierro con seis toros en Las Ventas a los que cortó seis orejas en un derroche de toreo puro e imperecedero.
Joselito, el 2 de mayo de 1996, tras cortas seis orejas en Las Ventas. Foto: Efe
Ahora sabemos, también, con todo lujo de detalles, que forjó su carácter entre manguis y chuletas de barrio. Robó y traficó, aprendió el camino duro, ese The hard way que canta Sharon Jones. Para no estropear una bonita leyenda, se metió a torero sin saber que acabaría convertido en maestro. Joselito encontró la redención a base de muletazos eternos que todavía siguen dibujándose en la mente de los que tuvimos la suerte de conocer su otro yo en la plaza. Ahora ya sabemos de dónde viene el mito.
Hay 2 Comentarios
Joselito fuiste el mejor. Inolvidable.
Publicado por: fdez | 19/03/2012 23:14:25
Ése qué va a ser Joselito, el verdadero. El único verdadero fue José Gómez Ortega ¡Por Dios!
Publicado por: Juan Ignacio | 19/03/2012 15:24:47