Foto: Juan Pelegrín / Las Ventas
No hacía falta estar allí para comprender que el trapío de los novillos que ayer, domingo, se lidiaron en la plaza de las Ventas era desmedido, exagerado y fuera de toda lógica. Las fotos, primero, y las imágenes, después, cantaban a los cuatro vientos que al toro bien hecho, aunque le llamen chaval porque le falten dos meses para los cuatro años, no le hace falta el fhotoshop para deslumbrar por su poderío y mirada desafiante. Y los que salieron el domingo en Madrid eran de esos que algunas figuras no ven ni en el campo con una valla de espinos de por medio. Es más, apostaria a que ningún toro de ese porte se ha visto este año en alguna plaza de primera de añejo postín.
Pero lo peor no es la estampa de los que aguardaban en chiqueros, sino el engaño que sufrieron los integrantes del paseíllo, tres chavales con muchos sueños y escasa experiencia, a los que engatusaron con el cuento de la oportunidad y los abocaron a la trampa de una emboscada sin vuelta atrás.
Hace unos años, cuando en este país se celebraban novilladas, los aspirantes acudían a Madrid a pasar la reválida, ese duro examen que te concedía o no el pasaporte a la categoría superior. Las circunstancias han cambiado, y las Ventas se ha convertido para la mayoría de los novilleros en la única ocasión seria para demostrar sus ganas, sus condiciones y su actitud, y, también, en pura lógica, su falta de rodaje. A esos chavales no se les puede poner delante de toros hechos y derechos, porque es el modo más idóneo de hundirles la moral, de acabar con su afición, y, en el peor de los casos, y ocurrió el domingo, la ocasión más propicia para que se lleven un 'tabaco' que les deje secuelas en sus carnes y en su alma. Este es el caso del colombiano Juan Viriato, que sufrió una tremeda cornada de 25 centímetros que le atravesó el muslo derecho, de la que, sin duda, tardará en recuperarse, y ojalá lo haga con bien y pueda volver a los ruedos con la moral intacta.
Cualquier vaquilla te puede atravesar el muslo en un tentadero, claro que sí; que nadie entienda, además, que se está pidiendo la vuelta del choto a la primera plaza. No es eso. Se pide, nada más y nada menos, que cordura y sensatez. ¿Quién ha visto esos novillos en el campo por parte de la empresa? ¿Cuál fue, entonces, el parecer de los apoderados? ¿Y la Comunidad de Madrid? ¿No tiene nada que decir Carlos Abella, director del Centro de Asuntos Taurinos?
Qué pena de fiesta, sola y abandonada, cuyo destino está en en manos de reputados incompetentes que no parecen tener reparos en echar a los leones a novilleros sin bagaje. Qué daño se le inflinge cuando se hace añicos la ilusión de quien busca la gloria. Con la escasez de vocaciones que se padece en estos tiempos y lo difícil que resulta alcanzar la cima...
No más emboscadas. La exigencia no está reñida con el sentido común. La emoción del peligro nada tiene que ver con la emoción del toreo. Los tres novilleros del domingo merecen mejores gestores, taurinos con dos dedos de frente que entiendan de una vez que la inteligencia es un bien -escaso, es verdad- que hay que ejercitar. Sobre todo, para evitar en lo posible que a un chaval nuevo en las plazas se le salten las lágrimas de rabia cuando comtemple su muslo destrozado por un toro hecho y derecho al que llamaban novillo.