La resurrección de Escribano

Por: | 18 de septiembre de 2013

Un colega experto en secretos taurinos me cuenta la siguiente historia. A finales de la pasada temporada, un empresario de postín se reúne con el apoderado de un joven torero con serias posibilidades de alcanzar pronto la vitola de figura para hacer la liquidación económica de las corridas lidiadas en sus plazas. Antes de extender el cheque correspondiente, el señor de los dineros llama la atención de su interlocutor y le espeta: 'Por cierto, de esta cantidad debo descontarte 3.000 euros'. ¿Y eso? ¿Recuerdas que en tal plaza tu torero le dio un capotazo a un toro de un compañero, y, como consecuencia de ello, el animal se derrumbó y fue devuelto a los corrales? Pues 3.000 euros me costó la broma, y es de justicia que yo te los cobre a ti'.

Aunque pueda parecer un chiste, no lo es. El colega, que es hombre serio, dice conocer todo lujo de detalles sobre este curioso sucedido que se acerca más al suceso que a la anécdota. También es verdad que nunca se ha atrevido a publicarlo con nombres y apellidos. Ya saben una de las definiciones más atinadas de lo que es un periodista: alguien que habla de lo que no conoce y calla lo que sabe.

Sea como fuere, lo cierto es que esta sorprendente historia no es más que una pincelada del comportamiento completamente tabernario, turbio y oscuro de muchos taurinos que, en contra de toda lógica, siguen mangoneando un espectáculo anclado en el pasado más recóndito. El secretismo absoluto es la marca de la casa; nadie denuncia, por ejemplo, el delito del afeitado, que se practica con impunidad y el silencio cómplice de todo el sector; nadie sabe lo que gana un torero, pero ni en el pueblo más alejado ni en el propio Madrid; tampoco se sabe quienes no cobran, que son legión; nadie se atreve a acusar del maltrato que reciben muchos toreros de otros compañeros; de las amenazas y las venganzas, que son moneda corriente; o de aquellos otros que son condenados al ostracismo porque un día osaron preguntar la hora a la que comenzaba el festejo. Existe la impresión, eso sí, de que el mundo de los toros está plagado de buitres que campan a sus anchas entre el colorido efímero de los festejos.

En fin, que no se entiende la paciencia y el aguante de la gente normal, que la hay en cantidad, y que vive con la boca cerrada a la espera de que el triunfo le permita levantar la frente y defender su dignidad. Es incomprensible que quien se juega la vida aguante sin más que un pillo maldiciente le robe en su propia cara los 3.000 euros que ha ganado con el sudor de su alma, mientras el toreo entero mira para otro lado.

Y todo esto viene a cuento de que Manuel Escribano, el torero sevillano que el sábado día 7, en la plaza abulense de Sotillo de la Adrada, sufrió un topetazo en el vientre que le desgarró la vena ilíaca y que a punto ha estado de mandarlo al otro barrio, ha sido dado de alta y ya continúa su recuperación en su Gerena natal.

En un encuentro con periodistas, Escribano, que ha perdido peso y mantiene en su cara las huellas de su profundo dolor, ha contado cómo llegó a estar convencido de que se le iba la vida, y que solo la pericia de los médicos, su fortaleza física y un auténtico milagro le permiten contar su odisea, de la que guardará para siempre el recuerdo de un costurón de 35 puntos que va desde la pelvis hasta el esternón. Vamos, que Escribano ha resucitado en el sentido literal de la palabra.

¿Cómo es posible que héroes de esta dimensión sobrehumana se vean obligados a soportar los desaires de cuatro desvergonzados -empresarios, ganaderos, apoderados y figuras del toreo- que se aprovechan de la desunión de los más débiles, incapaces a todas luces de defender lo que en justicia les corresponde. Parece mentira que quienes se atreven a jugarse la vida a cara o cruz se achanten ante la supuesta autoridad malévola de unos pocos golfos, erigidos en los más grandes depredadores de la fiesta de los toros.

Escribano, una de las grandes revelaciones de esta temporada, ha perdido ya 16 corridas de toros y casi con toda seguridad no volverá a vestirse de luces hasta el próximo año. Es penoso que ante hombres de su talla no se ponga en pie el toreo y le presente sus respetos.

 

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Primer Aviso

Sobre el blog

El mundo de los toros visto por los periodistas de EL PAÍS. Rigor, exigencia y sensibilidad para analizar un arte que vive uno de los momentos más complejos de su historia.

Sobre los autores

Antonio Lorca es crítico taurino en El País. Amante del toro en el campo, en la plaza y en el plato. Hijo del Capitán Trueno, venera a los héroes de carne y hueso ya vistan de oro o plata, vayan a pie o a caballo. Por favor, no le digáis a mi madre que soy periodista; ella, orgullosa de mí, cree que soy banderillero...

Rosa Jiménez Cano. Periodista de EL PAíS especializada en Tecnología, aficionada a los toros desde su niñez. Como cualquier abonado de Las Ventas reparte su corazón entre Chenel, Esplá y los hierros más duros. Se derrite cuando a Morante le da por torear.

Quino Petit es periodista de EL PAÍS. Desde 2006 escribe reportajes en El País Semanal. Durante la adolescencia sufrió un shock leyendo la biografía de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte y persiguió a Curro Romero y a Rafael de Paula hasta que ambos se cortaron la coleta. Desde entonces no persigue a nadie. Tampoco ha vuelto a ver torear tan despacio.

Paz Domingo, periodista de El País y admiradora de la portentosa belleza que atesora el toro de lidia, cuando se da con toda la integridad física y temperamental, con la fuerza descomunal que representa su genio, acometividad, defensa, y resistencia al sometimiento.

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