Sobre el papel, los Oscar son el cebo perfecto para Twitter. Lo tienen todo: interés internacional, potencial para generar debate y especulación ad nauseam y grandes famosos y/o grandes tuiteros. La Academia lo sabe y mima a la red social como si fuera un niño prodigio que se acabara de mudar con la familia. Si hay algo que se pueden hacer por aquí (ofrecer una cobertura alternativa de la gala, dar noticias exclusivas), lo harán. No hay mejor ejemplo de cómo una institución puede absorber una novedad tan anárquica.
Así que no deja de sorprender lo poco que han funcionado estas galas en Twitter. El año pasado se quedaron en solo 1.663.458.778 tuits, muy por debajo de los Grammy y de la Super Bowl. Unos 12.000 por minuto, mucho menos de los 17.000 de la Super Bowl correspondiente. El motivo, se comentaba de manera oficiosa pero unánime, era que la gala no llegaba a despertar una actitud tuitera única. Su presencia era demasiado oficial y dejaba a los usuarios sin nada que añadir. Los famosos, que son los grandes incitadores al discurso tuitero, escribían desde el miedo tan hollywoodiense a insultar a una Academia cuyos miembros les dan de comer. La institución se había apropiado tanto del asunto que le habían quitado la gracia, vamos.
Así estaban las cosas cuando llegamos a esta gala. La que se prometía diferente. Gil Gates, el hombre que más ceremonias había producido en la historia, murió el 31 de octubre del año pasado. Bruce Vilanch, el humorista que se encargaba de los guiones desde 1989, había sido despedido. La veterana Danette Herman, la productora que fichaba a las estrellas, fue ascendida por primera vez 30 años. En fin, que todo iba a oler a nuevo. Era la oportunidad perfecta para aprobar la asignatura nada optativa de Twitter.
¿Lo han conseguido?