Isidoro, protagonista de la edición de anoche de Quién quiere casarse con mi hijo. /CUATRO
Un grupo de madres deja a sus hijos solos en casa una noche, estos organizan sus fiestas en plan Risky business y, cuando vuelven las progenitoras, acaban siendo víctimas de la ira materna. La trama se ha visto en miles de sitcoms y se sabe que funciona. También funcionó anoche, cuando se ejecutó con descarada precisión en Quién quiere casarse con mi hijo. Tanto, de hecho, que cuando la presentadora Luján Argüelles y su eterna media sonrisa la explicaron al principio del programa, lo remató con un: "No se recuerda tanta emoción desde el capítulo final de Falcon Crest".
Fue uno de esos momentos en los que se nos recuerda lo que no debemos recordar -que detrás de esos momentos de supuesta espontaneidad del programa hay varias horas de trabajo; que todo en cada capítulo está pensado, escrito y programado como en muchas otras ficciones; que incluso los protagonistas se esfuerzan por ser más tróspidos de lo que son en la vida real-. Un momento en un capítulo lleno de ellos, en una temporada que, a veces, parece empeñada en sustituir la frescura de la anterior con esperpentos delirantes.