"Hay hombres que presumen de ser hombres y luego tracatrá", reflexionaba anoche Pedriño en Quién quiere casarse con mi hijo. El concursante, único gay del programa, acababa de leer junto a su madre, la fascinante Mary, la inscripción de un monumento al toreo en Ronda (Marbella): "Un cobarde no es un hombre y para torear se necesitan hombres". Pero la opinión de Pedriño, gran pensador del medroso concepto de la masculinidad desde el primer capítulo de esta segunda temporada, vale también como reflexión para todo el programa. Quién quiere casarse con mi hijo toma a representantes (imposibles) masculinos del tejido geopolítico español y los sumerge en una fantasía de tintes machistas en la que varias mujeres se prestan, lloran y pelean para recibir su atención y afecto. Pero, a cambio de esta fantasía púber, tienen que ir de la mano de esa figura tan castrante para todo adolescente que es la madre.
Yo tras estos momentos gratuitos de macho y fuego no duermo más #santrospido
— Ana Lozano (@AnitaPatataFrit) November 1, 2012
El capítulo de ayer enfrentó a sus principales protagonistas (Pedriño el gay, Gabi el pijo e Isodoro el garrulo, según sus epítetos más repetidos en Twitter) con sus propios conceptos de la hombría. Ya que se trata del penúltimo capítulo, en el que los solteros deben pronunciarse por fin, con sus madres fuera de escena, y elegir a la candidata que deciden llevarse a la gala final, la temática tenía sentido. Como también tuvo sentido que estos momentos fueran los puntos álgidos de la entrega.