El Año de Turing

El Año de Turing

La informática a la que recurrimos para tuitear o hacernos una resonancia magnética es en esencia Alan Turing, uno de los científicos más importantes de la Historia. Fue un hombre generoso que afrontó con genialidad lógica horrores como el Nazismo pero al que el mundo devolvió sólo injusticia. Acercamos su obra a los lectores para que comprueben lo importante que fueron sus aportaciones. Creó la Informática tal y como la conocemos.

Las mil caras del test de Turing

Por: | 06 de diciembre de 2012

MANUEL GONZÁLEZ BEDIA

Alan Turing¿Qué es el test de Turing? Es un criterio para determinar si un computador es inteligente a partir de la interacción con un humano. Por lo general, la interacción es lingüística y se establece a través de un chat. Un sujeto envía un mensaje y analiza el contenido de la respuesta  que le llega de su interlocutor (examina el grado de relación con el tema de conversación,  las expresiones que utiliza, Test de Turingsi reconoce la ironía o el doble sentido, etc.). El test sugiere que si encontramos una máquina capaz de hacernos creer que es otra persona, debemos resignarnos y atribuirle tanta inteligencia como a nosotros. Este sencillo experimento que expuso Alan Turing hace más de sesenta años, sigue siendo fuente de intensos debates. ¿Por qué ha sobrevivido tanto tiempo? En este artículo defendemos que bajo su inocente apariencia, el test esconde algunas preguntas trascendentales sobre cómo comprender nuestra inteligencia.

 

¿De dónde surgió la idea? A mediados del siglo pasado, Turing formó parte de uno de los movimientos científicos más estimulantes de la historia de la ciencia: la cibernética. Bajo la hipótesis de que no sólo el cuerpo, sino también la mente humana, podrían ser comprendidos mediante los mismos modelos que servían para construir máquinas, toda una generación de científicos desarrolló un marco matemático en el que el comportamiento de humanos y artefactos pudieran explicarse en términos del mismo lenguaje. Tomando como base la noción de “información”, “control”, “recursividad” y “realimentación” se construyó el edificio cibernetista. Estas ideas conformaron un área híbrida entre ciencia y técnica que el Premio Nobel Herbert Simon Herbert Simon denominó las «ciencias de lo artificial». De allí surgieron la teoría de juegos, la investigación operativa, la programación lineal, la teoría de la decisión colectiva, la teoría de sistemas, el análisis de redes complejas, etc. Si las analizamos en detalle, encontramos un tipo de disciplinas diferentes a las que se conocían hasta entonces: no buscan leyes naturales dirigidas a dar explicaciones causales -como hacen las ciencias clásicas- sino que construyen modelos abstractos orientados a la simple simulación; no aplican el conocimiento científico -como hace la tecnología- sino que analizan cómo circula la información en los modelos que elaboran.

Imbuido en esta corriente investigadora interesada en la simulación de capacidades mentales, Turing esbozó su test inspirándose en un juego que la aristocracia victoriana había inventado para entretenerse en su ociosidad. Se llamaba el “juego de imitación” y consistía en descubrir si en una conversación a ciegas, y mediante el intercambio de mensajes manuscritos, un sujeto podía deducir si su interlocutor era una mujer o un hombre. Cambiando a uno de los jugadores por una computadora, Turing encontró la idea germinal de su experimento mental.

Hugh Loebner. Autor: LoebnerEl test de Turing dejó de ser sólo una excusa para la reflexión especulativa de filósofos y científicos, y adquirió un carácter mediático, cuando el millonario y filántropo americano Hugh Loebner decidió retribuir con 100.000$ a aquel que creara el primer programa informático capaz de superar el test. La primera edición se celebró en 1991, en el “Museo de los Ordenadores” de Boston, y la última, en 2012, en “Bletchey Park” - lugar simbólico en el que Turing hizo sus aportaciones más relevantes en criptoanálisis-. Edición tras edición, nadie ha logrado diseñar un programa que engañe a jueces humanos. El único premio que Loebner ha concedido, como consolación, se reduce a 1500$ para aquel programa participante que haya mostrado un aspecto más humano. Es interesante acceder a los diálogos de las partidas que, a lo largo de estos años, se han ido celebrando para ver cómo progresa el ingenio de los programadores. El mejor concursante de la primera edición se llamaba ELIZA. Se diseñó para imitar a un psicoanalista que redirigía al paciente sus afirmaciones en forma de preguntas. Con esa sencilla fórmula (si el sujeto manifestaba, “estoy preocupado por mi vecino”, el programa respondía “¿Estás preocupado por tu vecino?”) ELIZA logró superar al resto de candidatos en “apariencia humana”. ALICE (clasificado en primer lugar en 2000, 2001 y 2004) utilizó una técnica diferente: explotar una gran base de frases hechas y utilizar reglas para minimizar la probabilidad de que se repitiesen. En 2008, la técnica del ganador fue aún más ocurrente: el programa ELBOT simulaba ser un adolescente usando la típica jerga juvenil, llena de palabras comodín y códigos propios, haciéndose pasar por un chico real en muchos momentos de la partida.

Son sorprendentes las numerosas variantes que, a partir del test original, se han generado. Por ejemplo, en el Total Turing test el interrogador, además de chequear las respuestas que recibe, examina tanto las habilidades perceptivas del interlocutor (requiere visión computacional) como sus habilidades de manipulación (requiere dispositivos robóticos). En otras versiones más sencillas, como es el caso del Minimum Intelligent Signal Test, sólo se permiten respuestas binarias (“verdadero/falso”). A partir de su formato original (el test de Turing verbal) con alguna innovación (como el Ebert test en el que el interrogador analiza también los efectos prosódicos de las respuestas como la entonación, inflexiones, sincronización, etc.) podemos encontrar versiones gráficas, para videojuegos, musicales, gestuales, etc.

Pero además de entretenimiento para programadores informáticos, ¿alguna de sus aplicaciones sirve para algo más? Tomando como base el test, se han creado programas como EMI (Experiments in Musical Intelligence) capaz de componer piezas de música moderna imposibles de desenmascarar por auténticos expertos. A EMI recurren grupos de música para generar nuevas composiciones y aparentar, ante sus seguidores, un mayor talento creativo. En portales de noticias deportivas ya existen programas desarrollados por empresas -como Narrative Science- que son capaces de escribir breves artículos periodísticos informando sobre los partidos de la jornada. Incluso los lectores más avezados no son capaces de diferenciarlos de aquellos que son redactados por periodistas reales.

Revisando estos ejemplos, una pregunta legítima sería ¿realmente queremos desarrollar programas que nos engañen? Sí, engañar para confundir al interlocutor tiene aplicaciones muy relevantes como velar por nuestra integridad en el uso de internet. Por ejemplo, para enfrentarse a programas dañinos, que están diseñados para crear direcciones desde las que poder hacer envío indiscriminado de correos basura, se utiliza una versión visual del test de Turing. CaptchaLos filtros CAPTCHA (Completely Automated Public Turing test to Tell Computers and Humans Apart) nos permiten distinguir a una persona de un programa informático con algo tan simple como pedir que se teclee el código que aparece en una imagen distorsionada. Otras veces, el malhechor no es un programa sino un humano al que queremos vigilar. A través de programas que crean imitaciones convincentes de menores participando en conversaciones por chat, se pueden detectar “cyberacosadores”. En redes sociales, como Tuenti, estos programas son incluso capaces de crear perfiles falsos de menores de forma autónoma y de esperar a que se les presenten nuevos contactos que quieran interactuar con ellos.

¿Qué futuro tiene el test de Turing? Turing era hombre de su tiempo y su test representa la visión que en su época se tenía sobre cómo funcionaba la mente. Con los conocimientos actuales en Ciencias Cognitivas tenemos nuevos modos de entender cómo somos y cómo interactuamos con el mundo, ¿Cuál sería la versión del Test de Turing del siglo XXI?

Si observamos el rol del juez en el experimento de Turing, frente a una conversación, adopta una actitud distanciada, objetiva, puramente interesada en la deducción a partir de la exploración del contenido de los mensajes. Sin embargo, hoy conocemos que existen aspectos de la comunicación humana que no son el resultado de ningún análisis. Por ejemplo, existen capacidades expresivas que los bebés desarrollan y que les permiten participar en interacciones con sus progenitores, antes de poder hablar ni de explicar su conducta. Esta capacidad que aparece a edades muy tempranas, no desaparece para ser sustituida por una nueva aptitud cognitiva, más madura, que emerge con el inicio del lenguaje y que permite interpretar las interacciones comunicativas en términos predictivos. Al contrario, pervive como soporte natural de nuestras interacciones, generando una experiencia psicológica esencial para los procesos de socialización.

 

Veamos qué ocurre, por ejemplo, en los fenómenos de atribución de emociones entre interlocutores en una conversación. No partimos de la observación sensorial de los movimientos corporales y faciales (la posición, orientación, tono de voz, gestos, sonrojo,...) para deducir lo que está sintiendo el otro, sino que reconocemos las emociones ajenas de manera directa, espontánea y sin ningún tipo de análisis, al mismo tiempo que se genera en nosotros un sentimiento similar por empatía. «Vemos» directamente que alguien está enfadado, molesto, triste o eufórico, sin necesidad de deducirlo de sus movimientos musculares o faciales. En relación con el test de Turing es importante señalar que, al igual que estos procesos de atribución emocional, existen fenómenos similares en los intercambios lingüísticos entre personas: nuestra percepción social está constituida por el significado de lo que oímos/leemos y no por un contenido sonoro/escrito que tengamos que analizar.

Por tanto, en nuestras interacciones sociales se expresan capacidades interactivas básicas, que recogen la perspectiva de quien forma parte de esa situación comunicativa, y capacidades inferenciales abstractas, que analizan lo dicho y pueden desplegarse, sin necesidad de participar efectivamente de la interacción. Estas últimas son las que exclusivamente destaca Turing en su test y, precisamente estas, son las únicas que manifiestan los niños autistas. Desde sus primeros meses de vida, los autistas no parecen sintonizar ni mostrar especial preferencia por la información visual de los rostros ni por la que procede de otras voces. La interacción con personas les merece similar atención que con otros objetos físicos. Su forma de interpretar a los demás se reduce, como ocurre en la prueba de Turing, a su análisis.

Esta doble perspectiva -como participante y como observador- es fundamental para entender cómo funciona correctamente la comunicación entre humanos. Un test de Turing actualizado debería incluir los aspectos más básicos y expresivos de nuestras interacciones sociales si quiere sobrevivir, al menos, otros sesenta años más.

Manuel González Bedia es profesor contratado doctor en la Universidad de Zaragoza e investigador en el instituto I3A.

El autor es uno de los promotores de la red ReteCog. Como actividades de ReteCog en los próximos meses mencionamos un evento en homenaje a Turing (II Workshop ReteCog on Cognitive Interaction), un test de Turing para videojuegos (Human-like Bots Competition) y un test de Turing en cognición social (Multiplayer Perceptual Crossing Test).

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Sobre los autores

Este blog es una obra colectiva en la que participarán científicos y expertos españoles y extranjeros cuya obra haya bebido de las aportaciones de Alan Turing. Aunque principalmente recogerá los avances científicos en la Informática, abarcará otras opiniones sobre la importancia de la misma en otros ámbitos: la Medicina, la Física, la Política, la Economía. El blog está coordinado por Pedro Meseguer y Juan José Moreno Navarro.

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