Tras el bombo mediático -positivo y negativo, todo hay que decirlo- alcanzado por la zafia maniobra del presidente del Gobierno de entregar personalmente el códice compostelano a Julián Barrio, arzobispo de Santiago, desde esta humilde tribuna se lanza una propuesta, o varias: que Mariano Rajoy entregue a la madre correspondiente el bebé recién nacido, siempre y cuando el parto se haya realizado sin contratiempos y en una clínica privada, a ser posible de lujo. También debería de entregar el premio gordo de la lotería, y más aún si el agraciado es, de nuevo, el afortunado expresidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra. Tampoco estaría mal que recibiera a pie de escalerilla, y con un ramo de flores, al turista diez millones siempre que no llegara en patera. Incluso podría estudiarse la posibilidad de que entregara un multimillonario cheque en concepto de jubilación pactada al consejero delegado o presidente de la última entidad financiera quebrada. La foto es la foto.
El que la prima de riesgo vuelva a superar las cotas más desastrosas que quepa imaginar no debería ser una noticia que rebajara la moral de la ciudadanía. Todo parece indicar que España es un país al que le apasiona el riesgo, de lo contrario no se entendería bien la obsesión de las cadenas generalistas por retransmitir los encierros de San Fermín. La 1 de TVE alardea de la cobertura de los encierros (Viva San Fermín: 55.2% y 683.000 espectadores), y lo hace con una profusión de medios sorprendente con los recortes que la han impuesto, recortes que la lleva a una programación en la que se desempolvan series y programas con una total impunidad y sin tener en cuenta la inestable salud mental de sus cada vez menos espectadores. La minuciosidad con la que se televisan los encierros, el retroceder las imágenes hasta encontrar el momento en que un toro empitona o vapulea a uno de los participantes, señalando, incluso, con un círculo al que va a ser empitonado o vapuleado para que el espectador no se pierda detalle, es una apología del riesgo, lo que, al parecer, es una de las característica de la idiosincrasia nacional.
Del largo, deportivo y caluroso fin de semana conviene destacar por su excelencia, el reportaje El clan de los gordos, que emitió el programa Equipo de investigación (Antena 3), el pasado viernes. Tuvo una audiencia de 1.252.000 espectadores pese a lo tardío de su programación (00.00 horas) y constituyó uno de los mejores ejemplos del valor de una televisión cuando ofrece reportajes informativos bien hechos. Cerca de 60 minutos en los que se aalizaba desde múltiples perspectivas a un poderoso clan familiar de narcotraficantes con base en la madrileña Cañada Real. El reportaje entremezclaba material audiovisual proporcionado por las fuerzas de seguridad con el elaborado por la propia cadena más el que está al alcance de todos en youtube, pues el clan gustaba de filmar sus bodas y fiestas grandiosas para inmediatamente después volcarlas en la red. Un ejercicio periodístico inestimable por su valor antropológico, sin la menor pretensión condenatoria -no es su labor el juzgar sino el mostrar-, con las únicas armas de la información responsable, exhaustiva y veraz.