Entre piratas, crueldades y gobernantes torpes, el país sobrevive -mal que bien- a una ola de calor insoportable. Nadie sabe con certeza cómo y cuándo se saldrá de la crisis generada por la avaricia pero lo que sí se sabe, o se intuye, es que los que salgan tendrán mucho más claro quienes son los enemigos, quienes son los que se aprovechan de la situación para lucrarse o para retrotaernos a épocas en las que había que luchar por los derechos humanos y sociales más elementales.
En la noche de ayer, La 1 emitió El temible burlón (1.494.000 espectadores), una divertida y más que correcta película de aventuras realizada hace 60 años y que mantiene su atractivo. TVE se sacó de la manga una recuperación de lo que llaman Cine Clásico condicionada por los recortes presupuestarios: hay que vaciar la nevera antes de comprar nada. Claro que entre recuperar el estupendo filme de Robert Siodmak o la serie Ana y los 7, con guión de la incomprensiblemente incombustible Ana Obregón, hay un abismo. En todo caso, la película narra la evolución de un acrobático y excelente Burt Lancaster desde la piratería hacia la solidaridad con los revolucionarios de la isla sojuzgada por la corona británica, excatamente lo contrario de ese grupúsculo fundamentalista que se llamó los Grapo, que evolucionaron desde un intento de revolución al pillaje más ignominioso. Cobrar el rescate por un secuestro tiempo después de haber fallecido el secuestrado, y alegar que Publio Cordón, una vez liberado, había huído hacia un país remoto, es de una crueldad tan perversa como su codicia.
Claro que hay otro tipo de perversiones quizá menos crueles pero no por ello menos escandalosas. Que un presidente del Gobierno incumpla todo lo prometido, que imponga los recortes más duros que se recuerdan en cuestiones salariales, de educación, de sanidad, en pensiones y derechos sociales, y que llegado el día de debatir sus impopulares y reaccionarias propuestas en el Congreso de los Diputados no se presente en el hemiciclo hasta el final de la sesión, demuestra como el líder de un partido que ganó las elecciones con mayoría absoluta no entiende lo que es la democracia o, lo que aún sería peor, la desprecia. No enfrentarse a un debate esencial porque está recibiendo al presidente de una potente empresa alemana es toda una declaración de prioridades. Como lo es, también, subir 17 puntos el IVA del material de uso escolar o el de los espectáculos culturales. No hay nada como ser de derechas para valorar en su justa medida la educación, la cultura o la sanidad.
P.D.- Alguien debería explicarle al Rey cuando declara que "otro estaría aún de baja pero yo tengo que currar", refiriéndose a su reciente viaje oficial a Moscú, las novedades de la Reforma Laboral del Gobierno, sobre todo el artículo 52, letra d, del Estatuto de los Trabajadores, en el que se habla de la posibilidad de despido por absentismo, incluso el justificado.