Alberto Ruiz Gallardón, ministro de Justicia, ha pasado de ser uno de los pivotes del conservadurismo más liberal y despilfarrador (Madrid acumula tras su paso por el Ayuntamiento una deuda que supera ligeramente los 1.000 millones de euros) a ser el martillo de herejes y abanderado de la derecha más cavernícola de las que existen, con lo que se demuestra que algunos que justifican su dedicación a la política en el ánimo de cambiar el mundo, es la política la que en realidad les cambia a ellos. En pocos meses ha conseguido irritar al gremio judicial con sus planes de reforma del CGPJ y, ahora, y una vez más, al sentido común. Cuestión de estilo.
Su nueva "cruzada" lo es contra la vigente ley sobre el aborto. Ya adelantó en una entrevista publicada en el periódico más conservador de los quioscos (La Razón) que se prohibirá el aborto por causas de malformación del feto lo que, a jucio de los partidos de la oposición, será retroceder más de 30 años en la legislación sobre el tema. Lo cierto es que no sólo representa una involución legislativa, es una muestra más de la hipocresía de los biempensantes: se prohibe el aborto por malformación del feto y, al mismo tiempo, se reforma la Ley de Dependencia alegando la necesidad de ahorrar en el gasto público. El mismo Gobierno que prohibirá el aborto en dicho caso, ha decidido parar durante dos años las ayudas a la dependencia. Cabe señalar que en la actualidad hay 270.000 personas esperando una ayuda a la que tienen derecho. Tenga usted un hijo con malformaciones pero olvídese de las ayudas necesarias para su supervivencia. ¡Viva la defensa de los derechos de los más débiles!, como argumentó Carlos Floriano, vicesecretario de Organización del PP, en la defensa pública del anuncio de Gallardón.
La serie catalana que emite Antena 3, Pulseras rojas, sigue liderando la noche de los lunes. El capítulo de ayer, lunes, lo vieron 2.507.000 espectadores, una cifra inferior a los dos capítulos emitidos la semana anterior pero suficiente para superar en algo más de un millón de espectadores a la reposición de La que se avecina, en Telecinco. ¿Se imaginan ustedes que los medios de comunicación escritos decidieran reponer sus noticias, entrevistas y reportajes, ya publicados en su día, para rellenar sus páginas en los meses de verano? Es curioso como a determinados medios se les permite lo que en otros sería su irreversible fracaso.
Ya en terrenos más minoritarios, es decir, en aquellos que ejemplifican la vanguardia artística de la cultura popular, y sin que ello conlleve una jerarquización cualitativa sino una evidencia, cabe destacar la emisión de un largometraje Hiroshima, mon amour, que en su día (se realizó en 1959) fue una de las películas más reivindicadas por los cinéfilos europeos. La unión de un realizador como Alain Resnais y una guionista del talento literario de Marguerite Duras produjo un filme difícil, íntimista y bello, en el que un apasionado idilio entre una actriz francesa y un japonés permiten al realizador y a la guionista divagar en torno a la memoria y el olvido. La película fue una de las claves de la incipiente revolución formal de la cinematografía francesa y, después, europea. Tuvo, todo hay que decirlo, 76.000 espectadores, un 1,1% de la audiencia en esa franja horaria nocturna.