En España fueron 5.656.000 los espectadores que contemplaron la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos en Londres. Un 46,1% de la audiencia en el horario estelar. En el mundo, los comentaristas hablaban de 1.000 millones por mas que esa cifra suene más a un convencionalismo que a un dato. En todo caso, Danny Boyle parece que colmó las expectativas depositadas en él por mas que la ceremonia tuviera sus luces y sus sombras.
¿Luces? Tuvo algunos ramalazos de humor. Espléndido el sketch de la Reina Isabel y Daniel Craig, el último James Bond. La reina se apuntó un tanto al aceptar intervenir, permitir el rodaje en el palacio de Buckingham y mostrar como retozaban una pareja de sus perros. El otro gran protagonista humorístico de la noche fue Rowan Atkinson (Mr. Bean), su interminable solo de tecla y la parodia de Carros de fuego. En el ámbito de lo didáctico, Boyle mostró a grandes rasgos la evolución de la sociedad británica, desde el inicial mundo rural, al comienzo de la revolución industrial, el germen de los sindicatos y la lucha vindicativa de la mujer. Un ciclo que culminó con el homenaje al creador de la triple w (la ya muy común, imprescindible, www.), sir Tim Berners-Lee. Se incluyó también, homejes a la sanidad pública, a la literatura infantil y, muy especialmente, a una de las industrias culturales más boyantes y afamadas: la música pop. Desde los Beatles (Paul McCartney cerró la ceremonia), a los raperos más recientes sin olvidarse de un enorme elenco de artistas (los Rolling, los Who, los Clash, Bowie, Quenn y un amplísimo etcétera). Gran Bretaña rindió homenaje a una música popular que tantos beneficios económicos, culturales y propagandísticos le ha reportado.
¿Las sombras? Un chauvinismo descarado y desaforado. Si pensaban que ese mirarse al ombligo de forma permanente era una condición exclusiva de los franceses, olvídense de ello. Pocas veces se ha visto una ceremonia teóricamente prevista para rendir honores a los deportistas de todo el mundo más nacionalista que la que ofreció ayer Londres. Son tiempos difíciles, es cierto, pero reaccionar con ese talante egocéntrico es, probablemente, la menos olímpica de todas las posibles opciones. Ayer, en Londres, se mostró una historia, unos logros sociales, una cultura y unos inventos exclusivamente británicos. El resto del mundo no existía. La ceremonia de los juegos de Pekín fue tildada de alarde tecnológico y de movimientos coreográficos disciplinadamente militares pero, en todo caso, no tuvieron ese tufo desagradablemente narcisista. Boyle cumplió con las expectativas y obligó a una amplísima y multicultural audiencia a asumir que el mundo se divide en dos: Gran Bretaña y los otros.