Hay películas extraordinarias a las que el paso del tiempo no sólo no las afecta sino que las ratifica en sus virtudes. Brutos, sucios y malos, dirigida por Ettore Scola en 1976, es una de ellas. Con un añadido: la visión esperpéntica de la gran familia chabolista de Giacinto (un maravilloso Nino Manfredi) adquiere una significación especial, premonitoria, en la Europa del sur de 2012, 36 años después de su realización. El patriarca Manfredi tiene una obsesión: que ninguno de sus 20 familiares que comparten hacinados su miserable chabola no le quiten el millón de liras que le pagaron por haber perdido un ojo. 36 años después, Monti o Rajoy, a instancias del Bundesbank, se lo quitarían limpiamente alegando que había vivido por encima de sus posibilidades.
El filme de Scola lo proyectó en la madrugada de ayer La 2 (193.000 espectadores, un 2,2% de la audiencia). Descubir a estas alturas la capacidad crítica de la comedia italiana sería una obviedad. Señalar, si acaso, que Scola le pone un punto más de ácida ironía, una mirada algo más desgarradora pero sin renunciar al humor. Un año después, en 1977, nos deslumbraría a todos con Una jornada particular, y con esa pareja fantástica de Sofía Loren y Marcello Mastroianni. Cuando en el arranque de Brutos,... Manfredi se despierta en su miserable cama, saca debajo de las sábanas una escopeta y sus primeras palabras son para maldecir a sus hijos y demás descendientes, reprochándoles que "claro, como estáis acostumbrados a vivir como en un hotel, y sin pagar una lira..." sabemos todo lo que hace falta saber de la película y sus personajes. Naturalmente, nadie le hace caso, algo a lo que ya está habituado el maravilloso tuerto. Un filme que bebe de las mejores fuentes: de Fellini, de Berlanga, de Azcona, de todos esos grandes talentos que no concebían el cine sin su componente de entretenimiento, sin la búsqueda de la sonrisa cómplice y la capacidad de crítica, un cine, en definitiva, lejano de esa abrumadora presencia actual de efectos especiales y play stations.
Una propuesta para el ministro Montoro: si gracias a los datos en poder de Hervé Falciani, el informático francoitaliano que sustrajo miles de ficheros mientras trabajaba para el banco suizo HSBC, hasta el momento la Hacienda española ha descubierto, al menos, a 659 defraudadores calculando que lo evadido ascendería a unos 6.000 millones de euros, y figurando entre ellos gentes de postín como Emilio Botín (rima incluida), que no dudó en regularizar su situación, y la de su familia, pagando 200 millones de euros, ¿no sería más sensato y funcional proponerle al señor Falciani que encabece la búsqueda del defraudador en lugar de sacarse de la manga una amnistía fiscal de la que no se sabe nada en cuanto a su eficacia, salvo la de que podrían haberse recaudado 14 millones de euros en total?