La historia se escribe, o se puede escribir, desde muy distintas perspectivas. Un ejemplo: en la última visita de Angela Merkel a Rajoy en la primera semana de este mes, el presidente español declaraba: "Me congratula contar con el apoyo de Alemania al ajuste fiscal y el paquete de medidas sin parangón y audaz que ha aprobado España". Bien. Ramón Tamames, antaño miembro destacado del Partido Comunista y hogaño ni se sabe, salvo que interviene en las tertulias televisivas más reaccionarias, apuntaba un dato que no se ha desmentido: la señora Merkel en su visita consiguió que se pagaran 1.700 millones de euros que se adeudaban a proveedores alemanes, sin que se hayan satisfechos las deudas a proveedores españoles. De ser así, la que debería congratularse es la señora Merkel.
Viene todo esto a cuento de una película extraordinaria que se proyecta esta noche en La 2: Una jornada particular, de Ettore Scola, con dos magníficas interpretaciones de Sofía Loren y Marcello Mastroianni. Una película intimista que se desarrolla en un momento de eclosión y euforia colectiva en la Roma de Mussolini. Es el día en que Hitler visita la capital italiana y media ciudad se vuelca en un clamoroso recibimiento. Scola, no obstante, aprovecha magistralmente ese desmedido entusiasmo social para narrar una peculiar e intensa historia de amor entre una ama de casa condenada a una esclavitud encubierta y un periodista radiofónico, disidente político y homosexual, expulsado de su trabajo y a punto de ser detenido. Masa e individuos. La historia colectiva hablará de entusiasmo popular, la historia narrada con el talento de Scola nos habla de un canto a la amistad situada en un contexto muy concreto, del rol de la mujer tradicional, es decir, procreadora sin fin y sierva de su marido, del ambiente político y social de la Italia fascista -espléndidamente reflejados a través de la radio- y de la miseria moral de los biempensantes. Una obra de arte extraordinaria que estimula la reflexión sobre lo que acontecía en 1938, es decir, que potencia la capacidad crítica ante unos comportamientos mucho más constantes de los que las fechas pudieran sugerir.
Un dato interesante de las audiencias de ayer, domingo: Salvados (La Sexta), el programa que presenta Jordi Évole, consiguió su récord histórico con los 2.696.000 espectadores y el 15,5% de cuota de pantalla. Ciudadano klinex, como así se llamaba, trataba de analizar si la clase política en general, y la española en particular, tenía un concepto de la ciudadanía de usar en tiempo de elecciones, y tirar el resto de la legislatura. Évole mantuvo dos amplias entrevistas con Álvarez Cascos y Julio Anguita, dos antiguos pesos pesados de la política, y de los que no sabemos si fueron usados, o no, por sus propios partidos para después ser tirados en la cuneta por sus respectivas circunscripciones. En todos caso resultaba curioso comprobar el intento de Cascos por dar una imagen de simpatía y tolerancia, tan antagónica a la prepotencia y soberbia que mostró cuando ocupaba el poder, como también llamaba la atención la seguridad de Julio Anguita en sus propuestas, una seguridad que no se corresponde en modo alguno con su constatación en la práctica. Se puede decir que a los ricos se les debe confiscar todo lo que poseen en los paraísos fiscales, por ejemplo. Cuestión distinta es demostrar si se ha hecho en alguna ocasión, y cómo se haría en un sistema democrático. Un voluntarismo que se mueve entre el deseo y la realidad.