¿Pero qué hemos hecho nosotros para merecernos esto? ¿Por qué en un Estado constitucionalmente aconfesional tenemos que soportar mensajes tridentinos de una jerarquía católica insolidaria y de una televisión pública empeñada una y otra vez en que ganemos el cielo? Gabriel Arias Salgado, ministro de Información en plena autarquía franquista tenía la convicción de que aplicar una censura férrea en cine y televisión, salvaba almas. Pues bien, más de medio siglo después, llega al ente un equipo que parece compartir el ideario de aquel nefasto ministro. Somoano y sus mariachis, día si y día también, nos adoctrinan sobre las buenas costumbres con la desfachatez de los obtusos.
Un día no se les ocurre otra cosa que recomendar a los parados que recen y que pongan velas en el altar, que es muy bueno (en el fondo nos están transmitiendo la idea de que tener un trabajo es la hostia). Otro día, ayer sin ir más lejos, se marcan un reportaje de minuto y medio en el telediario del mediodía en el que nos explican cómo tienen que vestirse las niñas para no provocar, con mensajes del tipo "Cómo explicar el decoro, la no provocación en el vestir" y "Ropa demasiado sexy en las niñas", con ese tufo de la Sección Femenina, movimiento filofascista que parecía había quedado arrumbado en algún desván.
La siguiente noticia del informativo se centraba en la campaña de la Asociación Derecho a Vivir, en la que se pedía al Gobierno que derogue la ley del aborto "y que en su lugar elabore una ley que no contemple la posibilidad de abortar" sin que, naturalmente, pudiera opinar nadie que no compartiera la cerril concepción ideológica de la mencionada asociación.
El PP ganó sobradamente las elecciones, es cierto, pero nadie votó a un partido que sistemáticamente ha incumplido su programa electoral y, además, está empeñado en un retorno a la moral más reaccionaria e inquisitorial que imaginarse pueda. Es el empeño de los mediocres, de los que no entienden que el castigo electoral al Gobierno de Zapatero por sus torpezas no equivale a dar carta blanca a un conjunto de señoritos ineptos o a unos meapilas desfasados.
Frente a todo esto, cabe destacar un par de sucesos televisivos en los que la profesionalidad sobresale muy por encima del adoctrinamiento de sacristía. MasterChef y sus 2.884.000 espectadores se consolida como un buen concurso gastronómico y con una aceptación internacional (con un formato que se ha realizado ya en 35 países). Cuenta con un jurado de especialistas en la cocina, Samantha Vallejo-Nájera, Pepe Rodríguez y Jordi Cruz, una producción espectacular y un grupo de concursantes que escuchan, aprenden y cocinan cada vez mejor. Sin alaridos, sin broncas: un placer insólito.
La siguiente recomendación es en favor de una serie que comienza hoy en La Sexta (22.30 horas), The Following, en la que un retirado agente del FBI retoma su carrera para perseguir a un muy inteligente asesino en serie y fanático de Edgar Allan Poe. Hay sangre, asesinatos violentos y tensión narrativa pero inmerso todo ello en unos buenos guiones, una más que correcta interpretación y un deseo predominante: el de entretener. Con tanto intento cutre de salvación eterna de los discípulos de Arias Salgado, se agradecen las andanzas de un asesino en serie que, además, es culto. Es la revancha del espectador.