Pocos casos han llegado hasta el Tribunal Supremo en los últimos años, con tanta repercusión, como algunos de los que ha estudiado en 2012 y 2013: la ley de inmigración de Arizona, la legislación que reformó el sistema sanitario, aprobada durante el primer mandato de Obama y dos casos sobre matrimonio homosexual. En casi todas las vistas orales, con una energía inusual para los jueces, una de ellas ha sido siempre la primera en intervenir: Sonia Sotomayor demuestra a cada oportunidad en la corte que, como el resto de su vida, no se conforma con haber roto una barrera más al convertirse en la primera hispana en ocupar ese puesto.
Sotomayor, nombrada por el presidente, Barack Obama, en 2009, acaba de publicar una autobiografía en la que se reconoce el mismo tono firme, la seguridad en la voz, la ausencia de miedo y las mismas palabras directas que emplea en el Tribunal ante los abogados. En “Mi Mundo Amado” -publicada en inglés y en español-, la juez repasa desde su infancia hasta el día en que se convirtió en juez. Pide disculpas a quienes buscaban más detalles sobre su aterrizaje en el Supremo, sin duda el hecho que le hizo saltar a la fama, porque fue en esa etapa cuando se convirtió "en quien es hoy".
La idea de convertirse en juez del Tribunal Supremo, un puesto vitalicio, no formaba parte "ni de la más remota de mis fantasías", dice Sotomayor, pero el tiempo le ha demostrado que "no puedes valorar tus sueños en función de las probabilidades que tienen de cumplirse". Hoy la juez es inspiración de la comunidad hispana, que reivindica una mayor representación en la sociedad estadounidense y que empieza a conseguirla a pasos agigantados.
La juez, nacida en el Bronx -su mundo amado- en una familia puertorriqueña, fue diagnosticada con diabetes a los ocho años, algo que describe como "una maldición mortal" para su familia, pero que también le inspiró “una especie de resistencia persona que no es poco común en niños que sienten que no pueden confiar en los adultos que tienen a su alrededor". La enfermedad, la muerte temprana de su padre, alcohólico, la figura de su madre y la de su “abuelita”, dibujan el mundo de la pequeña Sonia, cuyas ambiciones y talentos acabarían por romper cualquier frontera del "microcosmos de la Nueva York hispana”.