Hace frío o hace calor

Por: | 12 de junio de 2013

Boyread

Foto Dr John2005

Hace unas semanas, recogí a mi hijo de diez años de la casa de su madre y lo llevé a mi casa. Le pregunté si tenía tarea y me dijo que sí, que debía terminar de leer un libro. Iba por el tercer capítulo y quería jugar un poco de Playstation antes de seguir leyéndolo. El libro -que sucedía en Venecia y tenía como protagonista a un violinista que se negaba a tocar a Mozart- no lo había enganchado. Decidí leerlo para ver si podía ayudarlo. Lo leí en poco tiempo, una lectura ligera para alguien acostumbrado a leer diariamente varias horas. Fui donde mi hijo y le comenté que había terminado de leer el libro. No me creyó. Insistí. Entonces decidió hacerme una prueba.

- Cuando la periodista llega a Venecia ¿hacía frío o hacía calor?

Entonces me acordé de la gelatina de naranja con leche que hacía mi madre cuando era un niño. Era mi favorita. Un día mi padre trajo una colección de libros a mi casa y yo cogí uno. Era una lectura poco estimulante para un niño, la Autobiografía humorística de Mark Twain, pero lo escogí porque su carátula era del color del postre que tanto me gustaba. Mi carrera como lector empezó gracias a una sinestesia. 

Me acordé también de mi padre, que nunca fue un gran lector pero sí un extraordinario coleccionista. Coleccionaba todo lo que estuviese numerado y tuve la suerte de que por aquellos años aparecieran varias colecciones de libros. Grandes Bestsellers, Ariel juvenil y Ariel Universal, Literatura Peruana, Obras Maestras, todas las coleccionó y mi casa se llenó de libros, mientras que en la casa de mis amigos apenas si había una enciclopedia o folletos biográficos sobre los héroes de la Guerra del Pacífico. Mi padre los coleccionaba y yo los leía.

Pero no era el único que los leía. También mi abuela sacaba uno por uno, guiándose por la numeración. Prefería aquellos que no superaban las cien páginas y que tenían viñetas. Antes de irse a dormir sacaba uno del librero y a la mañana siguiente lo devolvía, y así sucesivamente. Sentí una envidia instantánea de mi abuela que podía leer un libro al día y empecé una silenciosa competencia con ella. Luego de esforzarme mucho pude, finalmente, leer un libro al día. Una biografía de Napoleón de menos de cincuenta páginas. Mi alegría fue indescriptible.

(Luego mi abuela me confesaría que no leía esos libros, solo veía las viñetas, pero para entonces yo era un lector en pleno vuelo).

Me acordé de unos libros escritos por un sacerdote llamado Francisco Finn, una saga de niños que compartían un mismo salón de clase. Cada novela tenía el título de uno de los niños, un protagonista que en las demás novelas reaparecía como personaje secundario. Decidí contribuir con la obra de Francisco Finn y en un cuaderno de 150 páginas, rayado, que forré de azul, escribí mi primera novela: Diego Swan (sin saber que luego admiraría a un personaje también apellidado Swann, escrito por un tal Proust).

Recordé las horas que dediqué en mi infancia y adolescencia a leer. Cada uno de los libros que pasaron por mis ojos. Los que leí, los que releí, los que no pude terminar de leer. La edición condensada de El Quijote que llevaba en el bolsillo de mi saco cuando salía a montar skate. Cuando me metía en la tina con un libro y me demoraba en salir, enfriado y tiritando, por estar inmerso en el agua y la lectura. Y claro, también recordé la lectura de Robinson Crusoe que hizo que me ganara mi primer sueldo literario (un borracho, en una peluquería, me dijo que me pagaba un sol si le contaba una historia, y le conté la del libro que acababa de leer). O la vez en que me doblaba de dolor de estómago y mis padres llamaron al doctor, pensando que era apendicitis, y mientras lo esperaba me puse a leer La casa de cartón y sus imágenes tan hermosas, esa sensación de la juventud frágil y florecida, hizo que olvidase el dolor y que cuando el doctor al fin llegase me encontrara hecho un ovillo en torno al libro, con un placer que era síntoma no de haber contraído apendicitis sino literatosis. 

Me acordé de aquellos años en que leía los libros en voz alta, gritando las palabras, sintiendo la música que evocan las frases. ¿Hace cuánto que no leo en voz alta? ¿Por qué he perdido ese placer tan intenso?

Y me acordé de cómo un día, antes de terminar la secundaria, descolgué los póster de jugadores de fútbol que adornaban mi cuarto (recuerdo a Cruyff, a Zico, a Rummennige) y los cambié por póster de escritores. Algunos que había leído y veneraba, como Cortázar o Vargas Llosa; otros que había leído sin entenderlos, como Onetti; y otros que aún no había leído pero cuyos rostros me atraían seductoramente (como luego sus libros) como Nabokov.

Todo eso recordé cuando mi hijo me hizo una simple pregunta sobre un libro que acababa de leer y no supe contestar. De eso y también de algo más: que yo me convertí en lector el día que descubrí que en los libros a veces hace frío y a veces calor. Y me hice después escritor solo para poder inventar un mundo donde a veces hace frío y a veces calor, y que un lector se diese cuenta de ese detalle. 

Pero lo más importante es que entendí que nada hace más daño a la literatura (ni los bestsellers, ni los libros electrónicos, ni los malos autores, ni la inocente vanidad literaria) que los lectores a quienes no les interesa si hace frío o calor en los libros, y los autores a los que tampoco les importa hacernos saber si en sus textos hace calor, frío o un clima más bien templado, como hoy, perfecto para salir a pasear por el malecón con una bufanda ligera y quizá un abrigo para más tarde, si la noche me alcanza.

La santidad y la basura

Por: | 31 de mayo de 2013

Coronadacarat

Un libro para entender la India

Una de las estupendas fotografías de Alina López Cámara muestra el Ganges lleno de basura y, sobre una construcción precaria, dos figuras que parecen santas: un niño rubio y un anciano delgado y con barba, cubiertos ambos por taparrabos. La foto se titula “La santidad y la basura” y resulta una buena síntesis de este libro, así como lo es la foto titulada “enredada y polvorienta” y, desde luego, el tremendo título inspirado en un poema de Blanca Varela: Coronada de moscas/ pasó la vida.

Este híbrido literario de Margo Glantz cuenta varios viajes a la India. No es precisamente una crónica de viajes, aunque podría serlo. Tampoco es, desde luego, una novela, aunque también nos convencería como ficción. Margo Glantz ha levantado un monumento de palabras en torno a un tema obsesivo (“Quizá peco de obsesiva. Ese pecado se agiganta cuando hablo de la India”). Una India reconstruida a través de palabras (además de las fotos) y de anécdotas que, como cristales dentro de un calidoscopio, cada vez muestran una figura distinta pero, al fin y al cabo, siempre la misma.

La historia de cualquier país es compleja y contradictoria, no existen ningún lugar del planeta donde coexistan dos o más mundos. Sin embargo, indudablemente en la India esa coexistencia es más dramática, más obvia, más destacable. ¿Es eso un lugar común? Sí, y Margo Glantz no quiere evitarlo, incluso lo expresa literalmente: “Sí, la India es un país horrendo y maravilloso, epítetos que repetimos invariablemente los que viajamos, país que deja huellas imborrables, lugar común que podría leerse en un Reader`s Digest cualquiera” y luego agrega: “Lugar común evidente y, ¿por qué no?, verdad sagrada”.

El libro está dividido en episodios narrativos, algunos muy extensos y otros consistentes en una sola frase. En un episodio, por ejemplo, nos habla de un montículo de basura sobre la que juega una niña de ojos negros y sarí verde. En otro episodio, recuerda una visita al Ganges, siendo guiada por un siniestro conductor entre piras funerarias. Luego, menciona las diferentes castas y el libro asume un tono didáctico. Enseguida, nos comenta la visita a un monumento hermoso y dorado y estamos ante una turista maravillada por la opulencia. Lo mismo acompañamos a la autora en una incursión consumista para comprar zapatos o joyas o telas, como a que nos comente sus lecturas literarias sobre la India donde destacan los libros de Foster o Calasso y los diarios de viaje de Eliade. Hay monos y elefantes. Hay rickshaws que se movilizan entre las calles abarrotadas. Hay citas de escritores (mi favorita: “cada edificio esconde como en radiografía su futuro de ruinas, dice más o menos Sebald: cito de memoria”) y datos antropológicos sobre la población, el pasado, la religión, la historia, la arqueología, la sociología, la cultura. Algunos de esos datos son contados con tanta precisión y belleza que resultan microrelatos: “Decían que las leyes eran, ¿son?, muy estrictas en la India: por matar un pavo real tres años de cárcel; por una vaca, seis; por matar un hombre la multa es de cinco mil rupias; matar a una mujer no cuesta nada”.

Como una ternera acosada por tábanos -el poema de Blanca Varela que refiere el título- la vida es aquello vulnerable y lleno de moscas que transita durante el transcurso de la vida, hasta la llegada de la muerte. La India, en su frágil belleza histórica y cultural, y la basura y fetidez que la envuelve, es una metáfora de la vida y la muerte para Margo Glantz como lo es Venecia para Joseph Brodsky en Marca de agua. A diferencia de otros autores que viajan a la India para encontrar un deslumbramiento o una verdad absoluta, mágica, mística, Glantz viaja para extraviarse. Es una viajera que cambia lo erudito por la curiosidad, se desinteresa por las verdades absolutas (esos Lugares Comunes, en mayúsculas, en que se han convertido los lugares comunes sobre la India) y busca más bien el asombro, la anécdota, el recuerdo, la mirada. Coronada de moscas no es un tratado sobre la India: es la misma India, en su complejidad y enredo. La turista no es una exploradora sino una viajera que se deja llevar por el fluir de la vida, entre la santidad y la basura, acosada por tábanos.  

El final del libro es extraordinario. La viajera se ha detenido, pero su mente sigue migrando. Se tiende en su cama, pero tiene pesadillas donde no reconoce dónde está y siente un olor extranjero, invasor, que la sigue desde la India introducidos por dos botellitas de perfume traídos de la India. Para conjurar ese olor pronuncia la palabra Kainenore, “palabra compuesta por un vocablo yidish y otro hebreo, protección contra cualquier maldición (me la enseñó mi mamá)”. Para conjurar ese olor, que es el del paso de la vida coronada de moscas, Margo Glantz, la narradora contemporánea más vital en nuestra lengua, ha escrito también este impecable texto, imposible de definir genéricamente pero absolutamentes prodigioso en su capacidad para mantener el misterio de la India -y de la vida- en su grado justo de complejidad y simpleza.

Coronada de moscas. Margo Glantz (fotos de Alina López Cámara) Sexto Piso: 2012. 131 págs. 

Cuando el duelo se convierte en tema literario

Por: | 15 de mayo de 2013

Dark

foto: Light Knight

Mientras termino de leer Di su nombre (Sexto Piso), la crónica sobre la muerte de su mujer, Aura, escrita extraordinariamente por Francisco Goldman, me entero de que Rosa Montero ha publicado un libro sobre la muerte de su esposo en el 2009, titulado La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral).

Por motivos personales, desde el 2004 me aficioné a la literatura sobre el duelo. Leía todo aquello que caía en mis manos al respecto. Leía, subrayaba, volvía a leer. Estaba imantado. Cada vez que iba a una librería, buscaba en las contratapas de títulos desconocidos si alguno tenía que ver con el dolor. Cuando encontraba uno de esos libros, dejaba en suspenso lo que estuviese leyendo para volcarme sobre el nuevo hallazgo. En una escena de una película de Woody Allen, me parece recordar, este discute con la mujer de la que se está separando por cuáles libros son suyos y cuáles de ella en el librero marital. "Fácil, todos los libros que dicen "muerte" en el título son tuyos" contesta ella.

Pues eso.

Durante esos años escribí varios cuentos y dos novelas. Una novela fue publicada en el 2008 (la inicié en el 2000, y la construí y reconstruí durante los siguientes ocho años en cada nueva lectura sobre el dolor) con el título Un lugar llamado Oreja de perro y la otra novela, lo más triste que escribiré jamás, es probablemente impublicable.

De la muerte me atraía no solo la reconsrucción de la vida que se escurrió sino sobre todo la pérdida, la sensación de vacío, el agujero con el que debemos aprender a convivir y que tan bien retratan los libros sobre el duelo. Trataba de capturar ese momento de suspensión de la vida y la enajenación que produce el dolor. Aún faltaban muchos años para que mi padre muriese y el duelo que había anticipado en mis lecturas se hiciese real. Sin embargo, pese a lo profundo de esa pérdida, puedo afirmar (quizá porque la muerte de mi padre fue lenta, agónica, y duró casi dos años en los que pudimos acostumbrarnos a su ausencia futura) que la muerte real fue más llevadera, más aceptable, más sosegada, que aquellas desesperadas muertes representadas.

Ese es el poder de la palabra. Ese y no otro. Es decir, si algo he aprendido después de leer tantos libros sobre el duelo es que sirven para escenificar la pérdida y nos hacen vivirla intensamente, pero al final, sin importar el desenlace (si hubo o no aprendizaje), me queda la impresión de que escribir ese libro no ayudó al autor a expiar ninguna pena. No se escriben libros sobre el duelo como expiación ni como respuesta a nada; se escriben desde la desesperación, el miedo o la resignación. Cuando el duelo se convierte en tema literario las eternas preguntas, miles de preguntas o solo una -poderosa y definitiva- se libran del cerebro (donde han habitado como fantasmas) y se convierten en algo tangible. Y lo tangible se puede obviar, destruir, desaparecer, dejar olvidado en manos de otros.

Triste ficción. Si el dolor fuera un fósil, algo que pudiese extirparse incluso con riesgo, sin duda todos nos someteríamos a la operación. Pero no lo es. Escribir nos enseña que el dolor es inefable y no desaparece, se instala en medio de la vida para siempre. El duelo literario es un aprendizaje y lo que aprendemos no es un mandato externo sino una verdad interior que sale a flote. 

"El puerto sumergido" es el título de un poema hermoso de Ungaretti (De esta poesía/me queda/aquella nada/de inagotable secreto). Ese puerto existe en todos nosotros, solo debemos bucear lo suficientemente hondo para descubrirlo. 

Esta noche termino el libro de Francisco Goldman, que he leído con la perpetua sensación de deja vú, y me tocaría leer el de Rosa Montero. Pero me detengo. No tengo nada contra Rosa Montero, hace unos meses hubiera leído este libro de un tirón. Simplemente, decido no leer más. Es tiempo de dejar reposar aquello que empezó a agitarse en mi interior en el 2004, abandonar mis obsesiones y mirar con nuevos ojos todo, incluso el dolor, la pérdida y el duelo. 

El benefactor

Por: | 08 de mayo de 2013

33

por Kasaa

Uno de mis cuentos favoritos es "El benefactor" de Rodolfo Hinostroza. El profesor trujillano Francisco Orihuela recibe un día un cable anunciándole que ha ganado un premio internacional con la novela Las muelas de Santa Apolonia. Su sorpresa es enorme porque nunca ha escrito una novela y menos enviado algo a un concurso literario. Apenas si había escrito dos o tres artículos desapercibidos sobre el indigenismo. "No me quedó más que agradecer, porque era complicado e inútil pretender que yo no era el ganador" sostiene Orihuela y decide seguir con su vida. Aunque esa decisión implica perder a su mujer y viajar a Europa para volverse famoso. Lo peor de todo es que, pese al éxito, cuando al fin puede leer la novela esta le parece mediocre, una novela histórica con anacronismos y giros de bestseller que, por eso mismo, se vende estupendamente bien y se traduce a varios idiomas.

Uno años después, su agente literario le anuncia que su segunda novela es aún mejor que la primera y que ha conseguido un anticipo generoso. El pavo a la Moctezuma tenía 319 páginas y esta vez no sucedía en el mundo de la Conquista, como la anterior, sino que viajaba a Francia y esbozaba un arco desde la Revolución hasta los días posteriores a la captura de Napoleón, todo ello aderezado con recetas de cocina tan eruditas como pantagruélicas. Es una novela pretenciosamente cosmopolita, piensa Orihuela, y encima lo mete en un aprieto mayor pues no sabe nada de cocina. La novela fue un éxito para su frustración. Lo único favorable es que conoció en París a Diana, una pintora judía incapaz de distinguir un soneto de un repollo, pero muy buena en el sexo. Junto a ella pudo vivir dos años de sosiego instalados en Francia.

Hasta que llegó la tercera novela a las manos del agente, directamente de Italia. Se titulaba Antencedentes de Eniac y transcurría ahora en la Inglaterra de los poetas románticos, inaugurada con el célebre concurso en el palacio de Lord Byron donde Mary Shelley escribe Frankestein. Si la primera novela histórica era policial, y la segunda era gastronómica, esta iniciaba gótica y se convertía luego en pornográfica, merced a las amantes del librepensador Byron y las detalladas posturas sexuales, para converirse posteriormente en un alegato feminista. El desenlace muestra a la hija de Byron, la matemática Linda Lovelace, trabajando codo a codo con su amante, Charles Babbage, para construir la primera computadora del mundo, mecánica y a vapor. Al principio parecía un éxito, pero luego empezó a arrojar errores mínimos en sus cálculos que se convirtieron en graves, hasta que la escena final nos deja a los personajes frente a un monstruo horrendo y de fierro que solo arroja errores. La novela, que Orihuela considera la más oscura y críptica de todas, le resulta pésima y decide no participar de su promoción. Algo malo le debe estar ocurriendo a B. (como llama al anónimo Benefactor que le regala sus libros y su fama) para que escriba algo semejante, pero él prefiere no averiguarlo mientras viaja a una universidad norteamericana a dictar cursos sobre indigenismo peruano, el único tema que asegura conocer. Desde ahí se entera de su nuevo éxito literario.

Tres años después, otro sobre "por si quieres darle unas correcciones" le fue enviado por su agente. Se trataba de la primera parte de un trilogía, que llevaría el nombre de La ley de Gamov y constaba de las novelas El largo viaje, Los hombres de frontera y El regreso. Lo que le había llegado era la primera parte, El largo viaje, que esta vez no era una novela histórica sino que ocurría en el mundo contemporáneo, pero no por ello resultaba menos oscura. La novela saltaba de un lugar a otro, de los arrabales de Mexico DF a los picos de Nepal, pasando por Telegraph Avenue y las arenas de Goa. No había una historia central sino decenas de historias alambricadas, sin un conflicto ni un tema reconocible, sino simplemente vidas cruzadas que por primera vez emocionaron a Orihuela pues "narraba los altibajos de la existencia humana, en todo lo que tienen de trágico y de cómico". La novela despertó, además, el deseo de conocer a B. Por primera vez se sentá unido a él. Sin embargo, en el mundo editorial representó su primer fracaso, un bluf pese a la bien montada estrategia comercial. Los críticos la consideraban incomprensible y Orihuela empezó a defenderla "comprendiendo el abismo que separa a ellos de nosotros" dice, incluyendo en ese nosotros a B. No tuvo que esperar mucho para que la segunda parte, Los hombres de frontera, llegara en un nuevo sobre. Seguía en líneas generales los temas tratado del primer libro, pero la estructura tenía "algo de catedral gótica", un cúmulo de violentas pasiones alzado sobre el cielo puro y transparente. Pero había algo más. La novela empezaba a hablar del propio Orihuela, de su periplo desde Trujillo hasta la universidad norteamericana donde vivía. A pesar de las inexactitudes -para ocultar la verdad, pensaba- había el consuelo de una reconciliación consigo mismo, avizorado para el fin de la trilogía.

La segunda novela fue un éxito que, incluso, revalidó a la primera. Pero como era de esperarse, la última parte, El regreso, nunca llegó. ¿Habrá muerto B.? Es lo más probable. Orihuela no lo sabe, y se dedica a intuir de qué trataría ese libro (incluso pretende inútilmente escribirla) dado el título general, La ley de Gamov, que se refiere a una ley física según la cual el Universo en expansión comienza a contraerse para amontonarse en el mismo punto, originando el Huevo Cósmico, principio y fin de todas las cosas.

"El tiempo correría hacias atrás y la muerte sería abolida" concluye Orihuela.

El cuento finaliza con el profesor, jubilado de la carrera literaria, en una casa de campo en Trujillo, su ciudad de origen, en el sosiego del reencuentro con su hija y dedicándole canciones a sus nietos. Y aguardando, con cierta ansiedad pero sin esperanza, un nuevo sobre en el correo.

Desde que leí "El benefactor" hace varios años, e incluso ahora que acabo de releerlo, no puedo dejar de pensar que ese extraño persona, B., que escoge al azar a alguien para regalarle una obra no es un ser ajeno a uno mismo, sino alguien que habita en el interior de todos nosotros, que conoce lo que ignoramos que sabemos, y que consigue hacernos escribir lo que jamás escribiríamos. No hay que entenderlo sino solo asumirlo y aceptar sus reglas. El benefactor no muere jamás mientras nosotros estemos vivos, pero sí puede quedarse callado de pronto. El silencio del benefactor sucede cuando no tiene nada más que decirnos, cuando inevitablemente hemos aprendido la lección y reconocido al fin lo que habíamos olvidado al principio, nuestra misión: un largo, ajetreado y estrambótico recorrido hacia nosotros mismos.

Once libros para el 23 de abril

Por: | 24 de abril de 2013

  Libros22222

por Azrasta

Mi amor por el fútbol y mi afición por las listas se han unido para que yo redacte listas con once ítems sobre lo que sea. Estaba pensando en elaborar una lista para celebrar el Día del Libro, pero no se me ocurría un tema. Recordaba varios libros y lo que habían significado para mí. ¿Valdría la pena una lista de los once libros que más disfruté? ¿O una lista de los once libros con los mejores títulos o los principios más extraordinarios o los finales más memorables? Nada me convencía. Hasta que me di cuenta de que, pensando en libros que podrían integrar una lista, hice una lista.

Y eso es lo que entrego ahora. Once libros que me dijeron algo en su momento. Simplemente, once libros en medio de cientos de miles de libros, entre los que he leído, los que quiero leer o releer, los que he comprado y nunca leeré. Los que existen y no podré tener. Aquellos libros que desconocemos, puntos ciegos cuya existencia crean una ansiedad enorme en los adictos como yo, quienes cada vez que entramos en una librería pensamos no qué voy a conseguir sino qué me estaré perdiendo. 

En fin, una lista breve como cualquier otra.

1.- La primera novela que leí (e intenté imitar): Tom Playfair de Francisco Finn.

2.- El libro con el mejor comienzo que he leído ("O cuando todas las noches –por pereza, por avaricia- volvía a soñar el mismo sueño"): Perorata del apestado de Gesualdo Bufalino.

3.- El libro que más me ha hecho reír: La maleta de Sergei Dovlatov.

4.- El primer libro que compré con mis propinas: Un mundo para Julius de Alfredo Bryce Echenique.

5.- El primer libro que dejé inconcluso: Todos los hombres del presidente de Carl Bernstein y Bob Woodward.

6.- El libro que he releído más veces: Pálido fuego de Vladímir Nabokov.

7.- El libro que he recomendado más veces: Otras tardes de Luis Loayza.

8.- El libro que recomiendo para aprender a escribir: Ana Karenina de León Tolstoi.

9.- El libro que voy a releer ahora mismo: Nostalgia de Mircea Carterescu. 

10.- El libro que no volvería a leer jamás: Memorias de mis putas tristes de Gabriel García Márquez.

11.- El libro que empecé a leer hoy: Caída y auge de Reginald Perrin de David Nobbs.

Vano oficio

Sobre el blog

Este blog se plantea hacer comentarios de actualidad sobre libros, autores y lecturas en menos de 1.000 palabras. Se trata de un blog personal, obsesivamente literario, enfermo de literatosis, como diría JC Onetti, según la regla que la literatura es un vano oficio, pero jamás un oficio en vano.

Sobre el autor

Ivan Thays

Ivan Thays. (Lima, 1968) Autor del libro de cuentos Las fotografías de Frances Farmer y las novelas Escena de caza, El viaje interior, La disciplina de la vanidad, Un lugar llamado Oreja de Perro, Un sueño fugaz y El orden de las cosas. Ganó en el 2001 el Premio Principe Claus. Fue finalista del premio Herralde 2008. Fue considerado dentro del grupo Bogotá39 por el Hay Festival. Sus novelas han sido traducidas al francés, italiano y portugués. Dirigió durante siete años el programa televisivo Vano Oficio. Actualmente administra el comentado blog Moleskine Literario.

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