La fiesta de Lima

Por: | 26 de marzo de 2014

  Bienaldiego

Foto: Diego Salazar

"¿Quién va a ganar el Mundial?" La pregunta va paseando de grupo en grupo entre los escritores invitados a la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. La respuesta es, casi categóricamente, Alemania. "¿Y quién va a ganar el Premio de Novela de la I Bienal?" Ahí sí que no hay una respuesta inmediata. El extraordinario año que ha tenido Rafael Chirbes y En la orilla, considerado por casi todos los suplementos literarios como la mejor novela del 2013, hace pensar que es bolo fijo. Pero la figura de Juan Gabriel Vásquez, probablemente el narrador latinoamericano contemporáneo con mayor proyección, hace soñar a quienes consideran que esta primera vez el premio debe ser para un latinoamericano quien participa, además, con una "nouvelle" impecable: Las reputaciones. Y aunque en las quienielas la figura de Juan Bonilla parece el tercero en discordia, tampoco hay que mirarlo de reojo. Viene de atrás pero luego de su presentación de ayer, su sentido del humor y el atractivo tema de su novela, Prohibido entrar sin pantalones, tiene lo que necesita para dar pelea hasta el final.  

Lima es ahora una fiesta. Alrededor del hotel, de los almuerzos y las cenas, de las presentaciones, los escritores invitados se abrazan, se reencuentran, comparten, sonríen, conversan y discuten mientras Daniel Mordzinski consigue nuevas fotos memorables: "La mayoría de escritores tienen una pose única: la pose de escritor. Les cambias la pose y trasciende el ser humano. Así de sencillo es mi trabajo", se justifica Daniel, pero el resultado no es tan simple. Al contrario, sus imágenes tienen un nivel de profundidad asombrosa. En su presentación en la Universidad Cayetano Heredia, a ritmo de Astor Piazzola, me ha escarapelado el cuerpo con las fotos en blanco y negro de tres grandes poetas peruanos que ya no están: Antonio Cisneros, Blanca Varela y Emilio Adolfo Westphalen.

Juan José Armas Marcelo es el motor de esta fiesta que tiene a Mario Vargas Llosa como la figura central. Ambas personalidades, una extrovertida (la de Juancho) y la otra más bien apacible, son un complemento perfecto. En la combinación de ambos se sostiene una verdad insoslayable: aquí se ha venido a hablar de literatura. Y aunque la reciente venta de Alfaguara y otros sellos a Penguin Random House, la muerte del ex presidente Suárez, el Mundial de fútbol, los nuevos formatos para leer y un largo etcétera pueden distraernos de esa verdad, basta unos minutos para regresar al primer amor que todos los invitados compartimos: el incondicional amor a los libros.

Pero si es estupendo ver caminando por Lima a Mario Vargas Llosa, Sergio Ramírez, Luis Rafael Sánchez, Nélida Piñón, Alonso Cueto, Rosa Montero, Javier Cercas y un largo etcétera que incluye autores peruanos y extranjeros (sin olvidar a los hombres del momento, los finalistas Juan Bonilla y Juan Gabriel Vásquez, a los que se suma Rafael Chirbes, que no pudo estar presente) es aún más extraordinario ver las salas de las universidades -algunas muy distantes- y las mesas redondas en los museos repletas de personas que se han trasladado hasta ahí para escuchar a esos escritores. Es una felicidad que humedece los ojos a quienes, como yo, siempre apostamos por el Perú como una plaza literaria digna a tener en cuenta.

¿Por qué? Porque nuestras carencias pueden convertirse en posibilidades.

El Perú es un país donde la literatura no tiene apoyo sostenido de parte de ninguna institución. Un país donde la palabra "culto" o incluso "lector" se considera en un insulto, un esnobismo, un elitismo. Un país donde no existen bibliotecas públicas y los diarios eliminan sus páginas culturales para privilegiar páginas de espectáculos, gastronomía o moda. Donde los libros son tan caros como en cualquier parte del mundo, pero aquí ganamos menos que en esos países, y aunque las tablets y los smartphones se han masificado, el libro electrónico aún es un sueño de Quijotes. Un país sin librerías en provincias, un país donde el Plan Lector es un buen negocio para algunas editoriales, pero no construye una verdadera consciencia lectora, una educación literaria sólida ni una identidad cultural. Un país donde la posibilidad de leer se complica más a medida que uno se interna en la sierra o la selva. Y en ese país, bombardeado por medios de comunicación de contenidos vacíos, con profesores sin mayores luces para guiar a sus alumnos y con alumnos que egresan del colegio con una mínima comprensión de lectura; en ese país que es el mío, digo, cada vez que se anuncia un evento literario, una feria del libro o un encuentro entre escritores, las personas (no los snobs, no la élite, sino los ciudadanos, los pobladores, todos al fin y al cabo) se llenan de entusiasmo y asisten en masa, hacen colas para entrar, piden fotografías o autógrafos a los escritores, levantan las manos para hacer preguntas. He visitado muchas ferias de libros y he asistido a muchos encuentros, en América, Europa e incluso África. Y puedo decir, sin exagerar el patriotismo, que en ninguno de esos países ni esos eventos he visto la devoción y la necesidad que tiene el público de asistir no solo a las conferencias de los nombres consagrados, sino a todas las conferencias. Y ríen y participan, y se emocionan y aplauden. Eso tiene que ser un indicador. Hay algo que no calza bien entre la cantidad de personas que asisten a eventos literarios y la poca venta de libros o la baja comprensión de lectura. Tenemos que descubrirlo de qué se trata para convertirnos en un verdadero país lector.

En todo caso, eso queda para el análisis. Yo solo dejo aquí el testimonio de algo que siempre supe, y que ahora mismo lo vivimos con entusiasmo: el Perú es un país extraordinario para organizar eventos literarios. Es un país agradecido. Hoy la fiesta es en Lima, mañana puede ser en Arequipa, Trujillo o Cuzco. En esta I Bienal Mario Vargas Llosa, las gracias y los aplausos finales, en todas las mesas y presentaciones, no deben ser solo para los grandes escritores participantes sino también para el estupendo público asistente.

Unos y otros no están regalando unos días inolvidables.   

Mi padre ha muerto hoy

Por: | 09 de marzo de 2014

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Foto: Gianlucca Ruggiero

Pido disculpas a los lectores de este blog literario por el off topic. El 7 de marzo del 2011 murió mi padre. El pasado viernes se cumplieron tres años de su muerte. Uno suele pensar que las relaciones con las personas terminan cuando desaparecen, pero no es así. Durante estos tres años, la relación entre mi padre y yo ha ido madurando, creciendo, con idas y vueltas, con peleas y reconciliaciones, tal como era cuando estaba vivo. Pero desde hace unos meses, al final creo que él y yo encontramos el nudo de todas nuestras confrontaciones y con el amor de padre e hijo, hemos intentado los dos desatar ese nudo. Un trabajo duro, pero al fin creo que el nudo ha dejado de estar ahí, enturbiando todo, impidiendo que el amor que sentimos el uno por el otro fluya. Y ahora fluye naturalmente, como siempre debió ser: un amor incondicional. Por eso, quiero colgar aquí este texto que escribí hace tres años y lo pudieron leer solo mis amigos de Facebook. En homenaje a los tres años de su muerte y a nuestra reconciliación, lo comparto con ustedes. 

MI PADRE HA MUERTO HOY

Y al fin llegó la llamada que estaba esperando desde hace meses. Y fue tal como la había previsto: mi hermana llorando en el teléfono, confundida, desesperada incluso, diciendo que mi padre había fallecido. Me sonó rara, eso sí, curiosa, la elección del verbo “fallecer”. Tan impersonal, tan diferente a lo que ella es y a lo que mi padre era. Tan burocrática. Tan protocolar. 

Mi padre ha muerto. Un lunes 7 de marzo a las dos de la tarde.

No fue una sorpresa. Hace un año y cinco meses mi padre sufrió una isquemia cerebral, la segunda grave en el mismo 2009, que lo fue minando poco a poco. Perdió el habla, le costaba escribir en la pizarra mágica que le conseguimos, perdió poco a poco los gestos, la capacidad de alzar la mano derecha, y al final solo le quedaron los ojos inmensamente abiertos. Mi madre insistía en que era capaz de reconocer al hijo menor que volvió de visita de España, a la hija que había dado a luz su primera nieta, al hijo en muletas que se fracturó la rodilla en un accidente. Yo pienso que no. Y si lo hacía, esa breve iluminación duraba solo unos segundos y luego volvía a su profundidad, aquel mundo subacuático o limbo donde había quedado estacionado.

Todos los días, desde hace meses, rezaba porque pudiese descansar en paz, porque dejase de luchar, porque se dejase ir. Todos los días, pero nunca con tanta vehemencia como este domingo. Y parece que esa fuerza fue el impulso final que necesitaba para partir. Dice Santa Teresa que se llora más por las plegarias atendidas que por la no cumplidas, y tiene razón. Aun así, volvería a pedir lo mismo.

Mi padre no era una persona compleja, pero siempre fue un enigma para mí.

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Los falsos maestros de la felicidad

Por: | 26 de febrero de 2014

Boojk

Foto: Delicate One

Es un lugar común decir que los libros de autoayuda son malos porque entregan sus mensajes “masticados” y listos para digerir al lector. No hay ninguna exigencia, las frases están escritas de manera simple, directa, subrayables. La verdad es que no veo la necesidad de que los libros de autoayuda sean complejos. ¿Por qué tendrían que serlo? Salvo al desatinado y arrogante de Paulo Coelho, quien suele enfrentarse con James Joyce y William Faulkner y acusarlos de haber “corrompido” a los lectores con sus complejidades, dudo mucho que un autor de autoayuda desee compararse con ningún autor, y menos aún con una celebridad literaria muerta. Su público es otro, su razón de escribir es otra, sus editoriales son distintas. Y, claro, sus ventas también son otras, aunque eso no es lo importante en este post.

Confieso que admiro mucho a los autores de autoayuda y su deseo de influir positivamente en la vida de las personas, a través de la lectura. No son los libros que compro ni leo, pero sí los mensajes que busco. Y lo más interesante es reconocer que esos mensajes de “autoayuda” (me permitirán las comillas, que no significan en este caso ironía ni burla) pueden estar dentro de obras de mayor calado literario. 

Hace unos años me encontré en un libro sobre la Enciclopedia Francesa y los enciclopedistas (nadie puede considerar un libro así como autoayuda, supongo) con una anécdota sobre Diderot y un ciego. Había entrevistado a un ciego de nacimiento y la última pregunta fue si le pediría a Dios, en caso pudiese hablar con este, que le diera el don de la vista. El ciego, quien reconocía los objetos palpándolos y con los brazos extendidos, le dijo que no, de ninguna manera. Si pudiera hablar con Dios, aclaró con determinación, le pediría “brazos más largos”.

Las consecuencias del bello mensaje de la respuesta del ciego de Diderot perduran hasta ahora en mí. Introduje el pasaje en mi novela Un lugar llamado Oreja de perro  y empecé a aplicarlo a mi vida. Hay cosas que no nos pertenecen, cosas que creemos que son nuestras pero en realidad no lo son. Una pareja, un hijo, un inmueble, la familia, una joya, un premio, el éxito o el fracaso, el dinero, una bicicleta, un aparato electrónico. Cuando perdemos aquello que consideramos como nuestro, pensamos erróneamente que nos están arrebatando algo, sin deternenos a pensar que en realidad nunca nos perteneció. Si decidimos pedirle algo a Dios, o a cualquier ser superior en el que uno crea, no deberíamos pedirle que nos dé lo que no podrá ser nuestro, sino que nos ayude a comprender y disfrutar lo que sí nos pertenece.

Algo parecido me sucedió leyendo la biografía de Charles Schulz, el creador de Peanuts. Su biógrafo David Michaelis comentó que la filosofía de Schulz, cuando era un joven sin éxito que quería encajar algunas de sus caricaturas de soldados o de niños, era enviar sus trabajos a muchas partes, desde las revistas más célebres hasta las provincianas y pequeñas. Por consiguiente, cuando recibía una nota de rechazo, sabía que había diez o más oportunidades más  por ahí de que le acepten otra. Nunca se desanimaba. Y si esas diez eran rechazadas, para entonces ya había enviado nuevas caricaturas, nuevas oportunidades. Me pareció un hermoso consejo de vida. La acción  antes que el deseo, el sueño o la planificación. La vida no es un camino de una sola vía, sino un camino lleno de oportunidades, un tablero donde los jugadores no están obligados a apostar a un color o a un número concreto, sino que pueden hacerlo a todos, absolutamente a todos, todo el tiempo. 

El lema más repetido de John Lennon, el que se escribe en paredes y memes de Facebook, es la estrofa final de una tierna canción dedicada a su hijo Sean (una canción de cuna y, al mismo tiempo, una despedida). Es un consejo que un padre le da a su niño antes de dormir, y también una de las frases más ciertas –y expresada con brillante estilo y perfecta concisión- que pueda decirse sobre qué significa vivir, ser feliz, o por el contrario tener miedo a la vida, y no permitirse el simplemente fluir: “La vida es aquello que sucede mientras haces planes”. 

La gran literatura, como cuaquier arte, está llena de mensajes positivos, de una alta vibración espiritual y de ejemplos de vida, tanto como cualquier libro de autoayuda. Entonces ¿por qué despreciamos a estos?

Probablemente porque sus autores pretende imponerse como maestros o gurús de la felicidad. Algunos son complejos, como Jodorowski, otros más bien triviales como Paulo Coelho, y también hay  espirituales como Osho, pero cada uno de ellos, de alguna manera, insisten en considerarse maestros que nos conducirán a la felicidad. Eso es mentira, cuando no una estafa.

Krishnamurti –el gurú que nunca aceptó serlo- dijo algo muy cierto: hay que estar muy extraviado en la vida para buscar un gurú, y aún mucho más perdido para aceptar convertirse en uno. 

No debemos confundir felicidad con bienestar. El bienestar se puede adquirir. La felicidad no se puede enseñar, ni hacer nacer ni provocar. No es algo que se conseguirá pensando positivamente y menos aun invocando al Universo para que active su Ley de la Atracción. No hay posibilidad de ser feliz aferrándose a la vida con voracidad. No se puede conseguir la felicidad sin el desapego. Y el desapego, el verdadero desapego, salvo que seas un Iluminado, solo se consigue con el tránsito a la muerte, como nos lo enseñó esa obra maestra de León Tolstoi llamada “La muerte de Iván Ilich”.

Los falsos maestros de la felicidad, entonces, son doblemente falsos. Son falsos porque la felicidad no se puede enseñar con frases ingeniosas o historias alegóricas o mágicas, y falsos porque resulta absurdo considerarse a sí mismo maestro. No necesito de un profesor de Yoga certificado, ni de un coach espiritual ni de un guía de meditación. Si observo el comportamiento de los animales, si miro atentamente a un barrendero que aparece frente a mi casa todos los días a las seis de la mañana a hacer su trabajo sin mayores pretensiones, podré aprender todo lo que necesito saber. 

No existe ningún arte en ser maestro, el verdadero arte consiste en ser discípulo.

La literatura como carrera de caballos

Por: | 21 de enero de 2014

Caballos

Foto:Krzysztof Duda

¿Cómo evitar que la literatura se convierte en una carrera de caballos? Leo las listas de fin de año en diversos países, incluyendo la mía, y no puedo dejar de sentir la mala conciencia de que estoy contribuyendo (con mi lista y con mis lecturas) a que la literatura sea una actividad de hipódromo. ¿Quiénes son los mejores? ¿Cuáles han llegado a la meta? ¿Quién le ganó a quién? 

No me malinterpreten. Me encantan las listas. Por eso las hago, las leo y las posteo en mi blog Moleskine Literario. Pero es inevitable coincidir con Julio Ortega quien, antes de hacer su lista de Lo mejor del 2013, expone el siguiente reparo: "las listas que hacemos no proponen un canon ni disputan la posteridad. Más bien, testimonian el gusto literario, esto es, nuestra propia fugacidad." Aquello de la fugacidad me parece atinado. Me doy cuenta de que mi lista de "lo mejor de fin de año" cambia a menudo, con los días, con cada lectura pendiente. No se puede redactar dos veces la misma lista. Por ello, las listas son, en efecto, fugaces como el éxito literario (o la vida misma: un sueño fugaz). La actitud de Ernest Hemingway ante las reseñas de sus obras me parece la correcta: "No hagas caso a las críticas buenas, porque entonces tendrás que creerte también las malas". Ojalá Hemingway hubiera seguido su propia receta. Siempre quiso ser el mejor.

Sin embargo, el tema de este post no es la veleidad de las listas, sino de la literatura misma. ¿Cómo evitar que se convierta, pregunté al inicio, en una carrera de caballos? Es natural que para los críticos literarios, para los agentes, para los editores, para los lectores, cualquier actividad humana se reduzca a ganadores y perderores, el que está arriba, el que está abajo. Pero los artesanos, es decir los que están escribiendo los textos, ¿cómo pueden sacudirse la idea de estar metidos en una loca carrera sin meta posible?

Hace un tiempo se me ocurrió un método. Un método infantil, si quieren, aunque yo prefiero calificarlo como desesperado. Decidí escribir un libro infinito, un libro que no pueda terminarse de escribir jamás. Un libro compuesto por frases o ideas, nunca de más de cinco párrafos, en torno a un tema (en este caso es la aviación comercial, mi bestia negra), que no guarde coherencia entre párrafos ni tenga límites. Un libro que sea, al mismo tiempo, crónica social y diario íntimo. He ido escribiendo ese libro desde hace años, alimentándolo, sin intención de publicarlo. Aunque tampoco me niego ante la posibilidad de publicar algunos fragmentos. Da lo mismo. Se trata de no pensar. Simplemente, ejercitar el delicioso oficio de escribir sin saber a dónde se llega, sin metas, sin carrera de caballos, sin deseos de cambiar nada ni de cumplir con nadie.

Paralelamente, escribo mis novelas más convencionales. Pero la escritura de ese otro libro un poco absurdo (que ni siquiera es original: puedo citar a Braillard, Perec, Markson como antecedentes) me salva y me devuelve al origen de la escritura. Cuando estoy escribiendo una nueva novela y empiezo a considerar que podría publicarse, y entonces la cara del lector aparece diciéndome qué hacer o qué espera leer, y luego me imagino las futuras reseñas y qué dirán, detengo de inmediato su escritura y me arrojo a los brazos de mi libro improbable. Tomo oxígeno para volver a comenzar. Es entonces que recupero la fe en la literatura que suelo perder, por ejemplo, cuando reviso las listas de lo mejor del año mientras me pregunto en qué momento el placer enorme de hacer lo que nos da la gana se transforma en una densa, aburrida y burocrática carrera de caballos.  

Esto no es para ti

Por: | 08 de enero de 2014

Simonscott

Foto: Simon Scott

Le debo a los hermanos Sanseviero, de la librería "Sur", el descubrimiento de La casa de hojas de Mark Z. Danielewski, publicado en una coedición de Alpha Decay y Pálido Fuego. Uno pensaría que un libro como este, cuya traducción y edición debió ser un trabajo complicadísimo, nunca se traduciría al castellano. Y menos aún que, de traducirse (finalmente el reto lo asumió Javier Calvo), llegaría alguna vez al Perú (y tan pronto). Pero todo eso ha sucedido. Todo ello le suma un aura casi mágica al maravilloso acontecimiento literario de poder leer esta novela voraz y ambiciosa.

A diferencia del año pasado, que me convertí en una máquina de leer y para esta fecha tenía cuatro o cinco libros terminados, el 2014 me ha cogido disperso. Leo un libro, lo cierro, abro otro, y así ando con diez libros que avanzo paralelamente (en Kindle e impresos) sin animarme a terminar ninguno. Esa es la única razón por la que no he concluido Casa de hojas, que leo a cucharadas y la disfruto con paciencia y el placer de quien sabe que la experiencia no podrá repetirse, porque ya nadie escribe cosas así. Desde hace años no leía un libro que conjugase con tanto acierto el talento literario con la necesidad de innovar formalmente. 

El libro me ha conducido a discusiones literarias de principios de la década de los 90. Entonces, Mario Bellatin me hacía notar cómo los críticos peruanos calificaban unánimemente de "experimental" o de "vanguardista" sus primeras novelas. Eran adjetivos justos para su obra, pero estos reseñistas se las amañaban para convertirlos en insultos o menosprecios. "Es una novela experimental" significaba que estábamos ante una novela menor, interesante pero lejos de esa Gran Novela Peruana de la que apenas sabíamos algunas características: realista, lineal, política, con referencias explícitas al país, con un argumento sólido; es decir, que contase una experiencia tangible y, de ser posible, transferible. Nada de eso eran las novelas de Bellatin. Experimental, pues. Luego se puso de moda el término "metaliterario" para juzgar -con el mismo menosprecio- las obras literarias que no cumpliesen con el deber antes expuesto.

(No solo en Perú fue recibida con esa frialdad la obra de Bellatin. Recuerdo un crítico español -ya fallecido- quien solía denunciar en los diarios españoles la estafa detrás de esas novelas brevísimas, todas ellas muy parecidas entre sí, que cometían el pecado de no continuar la estela de don Benito Pérez Galdós).

¿En qué momento calificar algo de "experimental" fue un insulto?

Leo el libro de Danielewski y no dejo de aplaudir cada uno de sus experimentos formales que conducen la novela a lugares insospechados. "El Moby Dick del género de terror" la ha calificado Stephen King y pienso en lo trivial que podría ser esta novela contada sin asumir las rupturas formales (es decir, contada por King). Sin embargo, esa hipótesis es imposible, porque La casa de hojas solo puede existir con la forma en que está escrita. Un "laberinto" o "puzzle posmoderno" lo ha calificado Javier Blánquez, quien ha enumerado algunas de las huellas explícitas que ha dejado dispersas Danielewski

"Una novela no es lo que nos han dicho que era, no es un objeto tan limitado como nos quieren hacer creer" dice Danielewski en una entrevista con Xavi Ayen, donde también declara: "Quise capturar la entera experiencia de leer, de vivir. No quise limitarme a la poesía, al ensayo, a la pintura... quise que estuviera todo eso en una sola obra."

Insisto: ¿En qué momento ser experimental se convirtió en una falta?

La respuesta está en la existencia de aquel "objeto limitado" que algunos editores y críticos literarios nos quieren vender como "novela", como lo ha aclarado el autor de La casa de hojas. La novela siempre ha sido un género ambicioso, una aspiradora de conocimientos y de historias, y por ello mismo es una forma literaria que se construye lejos de cualquier idea previa. Nadie puede prever qué va a resultar al meter tantas cosas en un saco. Es comprensible que la industria editorial necesite novelas en rediles, fáciles de vender y de éxito testeado entre los lectores, para seguir siendo un negocio. Menos entendible es que algunos críticos aplaudan esas novelas homogéneas, pero quizá también son parte del negocio. Sin embargo, todos deberíamos coincidir en que una novela extraordinaria no es aquella que los lectores quieren leer, sino un animal (a veces monstruoso, como visiblemente lo es La casa de hojas) que busca sus propios lectores.

Cuando a William Faulkner le pidieron un consejo para aquellos que leían tres veces sus libros y no podían comprenderlo, dijo: "que lo lean por cuarta vez". Ser "experimental" (ahora me escudo en las comillas para no definir lo indefinible) no debería ser una cualidad y tampoco un demérito en ningún autor; debería ser una exigencia que nace dentro suyo (y que muchas veces lo sobrepasa) desde el momento en que asume el reto de escribir una novela. Uno escribe con todo lo que tiene y, si es honesto consigo mismo, el resultado será una obra que, al mismo tiempo, incluye y desborda lo que ha leído antes o lo que consideraba que debía ser una novela. El primer sorprendido siempre es el autor.

¿Saben cuál es la frase con que empieza La casa de hojas? "Esto no es para ti". Exacto. De eso se trata, de saber que uno no escribe para ningún lector concreto, sino para lectores que empezarán a existir solo cuando se publique el libro. El día que escribes algo que es para ese "tú" que lo está esperando, la novela nace muerta.  

Vano oficio

Sobre el blog

Este blog se plantea hacer comentarios de actualidad sobre libros, autores y lecturas en menos de 1.000 palabras. Se trata de un blog personal, obsesivamente literario, enfermo de literatosis, como diría JC Onetti, según la regla que la literatura es un vano oficio, pero jamás un oficio en vano.

Sobre el autor

Ivan Thays

Ivan Thays. (Lima, 1968) Autor del libro de cuentos Las fotografías de Frances Farmer y las novelas Escena de caza, El viaje interior, La disciplina de la vanidad, Un lugar llamado Oreja de Perro, Un sueño fugaz y El orden de las cosas. Ganó en el 2001 el Premio Principe Claus. Fue finalista del premio Herralde 2008. Fue considerado dentro del grupo Bogotá39 por el Hay Festival. Sus novelas han sido traducidas al francés, italiano y portugués. Dirigió durante siete años el programa televisivo Vano Oficio. Actualmente administra el comentado blog Moleskine Literario.

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