Patricia Gabaldón, profesora de IE Business School
Se me ocurren muchas ideas para intentar poner un granito de arena a la salida de esta crisis, pero entiendo que es fácil hablar y lo complicado es el ponerlo en marcha. De momento se prioriza lo urgente a lo importante, pero en algún momento dejará de ser así. Muchas ya se han planteado en foros diversos, desde la liberalización y el aumento de la competencia de sectores que hasta ahora han sido fuertemente regulados, como el transporte, las telecomunicaciones o el comercio, hasta la reducción de la burocracia y las trabas fiscales para la creación de nuevas empresas, pasando por el contrato único o el control intenso del fraude y la corrupción. Todas estas iniciativas afectan a la parte de la oferta agregada, que decimos los economistas, es decir, se trata de ampliar la competencia y reducir trabas, para esencialmente poder reducir los costes a los que se enfrentan empresas y consumidores.
Sería estupendo también tener un ejemplo donde poder mirarnos, pero no es tampoco fácil en la situación actual. Me gustaría pensar que Noruega es un país que, salvando todas las distancias de tamaño y de moneda, puede ser un buen espejo en el que mirarse. Noruega, lugar árido para vivir, implantó en los años setenta, antes de empezar a explotar comercialmente el petróleo, medidas para hacer más fácil la vida de sus habitantes, y repito, que en aquella época, no eran tan ricos como son ahora, que son considerados como el país con el mayor índice de desarrollo humano según Naciones Unidas. Un lugar, donde no solo la renta per cápita es una de las más altas del mundo, si no donde el desarrollo social, político y del medio ambiente han ido de la mano, en el sentido de desarrollo que el premio Nobel de Economía Amartya Sen propone. Se crearon medidas de incorporación de la mujer al mercado laboral en igualdad real de condiciones, se fomentó una educación de calidad y de tipo universal, y se optó en definitiva por hacer atractiva y fácil la vida en el país, intentando compensar las desventajas geográficas y climatológicas, pero controlando también el fraude y viviendo en un entorno austero, sin estridencias. Sólo hay que ver alguna foto de su capital para darse cuenta. Y funciona.
La sencillez de las medidas da un poco de vértigo, porque esta vuelta a los orígenes implica deshacer mucha maraña anterior. La eliminación del exceso junto con estas medidas de reactivación, que no deberían aumentar los gastos por parte del Estado, la posibilidad de reducir el coste de la creación de empresas y la liberalización de sectores más controlados, esta vuelta a lo básico, animará a que muchas personas, también mujeres, quieran aventurarse a crear su propia empresa, a crecer con ella y a no verse lastrados por cargas que hacen doloroso y costoso el fracaso del emprendedor. Y me encantaría ver como la igualdad de género y el apoyo total al crecimiento familiar hará que las próximas generaciones sigan creciendo, también, en el sentido del Nobel Amartya Sen. Y que volvamos a la senda del crecimiento, pero de manera sostenible.