Los doscientos trabajadores de la Bosch que están de viaje por Europa ya han celebrado su primera protesta. Ha sido frente a la fábrica de la compañía en Vénissieux. Allí les han recibido los representantes de los sindicatos franceses. Esta es la versión larga del texto que aparece hoy en el periódico.
“Los problemas de Alcalá de Henares son los mismos que tenemos aquí. La empresa sigue fabricando productos viejos y no se innova”. Mohamed Brahmi, que pertenece al Eurocomité de Bosch lo sabe bien. Él trabaja en la factoría que tiene la multinacional alemana en Vénissieux, un suburbio a las afueras de Lyon (Francia). Brahmi llegó a Francia cuando tenía dos años. Ahora tiene 44. Vino con sus padres y sus siete hermanas desde Bejai, a pocos kilómetros de la capital de Argelia, hasta Lyon. En 1983 entró a trabajar en la Bosch.
Hoy es, dentro del sindicato CGT (el primero en Francia), el secretario de inmigración y racismo. Cuando se le pregunta por la situación francesa, él es directo: “Hay mucha xenofobia”. Brahmi es un tipo fornido, un trabajador recio. En el aparcamiento de la fábrica, este tipo amable asegura que los trabajadores franceses de la Bosch no van a consentir “que se cierre ninguna fábrica en España”.
Porque España, así como Alemania o Italia, sufren del mismo cáncer. La deslocalización industrial y la huida de las empresas hacia países con una mano de obra barata. Unidos en esa lucha se juntaron ayer en esa localidad francesa casi doscientos trabajadores de la Bosch de Alcalá de Henares amenazados de cierre desde el pasado cinco de febrero. Son un grupo representativo de los 417 obreros que trabajan en la planta de Alcalá. A 152 les ofrecen la prejubilación con 58 años. A unos 250 que se trasladen a la fábrica que tiene Bosch en Aranjuez. Como nadie quiere moverse de su puesto de trabajo en Alcalá, decidieron viajar hasta la sede central de la compañía en Stuttgart (Alemania) -hoy y mañana, los trabajadores se encuentran en esa ciudad germana- y hacer una escala en Vénissieux.
En Lyon, el recibimiento fue estupendo, aunque apenas hubo una quincena de trabajadores de la planta francesa apoyando a los de la española. Pero sí estaban los representantes sindicales de los sindicatos franceses CGT y CFDT (éste último es uno de los cuatro más importantes en el país). Además, el alcalde de Vénissieux, André Garin, realizó un emotivo discurso en el Gymnase Alain Colas. “Os apoyo en vuestra batalla con Bosch para defender la industria. Una batalla que concierne a los trabajadores de España, Alemania y Francia”, dijo. Fue un continuo baño de unión europea, así en minúsculas.
Una unión diferente de la Unión. Pero una confraternización más emotiva de la gente de a pie, obrera y del Viejo Continente. Precisamente además en un país que rechazó la Constitución Europea.
En el polideportivo de Vénissieux hubo una cena que fue agradecida por todos, después de un viaje largo de 18 horas desde Madrid. La comida la preparó el centro español de la ciudad (la cocinera, Paula, fue ovacionada por el esfuerzo). A uno de sus miembros, José Agustín Vico, de 85 años y natural de Mahora (Albacete), se le caían las lágrimas al recibir a sus compatriotas. Su vida, resumida en dos frases, es la de tantos republicanos que huyeron de España tras la Guerra Civil.
“Estuve preso junto a mi padre (Dionisio Agustín Vico) en Chinchilla cuando tenía 17 años”, recordaba. “Todavía no sé por qué… bueno, por motivos políticos”. En Vénissieux, los obreros españoles hicieron piña con los franceses y se dieron un baño de autoestima. “Si hay un país que entienda vuestras preocupaciones es Francia, porque todas las empresas francesas pierden puestos de trabajo y muchas cierran”, dijo Farid Benouar, otro sindicalista. Lo dicho, unión europea, unión humana, unión anti deslocalización empresarial.
