Es enigmática la lágrima que corre por la mejilla izquierda del joven californiano, Brian Banks, de 26 años, que acaba de ser declarado inocente después de haber sufrido diez años de cárcel, acusado de un estupro que no había cometido.
Vi la foto en la red, sin saber de qué se trataba. Me tocó. No es una lágrima común. ¿Cuantos tipos de lágrimas existen? Hay lágrimas de alegría, de dolor, de rabia, de emoción. Todas las lágrimas son en el fondo amargas porque arrastran el enigma del dolor o de la alegría inesperada.
Hay lágrimas, que no sabría como calificar, como esta que se desliza temblorosa, sin acabar de caer, por el rostro de ese joven negro que pudo morir pudriéndose en la cárcel si su acusadora no se hubiera retractado.
Es una lágrima de alegría, sin duda. También de estupor,de incredulidad. Quizás de una dosis de rabia contenida. Parece una lágrima que nace de las profundidades de sentimientos que nadie sabrá expresar con palabras.
Es la lágrima del que se siente de repente sin cadenas, libre, en la calle, doblemente inocente. Una lágrima incrédula. Y a la vez es una lágrima de alguien que ha perdido algo que nadie le restituirá. Esa losa de injusticia que le robaron diez años de vida y de dignidad nadie se la quitará de encima. Y se advierte, casi se saborea, en esa lágrima que se le quedó petrificada, sin caer, en su mejilla.
Ya se dice que le será difícil a Brian encontrar ahora trabajo, porque el ser humano se inclina más a creer en la culpa que en la inocencia ajena. El joven va a ser visto como alguien que estuvo diez años condenado por haber sido acusado a sus 17 años de haber estuprado a una menor. No había sido cierto, pero la sociedad se inclinará a verlo siempre un criminal.
Los verdaderos criminales, los que no necesitan matar ni estuprar para llenar el mundo de dolor, no lloran. Sus lágrimas serían de sangre si llorasen. Ellos se ríen de los inocentes. Los usan. Les hacen llorar lágrimas sin esperanza.
Tuve una vez una charla en la cárcel de Novara en Italia con condenados a cadena perpetua. Los reunieron en la capilla de la cárcel. Al principio estaban mudos. Después casi hablaban todos a la vez.
Me impresionó uno en particular. “Prefiero quedarme aquí hasta morir”, me dijo, “porque aquí somos todos iguales. Estamos ya marcados. Fuera, aunque redimidos, aunque fuésemos de repente considerados inocentes, nos mirarían con ojos de miedo o de desprecio. Estamos ya marcados como diferentes hasta la muerte.”
Asistí personalmente a otro episodio de este género en la cárcel Regina Coeli, en Roma, cerca del Vaticano. El Papa Juan XXIII, hijo de campesinos pobres, que hasta se olvidaba de que era papa, sorprendió un día a los cardenales con su deseo de ir a visitar a los presos en la cárcel. Se fue. Recuerdo la escena. Llevo aún grabadas en mi memoria aquellas miradas de presos condenados a cadena perpetua.
Estaban asombrados de ver entre ellos, aquella figura bonachona, de la que decían que representaba a Cristo en la Tierra. Estaban preparados a escuchar un duro sermón de condena. No lo hizo. Al revés, sorprendiendo de nuevo a los cardenales que le acompañaban al igual que al puñado de periodistas, les contó una pequeña historia. Les dijo que una vez, cuando era joven, detuvieron a un primo suyo, acusado de algo que no había hecho. Pero acabó en la cárcel. Y les comentó: “Quien sabe si también algunos de vosotros que estáis condenados sois también inocentes”.
Hubo dos segundos de silencio incrédulo. Enseguida estalló el aplauso más estruendoso que yo, con muchos años de periodismo a la espalda, haya oído en mi vida. Eran aplausos salidos de manos endurecidas, acusadas de crímenes gravísimos. Retumbaban como disparos. Hubo hasta gritos. Y de nuevo los cardenales y el director de la cárcel quedaron asustados porque al Papa se le ocurrió querer visitar las celdas de los presos para ver “cómo eran tratados”. Les recordó que, aún condenados a la máxima pena, eran dignos de respeto como seres humanos e hijos de Dios.
Se fue el Papa y se apagó aquel momento de luz en aquella lúgubre prisión. Y los presos volverían a sus celdas para seguir pensando que, dentro o fuera, culpables o inocentes, serían, ante los demás, diferentes para siempre.
Quizás es lo que pensaba ese joven negro californiano, al conocer la noticia de que había sido declarado inocente. Quizás aquella lágrima enigmática, indescifrable, llevaba la carga de una alegría contenida por el dolor de saber que ya nunca volvería a ser igual, ante los demás.
Sólo ante su madre seguía siendo el mismo. Por eso sonríen los dos abrazados. Esa sonrisa sí la entiendo. Brian sabía que su madre creía en su inocencia aún antes de ser absuelto. Y lo seguiría creyendo siempre.
¿Donde empieza y donde acaba el horizonte de la culpa y de la inocencia? Sabemos que no existe más justicia que la humana y a ella tenemos que recurrir, acierte o se equivoque. Quizás por eso existan las lágrimas, como esa de Brian, mezcla de incredulidad y de esperanza.
Todo dolor es un enigma. Todo juicio es al final una condena. Sólo el perdón absuelve y nos absuelve.
Sólo los humanos lloramos, pero también somos los únicos capaces de hacer llorar a los demás.