La Presidenta brasileña Dilma debió sentirse una reina cuando ayer el rey de España, Juan Carlos de Borbón, le besó la mano inclinándose hacia ella como los mortales no inclinamos ante la realeza.
Quizás sea exagerado el pié de foto del site brasileño, Brasil247.com, en el que se leía: “Juan Carlos, humilde ,viene a pedir limosna a Dilma”. La frase portuguesa es muy gráfica: “Vem a Dilma con pires na mão”, es decir, “con el platillo en la mano”.
Si las fotos revelan a veces más que todos los discursos, no cabe duda que Juan Carlos se acercó a la Presidenta de un país que ya tuve rey y emperador y que hoy es uno de los grandes países emergentes, sexta potencia económica del mundo, en actitud de una cierta humildad, sin arrogancia real.
Hasta el punto que en la foto se puede captar un gesto casi de sorpresa de la mandataria brasileña, como si dijera: “El rey es usted”. Aunque su sonrisa, de sorpresa, no deja de encerrar una pizca de personal satisfacción.
El rey llegó acompañado, casi arropado, de 14 importantes empresarios españoles que ya trabajan en Brasil, como a demostrar que España tiene aún hilo para ofrecer al gigante americano que necesita de inversiones y que también se ve mordido por la crisis mundial, sobretodo la europea.
Es como si el rey le dijera: “Ya no somos lo que fuimos, nosotros los españoles, en cuyo imperio no se ponía el sol. Estamos en crisis, pero aún estamos vivos, aunque hoy necesitamos de vosotros, que estáis mejor s, como mínimo con mejores perspectivas de futuro y con la moral más alta”. Y es verdad.
Dilma le presentó al Rey de España todas las posibilidades que este país con casi 200 millones de habitantes, con riquezas enormes, posee en este momento en varios campos de desarrollo capaces de ofrecer empleo y esperanza a los jóvenes.
Y le habló, sin aquel viejo “complejo de perro callejero” atribuido a los brasileños, que veían a España y Europa, la meca del desarrollo y de la riqueza, a la que se iban busca de trabajo. Hoy, si acaso, es al revés.
Causaba una cierta impresión, ver a Dilma bien puesta, segura de sí, dirigirse al rey de España, que llegó, en efecto con “actitud de humildad”, y darle consejos para su España y para Europa de cómo salir de la crisis. “Es necesario el crecimiento para que el ajuste no se haga en detrimento de los intereses de los pueblos de los países europeos y de todos los países del mundo”, le dijo.
Y le recordó a Juan Carlos, con una no del todo escondida satisfacción: “Nosotros tenemos enormes posibilidades no sólo en el área de la infraestructura, transportes, energía, telecomunicaciones etc., sino también en la relación asociada entre Brasil y España”.
O sea, la “reina” brasileña le ofreció una mano al Rey Juan Carlos.
El Rey llegó a Brasilia aún frágil, con bastón. Los brasileños fueron elegantes con él. Dilma se sintió halagada de ver al rey besando su mano e inclinándose hacia ella.
Como decía el poeta griego “Todo se mueve, nada está parado”.
También hoy el mundo está en movimiento. Ojalá ese cambio sea para que todos, reyes y simples criaturas, viejos y nuevos continentes, consigamos salir de la crisis, según la teoría de Hegel, con una síntesis mejor.