En la Conferencia Rio+20 se discute la posibilidad de un fondo de 30 mil millones de dólares para intentar salvar el Planeta. Calderilla. Y ni siquiera hay acuerdo sobre ello. Mientras tantos los bancos han recibido del año pasado a hoy más de un billón de dólares.
En Rio+20 se discute sobre los efectos de la contaminación del Planeta con motivo de un crecimiento económico descontrolado, “no sustentable” con la defensa del medio ambiente.
¿Y las otras contaminaciones de las que se prefiere callar? Quizás por miedo a que pudieran ser tratadas también esas otras contaminaciones, le han dado la espalda a Rio+20, los Presidentes, Obama. Merkel y Cameron, a las vueltas con esas otras contaminaciones, por ejemplo, las políticas.
Nadie habla, en efecto, de las contaminaciones de los políticos, de los trapicheos entre ellos y los bancos cuando, ayudados por ellos, cerraban los ojos para no vigilar sus desmanes.
Las contaminaciones entre el poder político y el financiero; entre estos y el poder empresarial, contaminación en la que acaban arrastrados, sin empleo, los eslabones más débiles de la cadena.
Las contaminaciones de todos los poderes entre sí, que cuando se ponen de acuerdo, es para ajusticiar a algún inocente, al que menos culpa tiene del fruto de esas contaminaciones, como ocurrió la noche en que Pilatos y Herodes, que eran enemigos, se reconciliaron con la sangre derramada del profeta de Nazaret.
Existe la contaminación del medio ambiente, cada vez menos respirable, mientras se promocionan las ventas de más coches, que hacen invivibles las ciudades, pero existen también las contaminaciones del derecho, las que crean la impunidad, las que evitan la cárcel a los poderosos y la prodigan a los pequeños rateros.
Y existe la contaminación de la información, generalmente más al servicio del poder que de los sin poder.
Existe la contaminación política, la judicial y también la religiosa, tan feliz siempre a la sombra de los poderosos de turno, incapaz de levantar su grito de protesta, no contra el aborto, que es lo que les gusta, sino contra la injusticia que deja a millones sin trabajo, en la indigencia y sin esperanzas de futuro.
Existe la contaminación del espíritu, la del alma, la que prefiere las dulzuras burguesas del despilfarro, a costa de que millones vivan privación; la que encierra la cabeza bajo el ala como el avestruz para no ver lo que no le interesa ver. Recuerdo una vieja viñeta del Roto, cuando emigrantes del este de Europa llegaban a España con las manos vacías en busca de trabajo. Y acababan lavando los cristales de los coches en los semáforos. En la viñeta aparece uno de estos emigrantes intentando limpiar un coche de lujo. Desde dentro, el conductor le hace gestos que no quiere que se lo lave y el emigrante le dice: “Era sólo para que me viera la cara”. Son muchos los que prefieren no ver.
Pocos quieren ver la cara del que se desespera en busca de trabajo o comida. Prefieren cerrar los ojos. A todos los niveles:personales e institucionales, de naciones y continentes. La solidariedad empieza a ser palabra gastada en tiempos de crisis.
Y una última contaminación: las de los que no creen que aún existen en el mundo cosas que se pueden comprar sin dinero y que, curiosamente, son las más verdaderas, las que en vez de contaminaros, nos desintoxican el alma y el cuerpo, como la amistad, el amor, el perdón, la comprensión, la compasión y la capacidad de descubrir el dolor en los ojos del prójimo. Y un acercarse más a la tierra, tierra, para aliviar ese estrés que acaba devorándonos y emparedándonos entre las losas del cemento urbano.