Brasil tiene una asignatura pendiente, que es una paradoja que raya lo absurdo: un joven hasta los 18 no puede ser considerado judicialmente culpable de un crimen, pero puede votar, puede elegir al Presidente de la República.
Sólo a los 18 años un brasileño es sujeto de culpabilidad. En España lo es con 12 años, en gran Bretaña con 10, en Australia con 7, en Suecia con 15, y hasta en Cuba es culpable a los 16.
Algunos consideran positiva esa protección del adolescente hasta los 18 años, apoyados en un Estatuto del Adolescente muy liberal que protege a los jóvenes criminales, de los que ni se puede publicar el nombre. Otros creen, al revés, que ha llegado la hora de cambiar las cosas.
Madre con su hija de 12 años, a la quwe dos adolescentes de 13 le arrancaron el corazón.
Dos hechos de los últimos días han repropuesto lo absurdo de esta paradoja brasileña. El primero es escalofriante: dos adolescentes de 13 años han matado a una niña de 12, le han abierto el pecho y le han arrancado el corazón. Ha tenido lugar en el Estado de Minas Gerais y sólo se ha filtrado que ambas han confesado el crimen. No pueden conocerse detalles ni siquiera de lo que les llevó a esa monstruosidad, por ser menores de 18 años.
El segundo caso es que la policía ha descubierto que un joven de 16 años ha sido el que ha dirigido una cuadrilla que ha llevado a cabo en Sâo Paulo, hasta 17 asaltos a mano armada en bares y restaurantes, sembrando el pánico en la población. Ese joven, del que no se puede revelar ni el nombre participó personalmente, armado, a 12 de esos asaltos.
Asalto a uno de los restaurantes de Sâo Paulo realizado por adolescentes
Ha sido detenido, pero se siente tan defendido por el Estatuto del Adolescente, y ni esconde su rostro y tendrá que ser puesto en libertad y podrá seguir aterrorizando a la gente.
La paradoja brasileña es impensable en una sociedad donde a 12 años se es ya totalmente consciente de las propias acciones, pero sobretodo es un arma formidable en manos de los narcos y de los traficantes de drogas en general que cada día usan más la mano de obra adolescente, a sabiendas que, si detenidos, no pueden ser procesados y deben ser puestos en libertad.
Es de esperar que el Brasil moderno, sexta potencia económica del mundo, donde las jóvenes son ya madres a los 12 años, acabe con esta anormalidad de seguir concediendo impunidad a jóvenes criminales sólo por ser menores de 18 años.
Todo tiene un límite y si es loable que se proteja a los adolescentes, no lo es menos que esa protección puede acabar agravando la criminalidad que en Brasil se cobra 50.000 víctimas al año, la mayoría de jóvenes, afirman psicólogos y sociólogos.
Quién es considerado adulto y consciente de sus actos a los 16 años para poder participar a elegir nada menos que a la máxima autoridad del Estado, es inadmisible que no lo sea para apuntar y disparar una pistola en la sien de alguien que come tranquilamente en un restaurante o se toma una cerveza en el bar de la esquina. O que se permitan matar y arrancarle el corazón a una niña de 12 años.
Anciana de 86 años que mató al ladrón
En el polo opuesto, lo que confirma la paradoja judicial brasileña, la anciana, Odete Pra, a sus 86 años, fue asaltada mientras dormía en su casa en la que habitaba desde hace 60 años, en Caxias do Sul, en el estado Rio Grande do Sul. Vivía sola Se despertó con un hombre que la amenazó con una faca y empezó a registrar la casa. Al principio, medio dormida, la anciana pensó que se trataba de una broma de uno de sus nietos.
Cuando la anciana vio que de verdad la querían robar y que peligraba su vida se acordó que en un armario había una pistola que no se usaba desde hacía 35 años. Ella nunca había disparado. Sus manos le tiemblan y están entumecidas por la artritis. A pesar de ello, cogió la pistola y asustada disparó al “bandido”, y lo mató con un tiro en el corazón.
“Uno menos”, ha gritado salomónicamente la gente. La policía, sin embargo, la ha acusado de homicidio doloso y te ilegal de arma, que le puede costa a la abuelita más años de cárcel de los que podrá aún vivir.
Y es que hay ciertas paradojas que cuando rayan lo absurdo, pueden acabar costando muy caras a todos, al Estado y a la sociedad.
Divina y compleja adolescencia