Vivimos tiempos de crisis, es decir, de aparente vacío. Nos van despojando día a día. Nos desnudan. Nuestras casas y nuestras vidas se encogen, adelgazan.
Nos obligan a tener menos y nos sentimos vacíos o menos llenos que ayer.
Otros se sienten, o los sentimos, llenos, rebosantes, sin que la crisis les obligue a vaciarse. Les miramos, nosotros que nos vamos vaciando, con una cierta envidia. Creemos que ellos no sufren. Ellos están cada día más llenos a costas de vaciarnos a nosotros.
Ellos son los privilegiados. Nosotros las víctimas. Quizás.
¿Pero y si fuera diferente? Las apariencias a veces engañan. ¿No podría resultar que los que vemos llenos, estén más vacíos que nosotros dentro de ellos? ¿O nosotros más llenos que ellos a pesar de sentir que nos van desnudando?
Dicen que en las casas de los llenos (ricos), existen como media tres mil objetos y en las casas de los vacíos (pobres) unos doscientos. ¿Cuantos gramos de felicidad añaden cada objeto a más que va llenando nuestras casas?
"Amor no es lo que queremos sentir...Es más bien, lo que sentimos sin querer"
El concepto de lleno y vacío es relativo. ¿Corre más el carro con ruedas llenas, macizas, o con ruedas más ligeras, de rayos? ¿Qué es más importante en una puerta, el vacío de la misma para poder entrar y salir, o el lleno de su madera que si se cierra nos deja prisioneros?
El agujero de la cerradura es un vacío. La llave es un lleno. ¿Es más importante el hueco de la puerta para que entre la llave o el lleno de la llave? Sin el vacío la llave no entraría. A veces, menos es más.
Pensarán que me he perdido y alejado de la crisis. No. Como todo lo que nos pasa en la vida, también las crisis nos obligan a reflexionar, a volver a la esencia de las cosas, a considerar la escala de valores de nuestra existencia.
Muy vestidos se corre peor cuando tenemos que huir. Desnudos estamos más ligeros para escapar del peligro.
He conocido y conozco personas envidiadas por ser consideradas llenas, satisfechas, y personas compadecidas por parecernos vacías. Y mi experiencia me ha enseñado que las apariencias engañan.
A veces los que nos parecen vacíos de cosas y sin el prurito de querer poseer siempre más, están más llenos de valores que los que imaginamos llenos, con sus casas con más de tres mil objetos y sus economías con capacidad de derrochar.
¿Se es más feliz yendo en coche o en bicicleta? ¿Subiendo las escaleras a pié o en ascensor? ¿Teniendo el corazón limpio de iniquidad o lleno de pesadillas por la lista de personas pisoteadas en la vida para poder subir?
He conocido parejas con posibilidades de permitirse todos los lujos del mundo. Y las he visto muchas veces tristes, aburridas, cada uno de ellos buscando por su lado migajas de prohibida felicidad para intentar llenar su vacío existencial.
Y he visto y conozco parejas que tienen que arrancar a la vida retales de pequeñas alegrías, porque sus cofres están vacíos, pero saben hacerlo con mayor felicidad que los que se sienten tan llenos que no existe en ellos espacio para el goce minúsculo, ese que nos hace llevadera la vida y que nutre de amor la relación.
He aquí dos escenas simbólicas y reales a la vez.
La primera la viví un día en Venecia, aunque es sintomática y puede observarse en cualquier esquina del mundo. Esta vez era en el Café Florian, en la mítica plaza de San Marcos. Dentro, en el restaurante, cenaba una pareja de media edad. Estaban sentados en aquellos sillones de raso púrpura en los que alguna vez se sentaron también desde la Reina de Inglaterra a Woody Allen.
Allí, para cenar hay que tener una tarjeta de crédito bien “llena”. Era invierno. Fuera, un grupo de jóvenes, alegres, defendiéndose del frío devoraban unos bocadillos de queso. Venecia es muy cara.
Dentro, la pareja probaba, no con excesivo entusiasmo, el caviar servido en una gran copa de cristal sobre una hoja fresca de lechuga. Lo dejaron casi entero. Durante la cena apenas si se miraban, ni hablaban. Daban todo la impresión de estar aburridos.
Pasé 20 minutos más tarde y ya se estaban levantando. Noté que eran casados porque ella, la mujer, forcejeaba para ponerse su abrigo de pieles y el marido no hizo el menos gesto para ayudarla. Su abrigo estaba hecho con las pieles de esas foquitas que matan a palos para que la piel quede más intacta.
En la mesa dejaron 50 euros de propina y se dirigían a uno de los hoteles de lujo de la ciudad.
Segunda escena:
La viví hace unos días aquí, en Saquarema, el pueblo en que vivo. Paseaba al lado de la laguna, abierta hoy al mar, rasa, donde los niños pueden bañarse sin peligro.
Allí me encontré con José, un empleado de una empresa de internet que venía a veces a mi casa a resolverme problemas técnicos de internet. Sabía que era periodista y se hacía en dos para que no me quedara colgado. Venía hasta los domingos si lo necesitaba.
Estaba con su esposa y dos niños pequeños. Uno de ellos gritaba: “!Papá, papá, he visto un cangrejo vivo!”.Habían ido con un pequeño Fiat usado. Tenía el maletero abierto y en él todo preparado para una merienda. Empanadillas, pescado fresco para asar allí mismo,frutas, algunas cervezas y coca cola para los niños.
Mi amigo gana 800 reales (unos 350 euros). Estaban todos en traje de baño en un invierno soleado de 25 grados a la sombra.
Se sentía orgulloso de presentarme a su familia. Su esposa extendía un mantel colorido sobre la arena para preparar la merienda.
“Ya ve, Sr. Juan, aquí disfrutando con mi familia”.
Seguro que se comieron, "dusfrutando", las empanadillas con más gusto y alegría que la pareja de Venecia que dejó casi intacta la comida de varios cientos de euros.
Dos historias de las que me pregunto: ¿Quién estaban más llenos dentro, la pareja de Venecia aburrida que dejó 50 euros de propina y el caviar ruso casi sin probar, o la familia de mi amigo empleado, que ganando 350 euros al mes decía hinchando el pecho: "Ya ve, aquí disfrutando". Disfrutando con muy poco.
Mi corazón se siente más cerca de la pareja “vacía” pero "feliz", que con la pareja “llena”, que seguramente viviría en alguna parte del mundo en una casa con más de tres mil objetos que, al parecer, por aquella cena de lujo, no eran suficientes para quitarles ni el aburrimiento ni el tedio en la relación.
Mi amigo empleado vive sin duda con mayor libertad interior. Y menos frustrado y aburrido. No es poco.
"El dinero es una felicidad humana abstracta; por eso, el que ya no es capaz de apreciar la verdadera felicidad, se dedica completamente a él".
Arthur Schopenhauer