Se trata de una historia simple, pero que invita a la reflexión. El protagonista es un joven de 19 años, estudiante de derecho en Rio y procede de una familia de clase media alta, que vive en el barrio noble de Gavea y frecuenta la facultad de Derecho de la prestigiosa Universidad de la PUC.
Luti en Marajó
Luiz Carlos Guedes, conocido como el Luti, descubrió cuando tenía sólo 16 años, durante un viaje organizado por su Colegio a una de las comunidades más pobres de Brasil, que “gentes viviendo en la extrema pobreza no estaban tristes”; que personas con menos dientes que él, “sonreían más” y que aún sumergidos en la pobreza tenían “menos estrés y lazos familiares más estrechos” que los ricos que él conocía y frecuentaba.
Aquel viaje, cuando la adolescencia empezaba a llamar a su puerta, le sacudió y le hizo tocar con mano un mundo para él desconocido.
Se trata de las comunidades del archipiélago fluviomarino de la Isla de Marajó, el mayor del mundo. Se divide en dos partes: Marajó Campo y Marajó Rio. El primero es harto conocido por el turismo bien, con hoteles y restaurantes de lujo. El segundo se hunde en la miseria y allí no llega el turismo, y menos el de los pudientes.
En Marajó Rio, aquellas comunidades carecen de todo. El pequeño hospital más cercano está a cuatro horas de barco y hasta que llegó este joven, no tenían comunicación telefónica, por lo que las familias de las personas que iban a hospitalizarse pasaban dias sin saber nada de sus enfermos.
El joven Luti, cuando volvió de aquel mundo de miseria al suyo de abundancia, se dijo a sí mismo: “No puedo volver a mi vida y fingir que no he estado aquí”. Convenció a un tío suyo médico para que lo llevara de nuevo un año después.
Su tío se fue con sus tres hijos y en los días que estuvo allí, les ofreció a aquellas comunidades pobres, asistencia médica básica.
A partir de entonces, el joven universitario carioca, aprovechó todos sus días libres de estudio, para crear lo que ha sido llamada “La casa de papel”. Se trata de minúsculas bibliotecas comunitarias. Para crear entre aquellos pobres el hábito de lectura, comenzaron a pedir libros de literatura infantil y juvenil, antes de llegar a una literatura de adultos.
Ahora ya piensan, Luti y sus amigos, en comprar un barco y convertirlo en biblioteca para que ellos mismos vayan llevando los libros y el gusto por la lectura a otras comunidades. El barco serviría también de ambulatorio médico.
Antes están preparando a los jóvenes del lugar a ser agentes literarios, “para que vean que también ellos pueden hacer muchas cosas”, explica a Mauro Ventura, en una entrevista a Revista O Globo.
Y ahí llega la segunda sorpresa de Luti: “Antes de interesarse por los libros y la lectura decían que no tenían sueños”. ¿Y ahora? Ahora todos aquellos niños perdidos en aquellas comunidades de las más pobres de Brasil, “sueñan ya con ser maestros, ingenieros, abogados, etc”, explica medio sorprendido.
El joven estudiante ya ha llevado a aquellas comunidades a una hermana y su amiga, estudiantes de odontología y a dos amigos de Sâo Paulo. Llevaron 300 cepillos de dientes y en los días de sus vacaciones que permanecieron allí, les enseñaron las normas bases de higiene dental.
Casas de los habitantes de Marajó
Y una última consideración y descubrimiento del joven rico de Rio en su contacto con los pobres de Marajó Rio: “Ellos están transformando nuestra vida más de lo que nosotros podemos transformar la de ellos”.
Algo que me ha llamado la atención en esta historia simple, pero llena de significados a la vez, es cómo se equivocan las familias bien en alejar a sus hijos de los de otras clases sociales más humildes. Frecuentando sólo en el día y a día y en las mismas vacaciones, su ambiente de gente “que lo tiene todo”, acaban encerrados en una redoma de cristal sin saber ni interesarse, por otros mundos, pobres de riquezas materiales, pero que a veces son más ricos en muchos otros aspectos de la vida, que no está amasada sólo de dinero y que pueden, como en este caso, hasta dar un sentido más pleno a sus vidas.
De no haber llevado el Colegio, a este joven, a aquellas lejanas comunidades olvidadas, nunca hubiese descubierto que “gentes con menos dientes que él, sabían sonreír mejor que él”.
Y lo que es más importante, que sólo el conocimiento, los libros, la lectura, son capaces de “crear sueños de superación” entre los más desheredados. Entre ellos y entre nosotros, los acomodados.
Recuerdo que mi padre, un maestro rural en Galicia, nos reunió a sus tres hijos antes de morir, muy joven por cierto, y nos dijo:
“No os olvidéis nunca que hasta en la cárcel seréis menos infelices si os gusta leer”.
Eran los tiempos del franquismo, donde podías acabar en chirona o en el paredón, sólo por tus ideas, contrarias a las del Generalísimo. La lectura, debió pensar mi padre, nos sería siempre la mejor arma contra la barbarie.
Ah, mañana día seis de agosto se cumplen 67 años del lanzamiemnto de la primera bomba atómica, en Hiroshima, que produjo cerca de trecientos mil muertos.
!Sólo para que no se apague la memoria!