Juan Arias

Sobre el autor

es periodista y escritor traducido en diez idiomas. Fue corresponsal de EL PAIS 18 años en Italia y en el Vaticano, director de BABELIA y Ombudsman del diario. Recibió en Italia el premio a la Cultura del Gobierno. En España fue condecorado con la Cruz al Mérito Civil por el rey Juan Carlos por el conjunto de su obra. Desde hace 12 años informa desde Brasil para este diario donde colabora tambien en la sección de Opinión.

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¿Olimpiadas sin medallas?

Por: | 11 de agosto de 2012

Soy consciente de ir contracorriente al criticar las Olimpiadas “con medallas”. Debo ser de los pocos ciudadanos que se manifiesta contra lo que yo considero una guerra aunque camuflada bajo el ropaje del arte y de la belleza.

Olimpiadas (3)
Nada contra el espectáculo de los atletas, que parecen a veces una sublimación de lo humano, casi dioses en la tierra, inalcanzables en sus proezas.

Una exhibición incluso de cuerpos perfectos, casi irreales que hoy los medios de comunicación con las modernas tecnologías manifiestan gráficamente con tomadas de los atletas hasta con fuerte componente sensual.

Lo que yo pienso, desde hace tiempo, ante las Olimpiadas, es que no perderían nada de su valor artístico y hasta de exaltación del cuerpo humano y de lo que es capaz de realizar de prodigioso y superación, desafiando a veces los límites de lo natural, si fueran “sin medallas”.

Me refiero a lo que las medallas entrañan también de exaltación de violencia para cada uno vencer al otro, hasta el punto que se llega al absurdo de que el derrotado, que por él mismo es un fenómeno de la naturaleza, aparece como humillado, aunque la diferencia entre ambas proezas sea de décimas de segundo.

Alguien podrá decir que toda la vida humana es una competición para conseguir vencer al otro, que los niños aprenden emulando al compañero, tratando de ser superior siempre a él.

Es cierto. Y por ello a los vencedores, aunque se hayan superado por caminos criminales, se les acaba también exaltando, al mismo tiempo que los perdedores son humillados y despreciados.

Olimpiadas de Londres
Lo sabe muy bien la psicología. Y es una consecuencia de la violencia que entraña la vida misma en la que los valores que predominan son los acuñados por los fuertes, los poderosos, mientras que los débiles son una especie de segunda categoría humana.

¿Y qué serían las Olimpiadas sin medallas?

Lo mismo que ahora. Serían manifestaciones, espectáculos de lo que el ser humano es capaz de hacer con su propio cuerpo, de la belleza y el arte que es capaz de crear con su esfuerzo, su entrenamiento y, en definitiva, con su inteligencia.

¿Es menos bella la exhibición de un concierto de música, donde todos los virtuosos, todos los instrumentos, se unen, sin competición, para crear juntos esa armonía que crea escalofríos de belleza?

Para mi es más bello ese conjunto tocando que si se hiciesen competiciones, con medallas entre el violinista y el contrabajo, entre el baterista y el arpista, con medallas y todo.

Olimpiadas (4)
La belleza de las Olimpiadas, que existe y es real, no la producen la competición, las medallas, sino la exhibición en sí misma, que sería idéntica sin trofeos que recuerdan los de las guerras.

No son menos maravillosos los nadadores en acción, con sus cuerpos moviéndose como peces en el agua, porque sean rusos o españoles o brasileños. El espectáculo no pierde belleza porque uno de ellos gane o no la medalla de oro. Generalmente, nosotros los pobres mortales que asistimos a esas exhibiciones, no somos capaces de distinguir entre el que ha ganado la medalla de oro y el que se ha llevado la de plata o bronce y a veces ni siquiera sabriamos distinguir a la mayoría de los que compiten, tan pequeñas son las diferencias entre sus proezas.

Se podría objetar que también el futbol es lo mismo, y nadie niega el valor de ganar o no una copa. Es cierto, aunque con una diferencia. En el futbol son equipos, conjuntos, no un individuo contra otro. Ganan o pierden juntos.

Y aún así es cierto que los campeonatos de futbol ya han sido paragonados a las guerras sin sangre, aunque a veces, en las gradas acabe consumándose entre los hinchas la violencia de la guerra real con muertes y todo.

Olimpiadas (5)
Tampoco el futbol sería ni menos futbol ni menos bello, si se tratara sólo de la  exhibición de ese deporte sin trofeos. Cada partido, cuando los jugadores consiguen ofrecer espectáculo es una belleza en sí mismo, gane o pierda. Son los dos equipos los que expresan esa belleza, prescindiendo de que sea una competición entre un país y otro.

Quizás, despojados los deportes de esos restos tribales de violencia escondida, se podría evitar lo que se están criticando en estas mismas Olimpiadas donde como ha denunciado la BBC de Londres, hay atletas casi niñas, que han ganando medallas de oro, que si se conociera lo que existe detrás de esa medalla, se nos helaría la sangre, como la denuncia de que algunas atletas chinas, llegaron a ese cenit por obra y gracia de una verdadera tortura a la que fueron sometidas para que ganaran a cualquier coste. Y seguramente no habrá sido sólo en China.

Es posible que, sin medallas, podríamos hasta gustarnos ese espectáculo con mayor serenidad, con menos pasión nacional, centrados más en el prodigio que en ganar la guerra.

Sin olvidar lo que mi colega de este periódico y novelista, Manuel Vicent solía decir cuando se abrían las Olimpiadas en algún lugar del mundo. Vicent criticaba esos esfuerzos sobrehumanos a los que algunos atletas se sometían o los sometían sus patrocinadores políticos para conseguir superar en una corrida, por ejemplo, algunas décimas de segundo al adversario.

Olimpiadas ( natación)
El escritor español ironizaba sobre el esfuerzo al que que para ganar una medalla, se sometía durante todo el año el jugador, sacrificando prácticamente su vida. Decía con ironía desacralizadora Vicent, que el ser humano se cree un dios al conseguir un record en una carrera de cien metros, cuando una liebre, sin tantos sacrificios, le daría una zurra. O una pulga saltando, o el más proletario de los peces nadando.

Yo entendía entonces a Vicent y su ironía, que no era más que una reflexión de cómo a pesar de todos los milagros exhibidos en las Olimpiadas de todos los tiempos, desde las de los griegos a hoy, las potencialidades del cuerpo humano son un mero y burdo remedo de las mismas cualidades presentadas por los animales, sin entrenamientos, sin sacrificar la vida, para poder levantar en alto el oro de la medalla, como antiguamente se mostraba la cabeza del vencido.

Pueden tirarme tomates a la cabeza. Yo no aplaudo a las medallas ni a los países que las ganan. Aplaudo y disfruto con el espectáculo, siempre bello del que muestra lo poco o mucho de que es capaz de realizar el Homo Sapiens con su físico, aunque siempre menos del espectáculo y prodigio de un colibrí moviendo sus alas, como la Heliactin del Espirito Santo en Minas Gerais y Goiás, en Brasil, capaz de mover sus alas a una velocidad de hasta 90 veces por segundo. No habría oro suficiente en el mundo para premiarlo. Y no necesita de entrenamiento.

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