Al hilo del interesante debate originado ayer en este blog sobre el por qué Brasil crece poco, el debate por cierto más denso hasta el momento, la noticia de hoy es que el gobierno de la Presidenta Dilma prepara un “choque de capitalismo”, como lo ha definido la prensa.
Se refiere a las medidas anunciadas para dar una inyección a las infraestructuras del país, las más castigadas y que según algunos observadores son más de tercer mundo que de un Brasil sexta potencia económica.
La inyección puede llegar a los 20.000 millones de euros (50.000 millones de reales), en los proyectos para mejorar aeropuertos, puertos y carreteras. Entre ellos figuran la renovación de los aeropuertos más importantes del país congestionados desde que la clase media baja ha empezado a volar; las concesiones para construir cinco mil kilómetros de carreteras y ocho mil kilómetros de tren, un medio de transporte prácticamente inexiste en este país. En el proyecto de ferrocarriles entra el tren de alta velicidad tantos años soñado entre Rio y Sâo Paulo, con un presupuesto de 32.000 millones de dólares.
Se le ha llamado “choque de capitalismo”, porque el gobierno va a abrir la mano a las llamadas “concesiones” o entrada del capital privado en dichos proyectos. Dilma, ni queriendo, podría llamarlas privatizaciones porque se trata de una palabra tabú en su partido, el PT, que siempre levantó su bandera contra las privatizaciones hechas por el expresidente Cardoso.
Quizás sea exagerado llamar de “choque capitalista”, a lo que Dilma prepara para revitalizar una economía que parece cansada, porque aún en esas “concesiones” permanecerá fuerte la presencia del Estado, más bien inclinado hacia una economía mixta en la que al mismo tiempo que se empiezan a abrir espacios mayores a las iniciativas privadas, el gobierno mantiene una consistente política social para acabar con la pobreza del país y mejorar esa atávica desigualdad social, una de las mayores aún del Planeta.
Ese “choque de capitalismo”, aunque se trate más de un eufemismo que de una realidad, ha sido sin embargo bien recibido hasta por el mundo económico progresista.
Así, la experta en economía, Míriam Leitão, socialdemócrata convencida y aguda analista de este país, con fuerte componente humanista, en su columna de hoy en el diario O Globo, “PIB encogido”, traza un panorama del estado actual de la economía. Y acaba diciendo que ojalá ese “choque de capitalismo” sea cierto. Refiriéndose a la Presidenta Dilma escribe: “Que se de prisa porque está ya llegando a la mitad de su mandato”.
La comentarista critica una de las plagas de Brasil “la incapacidad de pensar a medio plazo, tanto del gobierno como de las empresas y hasta de las entidades bancarias”.
Para ella, en términos del crecimiento del PIB “es un año perdido”, ya que va a crecer bastante menos que el año pasado. Recuerda que las previsiones para este año eran de un PIB del 4,5% y ayer mismo fue rebajado a un 1,8% y aún podría encoger más.
El crecimiento de la industria para este año estaba previsto en un 5% y se habla ya de una caída del 1%.
Hay más. La producción de bienes de capital, cayó 12,4% en este primer trimestre. El gobierno invirtió en el primer semestre sólo un 18% de lo que podría y las estatales, exceptuada Petrobrás, invirtieron un 19% de lo que podrían haber invertido.
Dicho de otra forma, las inversiones aplazadas de las grandes empresas son de 95.000 millones de dólares.
Según Leitão “el país invierte menos, porque va a crecer menos, y va a crecer menos porque no invirtió”. Recuerda que Brasil no se puede olvidar que “el mundo va a seguir dando dolor de cabeza” a las economías, porque se trata de una crisis larga.
La analista recuerda al gobierno que no bastan políticas sectoriales a empresas concretas sino que son necesarias medidas que “favorezcan la economía como un todo, al mismo tiempo que se desatan las inversiones”.
Un lector me ha preguntado ayer por qué traje a mi blog lo que sobre la economía de Brasil piensan economistas como Bacha y si yo me identifico o no con ellas considerándolas demasiado neoliberales.
En primer lugar, hoy se esfuman cada vez más todas las etiquetas del pasado. Partidos de izquierdas se muestran a veces más neoliberales que muchos conservadores. Lula mismo, en Brasil, triunfó no poniendo en juego la política económica que le pedía su partido de izquierdas, sino continuando la política neoliberal de su antecesor Cardoso, hasta el punto que dejó al frente del banco Central a Henrique Meirelles, el mismo del gobierno anterior.
En este blog lo que yo intento es dar a conocer a los lectores lo que los expertos brasileños piensan del país tanto económica como políticamente. Y en ese caso, lo que yo piense es menos importante.
Pero ya que me lo preguntan creo que la mejor política es la socialdemócrata, que sabe conjugar creación de riqueza, sin prejuicios ideológicos y sin viejos clichés nacionalistas y proteccionistas, con una fuerte política social que cree bienestar para todos los ciudadanos sin distinción y achate las enormes e injustas desigualdades sociales.
Esta fuerte presencia del Estado que asegure el bienestar social se hace aún más indispensable en paises como Brasil donde aún un 10% posee el 80% de las riquezas del país, donde aún existen 12 millones de analfabetos y donde el 70% de la población apenas si sabe escribir su nombre y leer deletreando y al que le es prácticamente imposible leer un libro.
Ello se debe a que aún hoy, con todos los avances innegables llevados a cabo en el campo de la enseñanza, el 40% de los alumnos de la primaria sale de la escuela sin saber leer y escribir bien y sin ser capaz de entender un texto.
Y a nadie se les escapa hoy que un país en el que la esclavitud y las siguientes políticas de las capitanías dejaron profundas huellas de analfabetismo total o funcional, creando las enormes bolsas de desigualdad social, o coloca la educación y el saber en general en la preocupación número uno, o nunca saldrá de su pobreza ancestral.
Lo sabe muy bien Dilma, que ha hecho de la luccha contra la pobreza su principal bandera bajo el eslogan “Un país rico es un país sin pobreza”. Es cierto. Sin pobreza y con educación, aunque Dilma sabe muy bien que no puede existir una educación eficiente entre gentes que tienen que luchar aún por su sobrevivencia y hacer trabajar a los hijos menores para poder comer.