Vivimos tiempos de resurrección de los neonazismos más diversos. Y nos
agarrota el miedo. Nuestra Europa que ha vivido el mayor periodo de su
historia sin guerras, vuelve a experimentar las nubes negras de los
nazismos y fundamentalismos, enemigos mortales de la democracia.
Hay quienes en tiempos de truenos se abriga bajo las alas de la racionalidad para defenderse. O se cobijan bajo las alas protectoras de la religión o de la superstición.
Pocos imaginan que podemos también encontrar una lección contra el racismo en el mundo animal. Lo ha recordado en Brasil un veterano del periodismo, Ricardo Setti, que es también doctor en Derecho por la Universidad de Brasilia y escritor. Entre sus obras figura, “Conversaciones con Vargas Llosa”, publicado en portugués y español.
Acostumbrados sus lectores a que Setti no se muerda la lengua en los
temas políticos, denunciando los asaltos a la democracia y los abusos
del poder de turno, a veces se sorprenden con algunos post de su blog,
en el que coloca a los animales como inspiradores de comportamientos
humanos, como verdaderos ejemplos de solidariedad.
Días atrás, ha publicado una serie de fotografías reales, recogidas en varios lugares del Planeta en que hembras de animales reciben, dan de mamar y cuidan de crías de otras madres, sin distinción de especie, raza, color, etc.
Lisha, una preciosa labradora, que no tiene crias propias, hasta produce leche para poder dar de mamar a unos cerditos. Lo mismo hacen algunos gatos.
Y hasta una gallina se ensimisma con una perra para poder cuidar de unas crías de perros, lo que demuestra que esa fuerza vital que es el amor materno ni siquiera está limitada a los mamíferos.
Sabemos que el amor materno, más aún que el paterno, es el motor del
mundo. Es cierto que existen madres que sufren de depresión postparto o
viven en condiciones de pobreza extrema, que pueden llegar al extremo de
abandonar a sus hijos o hasta sacrificarlos. No es, sin embargo, la
regla. Las madres lo sacrifican a veces todo, para cuidar y preocuparse
de sus hijos que para ellas nunca son en realidad adultos del todo. Mi madre me llamó “Juanito” hasta su muerte.
También en el reino animal el instinto materno es fortísimo. Tuve una
gata, Babel, que al parir seis hijos, se dedicó durante un mes a ellos
ejemplarmente. Apenas les dejaba un minuto para hacer sus necesidades y
enseguida volvía a estar con ellos para que pudieran alimentarse.
Recuerdo los comentarios: “Es increíble; vaya ejemplo de madre; es
enternecedor”.
Es instinto natural, dirán algunos. Es cierto. También lo es el de las madres humanas, pero no por eso es menos maravilloso y creativo.
Es verdad que, al igual que en el reino humano, también en el animal hay
madres que abandonan a sus hijos y hasta los sacrifican cuando nacen
con defectos. En este último caso, según los zoólogos, esas madres lo
hacen para evitar que al crecer puedan no ser capaces de valerse por si
propios. Quieren protegerles.
De cualquier modo, los ejemplos propuestos por Setti de amor materno
desinteresado que abraza a crías de otras especies y que todos los que
tratan con animales conocen en abundancia nos hacen pensar como los dos
mundos: el humano y el llamado animal, no están tan lejanos y hasta a
veces esos a los que consideramos inferiores son capaces de
sorprendernos con su capacidad de amar a los pequeños aunque no sean
suyos.
NOTA: Olviden este blog los que suelen irritarse conmigo cuando me
permito descender de nuestro orgulloso reino de Homo Sapiens, al mundo
simplemente animal, que ellos consideran inferior e inmerecedor de
atención.