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Luis Barbero

(Madrid, 1970) es licenciado en Ciencias Políticas y periodista. Desde 1995 trabaja en la delegación de EL PAÍS en Andalucía. Desde 2008 es el delegado en esta comunidad

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Una mirada de lo que ocurre en España (y si se tercia un poco más allá) alejada de Madrid, epicentro de casi todo, pero no de todo. Punto de partida: el sur.

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ERE o recortes. No hay más

Por: Luis Barbero | 09 mar 2012

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A medida que la campaña se ha ido aproximando, la distancia entre PP y PSOE que han reflejado las encuestas de los dos últimos años se ha recortado. Lejos están ya los sondeos que daban a Javier Arenas hasta 14 puntos de ventaja sobre José Antonio Griñán, quien jugó la carta de separar los comicios autonómicos de los generales del 20 de noviembre con la esperanza de que las previsibles medidas duras del Gobierno de Mariano Rajoy (con la reforma laboral y los recortes a la cabeza) le dieran un respiro. La encuesta del CIS apunta una victoria sin discusión de Javier Arenas, pero también revela que los socialistas todavía tienen algo de aliento y margen para seguir gobernando una comunidad que dirigen desde hace 30 años. Con un pacto con IU, sí, pero con opciones de gobierno, un escenario que se daba por algo casi imposible no hace mucho.

El hartazgo ciudadano tras tres décadas de gobierno, la increíble tasa de paro del 31%, el repulsivo caso de los ERE y la división interna (tras el congreso federal de febrero, el PSOE andaluz quedó abierto en canal) formaron un cóctel que extendió el pesimismo entre sus cuadros dirigentes.
Todavía está por ver si la estrategia de Griñán de separar las elecciones andaluzas de las generales consigue el resultado perseguido, pero lo seguro es que los datos conocidos ayer insuflan ánimos al PSOE (que si pierde Andalucía vería cómo su poder institucional se reduce casi a la nada) y trasladan ciertas dudas al PP, que se está volcando en un territorio históricamente hostil que en caso de conquistarlo le permitiría acumular una supremacía política sin precedentes.

Arenas sabe que el umbral de su éxito o su fracaso pasa por la mayoría absoluta (salvo que UPyD consiga un escaño), de ahí que lleve semanas frenando la euforia que se ha extendido en una parte de su entorno. No olvida el episodio de 1996, cuando también partía como favorito y se dio de bruces con la realidad de las urnas.

A falta de grandes propuestas electorales, hasta el 25 de marzo hay dos claves que inclinarán la balanza: las bazas que guarde el PP sobre el caso de corrupción de los ERE y la capacidad que tenga el PSOE de movilizar a su antiguo electorado con los recortes que impone Rajoy. No hay más (al menos hoy).

El País

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