Nuevo palo para la imagen JP Morgan. Mejor dicho, dos. La Reserva Federal acaba de darle un aprobado condicional a los planes de capital que le entregó la entidad que dirige Jamie Dimon, por lo que no podrá distribuir dividendos entre los accionistas hasta que haga algunos ajuste. Lo mismo pasó con Goldman Sachs. Este es un problema subsanable. El revés más duro llegó poco después desde el Senado, en el informe de la investigación a la conocida "ballena de Londres", que ocasionó pérdidas de 6.300 millones de dólares en una cartera de derivados estructurada con deuda europea. Y lo que dice el documento no es bonito ni para la reputación de Dimon ni para la entidad en su conjunto.

¿Sabía la cabeza ejecutiva lo que pasaba en Londres? ¿O prefirió ocultarlo? Por lo que se desprende de la investigación, parece que fueron las dos cosas. Eso, para el inversor, no es una buena noticia. Es casi imposible saber cómo JP Morgan está manejando el riesgo y eso hace complicado el análisis de los resultados que presenta cada trimestre, por mucho que Jamie Dimon insista en las conferencias con analistas que la entidad es una "fortaleza financiera" y presuma públicamente de ser el mejor gestor del riesgo. Pero viendo la nota que le dio la Reserva Federal en las últimas pruebas de estrés, parece que hay alguna vulnerabilidad en esa afirmación. O quizás sea el primer ejemplo de que empieza a abandonarse el mantra del "demasiado grande para quebrar".

Lo rápido que pueden cambiar las cosas. Dimon pasó de ser una de las personas más respetadas del sector financiero en Washington a una especie de diablo. El informe del comité del Senado, de unas 300 páginas, construido a partir de 90.000 documentos y dos centenares de conversaciones telefónicas, acusa al equipo de gestión de JP Morgan de haber ignorado sus propios límites a la hora de gestionar el riesgo, de manipular sus modelos y controles y de obviar las alertas internas. Pero lo más grave para el consejero delegado es cuando se dice que intentó ocultar información a los inversores y al propio Congreso. De hecho, los investigadores señalan que no pueden dar una cifra exacta de las pérdidas porque le faltan datos. Ese fondo se desmanteló hace meses.

El senador Carl Levin, que preside el comité que realizó la investigación, tiene intención de acudir al Departamento de Justicia para que abra una investigación formal a JP Morgan. Explicó que lo decidirá tras escuchar a Ina Drew, quien fuera responsable de la división de inversión cuando se produjeron las apuestas fallidas desde la oficina en Londres. La ejecutiva dejó su cargo en mayo del año pasado, a los pocos días de que Dimon admitiera el multimillonario error. Nadie irá a la cárcel por haber metido la pata en una inversión. Para llegar a ese extremo, el regulador debería demostrar que hubo una conducta maliciosa. La acción de JP Morgan remontó un 60% desde que estalló el escándalo.