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3500 Millones

El santo, los pobres y el JetLag

Por: | 03 de junio de 2015

Monseñor romero

Procesión la noche previa a la beatificación de Monseñor Romero

Recuerdo la primera vez que entré en la catedral de San Salvador. A priori no me impresionó demasiado, es bonita sí, pero viniendo de Europa donde se encuentran las catedrales más impresionantes del mundo, la de “El Salvador del mundo” resultaba interesante sin más. “Tenemos que bajar a ver la cripta donde está la tumba de Monseñor Romero.” “¿Y ése quién es” “¿No conoces a Romero? Es un arzobispo que fue asesinado por el gobierno en los años 80.” Me impresiono la tumba de Romero. Es grande 2,5m x 1,8m en bronce, con un busto de Romero. Había bastante gente visitando la cripta. Tenía un punto emocionante.

Han pasado dos años desde aquella visita durante los cuales he ido recuperando información de Monseñor Romero, de aquí y de allá. Me fascina este sacerdote que dio literalmente su vida por ayudar a los más desfavorecidos.

 Las mayorías pobres de nuestro país son oprimidas y reprimidas cotidianamente por las estructuras económicas y políticas de nuestro país. Entre nosotros siguen siendo verdad las terribles palabras de los profetas de Israel. Existen entre nosotros los que venden el justo por dinero y al pobre por un par de sandalias; los que amontonan violencia y despojo en sus palacios; los que aplastan a los pobres; los que hacen que se acerque un reino de violencia, acostados en camas de marfil; los que juntan casa con casa y anexionan campo a campo hasta ocupar todo el sitio y quedarse solos en el país. Monseñor Óscar Arnulfo Romero

Me emociona esa generosidad del que, aunque ya se encuentra en una posición de seguridad vital, decide morir de pie, luchando por la justicia social. Pienso en España, en cómo estamos ahora, con toda la corrupción, con gobiernos que han olvidado que gobiernan para los ciudadanos, con una brecha social entre pobres y ricos cada vez mayor, con una generación de jóvenes perdida, con leyes represivas que castigan a los que se quejan, con políticas que olvidan a los más débiles, estén donde estén, y favorecen a los que más tienen, de igual manera, con políticos que se aferran al poder y amenazan con el fin del mundo, como si la regeneración fuera apestosa. Nos miro y creo que nos vendría bien un Monseñor Romero.

En marzo Carlos Dada, periodista que investiga la muerte de Romero desde hace un año y medio, me anunciaba que mi viaje a el Salvador coincidiendo con el Foro Centro Americano de Periodismo, coincidiría con la beatificación de Monseñor. Un hecho histórico que no debería serlo. Monseñor Romero es el santo del pueblo que no del poder. Su defensa de los más débiles le acarreo muchas enemistades, fuera pero también muy dentro de la iglesia. De hecho antes de ser asesinado Romero acudió a Roma a solicitar ayuda al Papa Juan Pablo II y este último no se la brindo (esta información ha sido extraída del artículo “el día que Juan Pablo II humilló a Monseñor Romero en el Vaticano). Que se reconozca por fin su relevancia dentro de la iglesia es muy importante ya que a través de este reconocimiento el Vaticano acepta la importancia de un puñado de religiosos que hicieron historia en la defensa de los derechos humanos y la lucha contra la pobreza en América Latina durante los años 70 y 80 y cuya labor estaba absolutamente reconocida y respetada por el pueblo latinoamericano.

Esta dicotomía entre el reconocimiento del pueblo y el del poder económico, político y religioso se vivió durante los días que rodearon a la beatificación. “No queremos un beato milagrero sino un santo compañero”, clamaban la noche del viernes en la peregrinación que fue desde la catedral al fastuoso montaje que al día siguiente albergaría a los participantes del rito y al público en general. La peregrinación, fue maravillosa. El día anterior habíamos participado en un recital alternativo de canciones de Monseñor en la UCA. Nunca me imaginé que podría acabar tarareando emocionada, al borde de la lágrima, un estribillo que dijera “beato, señor de mi corazón”. Pero ahí estuve, en primera fila, los brazos en alto, sintiendo como todo ese orgullo luchador del que cree en la justicia social por encima de todas las cosas me invadía y la rabia y el dolor por la injusticia me encendía cada vez mas. ¿Por qué? ¿Por qué tenemos que matarnos? ¿Por qué se mata a alguien que no quiere nada para sí mismo? ¿Por qué se calla la voz del que visibiliza la pobreza, la miseria y la injusticia? Esas mismas preguntas se las podríamos hacer a algunos de nuestros gobernantes que saben que la verdad es incómoda siempre. Esas canciones que me aprendí en la UCA entre abrazos tostados y sudor, se repetían al principio de la caminata. El atardecer era rojo y gris, compramos unos paraguas porque obviamente iba a llover. Y empezamos la marcha con esta sensación de formar parte de algo muy grande, de estar donde había que estar, de compartir casi en comunión un amor universal. Llovió. Lluvia torrencial caliente, que en seguida dio lugar a una enorme riada. Los paraguas no servían para nada, y por un dólar nos comparamos unos sequillos de plástico. Notaba el agua templada que corría por mis pies calzados por unas chanclas y no podía parar de reírme. La comitiva avanzaba rápido, y pese a la lluvia las canciones seguían. Esa noche me acosté emocionada, por haber podido pasear por el centro de la ciudad tranquilamente y por haber formado parte de algo tan especial, fuera de toda creencia o institución, algo verdadero basado en el amor por los demás.

Al día siguiente acudimos a ver parte de la liturgia oficial. El coro sonaba precioso pero no hubo ninguna canción que mencionara al pueblo, la lucha, la victoria, la justicia. La homilía fue fría, sin emoción. La atención del público respetuosa y metálica, como las lecturas. Hacía calor. Compramos unas camisetas y unas chapas, y nos fuimos antes de que acabara. De nuevo disfruté de ese largo paseo caminando por el centro de San Salvador, que sin duda fue para mí lo mejor del sábado.

Aterricé el domingo llena de emociones en Barajas. Es difícil explicar. Y me fui a votar. Y voté embriagada por ese sentimiento de fuerza infinita y convicción de que mi voto podía servir para luchar contra la injusticia y por la justicia social. Y disfrute de una bella noche en un Madrid en pleno cambio gracias a un maravilloso Jet Lag.

Hay 3 Comentarios

En este enlace está el relato de la periodista María López Vigil, que se encontró con Monseñor Romero en su viaje de regreso de Roma, donde tuvo la frustrante reunión con el papa Juan Pablo II: http://www.confidencial.com.ni/articulo/21138/el-dia-en-que-juan-pablo-ii-humillo-a-monsenor-romero

Gracias por contarlo. Si hubiera estado allí, también habría ido.

Monseñor Romero fue un verdadero Apóstol de la Cristiandad. Se preocupó por el prójimo desamparado. ¡Suerte que el actual Papa lo ha sabido valorar ! ya que a los papas anteriores siempre les preocupó el poder y el dinero (la banca vaticana con su crisis financiera fue un simple ejemplo). Los casos como Romero, entregados al amor al prójimo, han sido y son una excepción dentro de la Iglesia.

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Sobre los autores

3.500 Millones es un blog coral dirigido por Gonzalo Fanjul. Este espacio es el resultado de un esfuerzo colectivo en el que los protagonistas de la lucha contra la pobreza comparten su experiencia y sus propuestas.

Autor

  • Gonzalo FanjulGonzalo Fanjul lleva más de veinte años dedicado al activismo contra la pobreza, impulsa la iniciativa porCausa y colabora como investigador con diferentes think tanks, universidades y ONG

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