Stoner, a su manera

Por: | 18 de octubre de 2013

Es su historia, a su manera. Y quizá haya revelaciones que sorprendan a algunos. La vida de Casey Stoner, ya se sabe, nunca fue idílica. Pero nunca antes había contado que era acosado por sus compañeros de colegio cuando era niño o que Honda le engañó (muchos años antes de vibrar con él) para tentar a otro piloto. Joven talento y campeón del mundo, el australiano se retiró en plena efervescencia. Hastiado de la gente y las mentiras, cansado de ejercer de cabeza de familia desde su adolescencia. Ahora, alejado ya de los focos y los circuitos, cuenta su vida en una autobiografía escrita a raíz de unas conversaciones con el periodista de la BBC Matthew Roberts.

El libro: Casey Stoner, pushing the limits (Casey Stoner, buscando los límites; Hachette, 2013) será presentado el miércoles próximo en Melbourne. Pero Roberts lo lleva bajo el brazo estos días en Phillip Island, donde aquel rubiales de dentadura prominente era invencible. Talento puro, Stoner escondía con su carácter introvertido, a veces incluso tosco, episodios oscuros de su vida y su carrera que hoy desvela en esas páginas que ayudan a entender mucho mejor su carácter. El carácter de un niño que, según revela el diario de carreras que elaboró su madre desde que empezó a competir con solo cinco años, lloraba antes de los entrenamientos. Y no lo hacía porque no le gustara lo que hacía, ni por miedo a una caída, ni porque perdiera (que lo hizo muy poco, y solo al principio de aquella andadura), sino porque había demasiada gente mirándole. Y aquello nunca le gustó. Ni siquiera cuando se hizo grande. 

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"Al leer el libro uno entenderá la presión que con la que siempre cargó. Aunque sus padres intentaban liberarle de ella, él nunca olvidaba que lo habían vendido todo para comprar una caravana, una furgoneta y una moto y probar suerte en Europa. No les quedaba nada. Comían habas y pan tostado. Y el propio Casey relata que si querían comer bacon, él tenía que ganar la carrera para poder pagarlo con el premio. No es normal que un chico de 14 años sea el encargado de poner la comida en la mesa de una familia", explica Roberts. Y asume que conocer el relato ayuda a entender las razones de la retirada. "Se sentía viejo", añade. 

Aquello llegó, además, después de una infancia dura, en la que "ser piloto de motos no era nada chulo". No en Australia, donde le hubiera ido mejor si en lugar de correr sobre dos ruedas hubiera jugado a rugby. "En el colegio le acosaban. Cada día se encondía en un pequeño puente al que los chicos más grandes no podían acceder y esperaba allí hasta que se marchaban y le dejaban en paz". A aquel chico que venía del campo le costaba integrarse, no tenía sentido del humor, no entendía los chistes y siempre tuvo miedo a que se estuvieran riendo de él. Le costó tener amigos. Y no los tuvo tampoco cuando llegaron la fama y el éxito. Aunque sí declara su admiración por Lorenzo, con quien cree tener tantas cosas en común, aunque uno libere sus frustraciones con cierta arrogancia y chulería y el otro lo hiciera cerrándose en sí mismo.

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Hoy su mujer Adriana y su hija, Ally, que nació el último año en el que compitió, alegran los días de un dos veces campeón del mundo que se sintió engañado muchas veces en su trayectoria. Engañado por el equipo Scot Honda, que le hizo creer que le ficharía para 2004 solo para poner nervioso a Dovizioso y conseguir su firma; engañado por Michelin, según relata en la autobiografía, que le arrebataba los neumáticos buenos para dárselos a otros en el año de su debut en MotoGP, 2006; y despreciado por parte de su gente en Ducati, cuando enfermó en 2009 y nadie le creyó. Es más, el consejero delegado de la firma, Claudio Domenicali, le envió un e-mail cuando decidió no participar en tres carreras aquella temporada: "Espero que no pienses cobrar por esto", le dijo. Aquel día Stoner decidió que no renovaría con la casa italiana. El contrato duraba hasta 2010 y en 2011 ganó el Mundial con Honda. 

Un año después se retiraba. Y ha comprado la propiedad en Niangala (Australia) en la que se montó por primera vez en la Yamaha Pee Wee que heredó de su hermana Kelly. Allí, en la pequeña casa arrendada en medio de una enorme granja en la que vivía su familia, en compañía del encargado de esquilar las ovejas, Stoner fue feliz. Vivió desde los dos hasta los cinco años. Y el día que se marchó hacia la costa en busca de carreras y fortuna hizo un juramento: "Me prometí volver", confiesa. Hoy desde la terraza de la propiedad ve aquella casa de aluminio en la que se crió. Allí sigue siendo un chico de campo al que le cuesta hacer amigos. 

Hay 2 Comentarios

realmente ,me equivoque al pensar que stoner era un altanero silencioso, y despues de ver esta nota me doy cuenta de la grandeza como persona y como piloto ..que espero al retiro para dar su vercion de los hechos y las injusticias que el deporte y las entidades aveces conllevan con el exito como cobrandoles a los protagonostas una deuda eterna e impagable de por vida.. felicitaciones casey ,por ser grande como persona y mas aun como piloto bicampeon del mundo..

Siempre me gustó mucho Stoner y creo que ha hecho bien en retirarse cuando no le hacía feliz su trabajo. Aunque hay ciertos rumores que relacionan su retirada con un lío de faldas: http://xurl.es/27krh

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A la parrilla

Sobre el blog

A la parrilla se asan las mejores carnes y en las parrillas de las radios y las televisiones caben, siempre, muchas horas para hablar de deporte. Muchos domingos, si no todos, se echan a la parrilla puñados de pilotos corajudos que, sobre dos o cuatro ruedas, deleitan al respetable. En este blog se escribe sobre motor y competición, sobre pilotos y actores secundarios del paddock y los rallies.

Sobre el autor

Oriol Puigdemont. Comencé a cubrir el Mundial de MotoGP para EL PAÍS en 2005, después de convencerme, a base de leñazos, de que tratar de contar las carreras no era tan divertido como participar en ellas, pero mucho más seguro. Cinco años más tarde desembarqué en el paddock de Fórmula 1, qué lugar ese, y en él sigo con el mismo propósito que tenía el primer día que lo pisé: que me engañen lo menos posible.

Nadia Tronchoni. Estudié Periodismo en la Universitat de València, jugué mis primeros partidos en la radio local, empecé a escribir sobre cultura y política y volví al campo, a Mestalla, cuando empecé a aparecer por las páginas de El País en el 2007. Sigo viendo fútbol desde Barcelona, aunque paso muchas más horas en los circuitos (y en los aeropuertos). El Mundial de Motociclismo y el Dakar mantienen ocupadas mis neuronas.

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