Ángeles Espinosa

"God bless US troops"

Por: | 07 de febrero de 2012

“Qué Dios bendiga a las tropas de EEUU”. Así, literalmente, reza el mensaje de los paneles informativos en la autopista que une Kuwait con la frontera de Irak. Volvía a Ciudad Kuwait desde la reserva natural de Sabah al Ahmad, una de las escasas lagunas con las que cuenta el desierto kuwaití, cuando vi el cartel. No es el único en esa carretera por la que circulan con frecuencia convoyes militares estadounidenses.

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El sentimiento que los kuwaitíes tienen hacia los soldados norteamericanos, y hacia EEUU en general, es muy diferente del de sus vecinos. La relación con ese país está marcada por su decisiva intervención para liberar el emirato de la invasión iraquí de agosto de 1990. Contra la imagen habitual en Oriente Próximo del Ejército estadounidense como fuerza de ocupación, en este rincón nororiental de la península Arábiga se percibe a los uniformados de las barras y estrellas como libertadores.

Sólo hay que acercarse al museo que “para preservar la memoria” ha levantado un puñado de voluntarios en el barrio de Shuwaikh. Allí, junto al enaltecimiento a la resistencia y a los mártires, se elogia también la inestimable ayuda de la coalición que expulsó a los iraquíes de la que querían convertir en su decimonovena provincia. Pasados los efectos especiales que reproducen con cierto dramatismo algunos de los momentos clave de la invasión, hay una sala dedicada a los aliados, entre ellos España, pero sobre todo a EEUU (que movilizó a medio millón de soldados), como muestra con deferencia Albara Almuhaib.

Reflexioné sobre esta singularidad durante mi reciente viaje a Kuwait para cubrir las elecciones. En la mayoría de los países vecinos, las simpatías de la población hacia el Tío Sam son inversamente proporcionales a las de sus dirigentes. Los casos de Pakistán e Irán son tal vez los más extremos. Me preguntaba hasta qué punto esa relación con la Superpotencia marca una línea de fractura en la región.

Obtuve la respuesta mientras esperaba para abordar el avión de regreso a Dubái. Miraba la prensa internacional cuando me detuve en un interesante artículo del The New York Times sobre una conferencia organizada en Irán a propósito de lo que el régimen iraní ha dado en llamar “Despertar Islámico” y que en el resto del mundo conocemos como Primavera árabe. Para reforzar su tesis, y tal vez en busca de liderazgo, las autoridades de Teherán habían invitado a jóvenes de diversos países donde las movilizaciones populares han derribado o intentan derribar a sus dictadores. Por supuesto, no había ningún representante de los sublevados sirios, algo que a los avispados participantes no les pasó desapercibido.

El régimen de los ayatolás acepta sin cuestionar que lo que sucede en Siria es, como denuncia su aliado Bachar el Asad, “una conspiración de elementos terroristas con apoyo extranjero”. Esa actitud contrasta con la atención casi militante que sus medios de comunicación (todos bajo control estatal) dedican a las protestas en Bahréin. En consecuencia, observadores políticos y periodistas tendemos a pensar que se trata de una cuestión sectaria: Irán apoya la revuelta bahreiní porque es una revuelta de los chiíes contra la monarquía suní que detenta todo el poder; mientas que el peso numérico de los suníes sirios convierte a esa comunidad en el principal actor del levantamiento contra la dictadura alawí.

Pues no, no tiene que ver con la afiliación religiosa de los sublevados, sino con la actitud que éstos manifiesten hacia EEUU. Lo ha aclarado el influyente Ali Akbar Velayatí, un ex ministro de Exteriores que ahora es consejero del líder supremo. Seguramente confundido por el diferente tratamiento que los gobernantes iraníes estaban dando a las revueltas, un periodista jordano le preguntó cómo distinguir una verdadera revolución de una conspiración extranjera.

“Buena pregunta”, respondió el veterano político sin dejar traslucir el menor signo de sorpresa. “Una de ellas favorece a Estados Unidos y a los sionistas, y la otra está contra ellos”, sentenció. (Los portavoces oficiales iraníes evitan siempre pronunciar el nombre de Israel al que suelen referirse como “la entidad sionista”).

Así que nada de fracturas sectarias. El principal elemento divisorio en la región son Israel y Estados Unidos. Tal vez por ello los países ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) han condenado "los actos de violencia que grupos armados (apoyados por potencias extranjeras) han desatado contra el pueblo sirio". Los ALBA, que incluyen a Venezuela, Bolivia, Cuba, Ecuador y Nicaragua, comparten con Irán su profunda desconfianza de EEUU, algo que parece mucho más fuerte que las enormes diferencias de valores sociales que les separan de Irán.

Hay 1 Comentarios

La Sra. Espinosa debe aprender más sobre lo que EEUU realmente hace en Medio Oriente. Mas y mas sus reportajes nos recuerdan de el “pensamiento correcto” de los nuevos dueños extrajeras de El País. Los mismos dueños que mentirón descaradamente a los Estadounidenses antes de las guerra de Irak.


Did the Pentagon Help Strangle the Arab Spring?
Making Repression Our Business
The Pentagon’s Secret Training Missions in the Middle East

As state security forces across the region cracked down on democratic dissent, the Pentagon also repeatedly dispatched American troops on training missions to allied militaries there. During more than 40 such operations with names like Eager Lion and Friendship Two that sometimes lasted for weeks or months at a time, they taught Middle Eastern security forces the finer points of counterinsurgency, small unit tactics, intelligence gathering, and information operations -- skills crucial to defeating popular uprisings.

These recurrent joint-training exercises, seldom reported in the media and rarely mentioned outside the military, constitute the core of an elaborate, longstanding system that binds the Pentagon to the militaries of repressive regimes across the Middle East....

http://www.tomdispatch.com/archive/175479/


No parece estar accidente que El País esta ocultando mucho información a sus lectores.

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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