Ángeles Espinosa

Saleh dejó la presidencia, pero no la piscina presidencial

Por: | 30 de junio de 2012

Si el tráfico en Saná sirve de medida de la actuación del nuevo Gobierno, las cosas pintan mal. El habitual caos que genera en cualquier vía yemení la presencia de más de dos vehículos al mismo tiempo, adquiere proporciones épicas en el sector de la ciudad bajo control de las fuerzas de Ali Mohsen, el general que se unió a la rebelión contra Saleh y que ahora está aliado con el Gobierno. Incluso alrededor de su cuartel, en el noroeste de la capital. Los atascos y las manifestaciones de soldados que piden su paga llegan a bloquear el acceso a ese feudo. Me sucedió el miércoles, tenía una cita con el general a las 11.30 y a pesar de salir con tiempo, una hora más tarde no había logrado alcanzar el portón de acceso; perdí mi oportunidad.

Ali  yemenfox.net
General Ali Mohsen./ yemenfox.net

El acuerdo político para que Saleh dejara el poder, alcanzado bajo presión internacional el pasado noviembre, se ha traducido en un frágil Gobierno de unidad nacional, pero ha resultado insuficiente para que las dos ramas en las que se dividió el Ejército vuelvan a unirse bajo el mando del presidente Abdelrabbo Mansur Hadi. Esto lleva a una situación que, si no fuera por el terrible estado de la seguridad del país, resultaría cómica: las unidades al mando del general rebelde obedecen al Gobierno y las que se mantuvieron leales… bueno, siguen obedeciendo al ex presidente Saleh.

En el fondo, la disputa sigue siendo política, no militar. El acuerdo con el que se evitó la guerra civil garantizó la inmunidad de Saleh y su familia, pero no le exigió a cambio que cesara su actividad política. Tampoco se ha disuelto el Congreso Popular General (CPG), su partido. Y es que a diferencia del Partido Nacional Democrático en Egipto, por ejemplo, el CPG cuenta con apoyo popular y algunos de sus responsables, como el propio Hadi, han mostrado voluntad de reformar el sistema. Así que ahí sigue el ex presidente, recibiendo a sus seguidores y alentando entre ellos la esperanza de que va a volver en las próximas elecciones.

“Lo que pasa es que se aburre soberanamente, y la gente que le visita le dora la píldora”, me asegura un diplomático occidental en Saná. Pero es algo más que eso lo que hace que Hadi no se haya trasladado a vivir al palacio presidencial (sólo tiene a allí sus oficinas) y permite que Saleh siga yendo a nadar a la piscina del complejo, según relató a este diario un hombre de negocios con conexiones en el entorno del ex presidente.

Y es que Saleh mantiene el control de varios servicios militares y de seguridad, en contra de lo que estipulaba el acuerdo de transición. La Guardia Republicana, el cuerpo de élite del Ejército, sigue dirigida por su hijo Ahmed, y la Seguridad Central, una especie de policía militarizada dependiente del Ministerio del Interior, está en manos de Yehya, un sobrino con fama de play-boy. El general Yehya logró que fuera su segundo quien pagara los platos rotos de un atentado que el pasado mayo mató a cerca de un centenar de uniformados. Todo el mundo esperaba que Hadi aprovechara la ocasión para destituirle, pero en el delicado encaje de bolillos que es la política yemení, aún no había llegado su hora.

Los más optimistas, consideran que Hadi (en realidad, el bloque político anti Saleh que respalda su presidencia) logrará deshacerse de Ahmed y Yehya, igual que ya ha hecho con otros parientes del ex presidente, una vez que éste obtenga garantías para ellos. “No creo que él tenga ya ambiciones políticas, pero quiere asegurar el futuro de sus hijos y sobrinos”, interpreta un alto cargo yemení convencido de que si hubiera elecciones libres hoy mismo, el partido de Saleh podría ganar. “Aún cuenta con apoyos, porque ¿cuál es la alternativa? ¿Los barbudos islamistas del Islah?”, se pregunta en referencia al principal partido del bloque opositor que llegó al Gobierno tras el pacto político.

Sin embargo, tanto en el Gobierno como en las filas de los independientes que se movilizaron contra Saleh el año pasado existe unanimidad en que el ex presidente tiene que irse del país. “Su presencia bloquea el avance político”, coincide la mayoría de los yemeníes con los que he hablado durante la semana que he pasado en Saná. Más fácil decirlo que lograrlo. Al parecer ningún país está dispuesto a darle asilo. Desde la firma del acuerdo, el Gobierno de unidad nacional ha pedido a varios europeos, entre ellos España, que acojan al autócrata, con un séquito de 70 personas. Pero nadie quiere esa patata caliente.

Ni siquiera los tradicionales países de acogida para dirigentes árabes caídos en desgracia. Cuando hace unos meses un embajador yemení le planteó el asunto al ministro de Exteriores de Emiratos Árabes Unidos, éste le respondió que por qué no se lo pedían a Australia o a Japón. “No quieren saber nada de él. No se fían porque saben que no respeta los acuerdos”, interpreta el diplomático. “Omán es el único país dispuesto a recibirle, pero él no quiere ir allí porque sabe que no podrá abrir la boca ni moverse a su aire”.

EEUU acaba de concederle un visado por razones médicas. Desde el atentado que sufrió hace un año, pasó tres meses en hospitalizado en Arabia Saudí y luego, tras firmar la entrega del poder, también recibió tratamiento en aquel país. Será una ausencia de semanas o meses. Nada indica que piense alejarse por mucho tiempo. La piscina del palacio presidencial sigue resultándole más atractiva, al menos mientras siga bajo la protección de la Guardia Republicana.

Hay 1 Comentarios

..."¿cuál es la alternativa?": pregunta un alto cargo yemení.
En un país fuertemente tribalizado y armado (leo que es uno de los países con más armas por persona después de Estados Unidos), la alternativa es ¿Sadiq al Ahmar?
Lo que a nuestros ojos resulta un escándalo (el negocio de la seguridad en manos de un clan anclado en el gobierno) se muestra como un inicio pacífico a los ojos del mundo.
(http://www.cuartopoder.es/elfarodeoriente/y-saleh-pidio-perdon/2512).
Pero la tiranía, el que casi la mitad de la población sobreviva con 2 dólares diarios, no se erradica. Ni en Egipto ni en Yemen, y es la que más facilmente se extiende

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Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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