Ángeles Espinosa

Sobre la autora

lleva dos décadas informando sobre Oriente Próximo. Al principio desde Beirut y El Cairo, más tarde desde Bagdad y ahora, tras seis años en la orilla persa del Golfo, desde Dubái, el emirato que ha osado desafiar todos los clichés habituales del mundo árabe diversificando su economía y abriendo sus puertas a ciudadanos de todo el mundo con sueños de mejorar (aunque también hay casos de pesadilla). Ha escrito El Reino del Desierto (Aguilar, 2006) sobre Arabia Saudí, y Días de Guerra (Siglo XXI, 2003) sobre la invasión estadounidense de Irak.

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Síndrome de Ramadán

Por: | 31 de julio de 2012

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Decoración de Ramadán en una calle de Ammán, Jordania./ The Economist

A punto de cruzar el ecuador del Ramadán, empiezan a notarse los efectos de ese mes de ayuno (y abstinencia) que constituye uno de los cinco pilares del islam. En oficinas públicas y despachos privados, los empleados desfallecen. Y es que por mucha devoción que uno tenga, resulta extremadamente duro abstenerse de comer y beber durante las entre 15 y 16 horas que transcurren desde el amanecer hasta la puesta del sol en estos días de julio y agosto con los que ha coincidido la penitencia este año. Así que no es de extrañar que algunos falten al trabajo.

Claro que lo de Kuwait ha desbordado todas las previsiones. Por lo menos 15.000 funcionarios pidieron la baja sólo en los tres primeros días de Ramadán, según ha informado el diario Al Jarida. El periódico, que cita fuentes oficiales, cuenta que la mayoría de los justificantes emitidos por los centros de salud alegan “agotamiento y dolores de cabeza”, y son presentados por mujeres. Pero es que además, 100.000 empleados públicos llegaron con retraso y otros 15.000 se fueron antes de concluir su jornada laboral. El 80% de los kuwaitíes trabaja en la administración, lo que teniendo en cuenta que la población activa es de 1,375 millones y los nacionales son un tercio de todos los habitantes, supone unos 250.000 burócratas.

No he encontrado estadísticas similares para otros países de mayoría musulmana, pero sospecho que al menos en el resto de las monarquías de la península Arábiga no debe de haber muchas diferencias. En principio, el objetivo del ayuno Ramadán, como cada año se encargan de recordar los clérigos, es experimentar las carencias de los necesitados y poner a prueba la paciencia y voluntad de uno mismo, una suerte de purificación espiritual no muy diferente de la que los católicos buscan durante la Cuaresma. Sin embargo, entre la teoría y la práctica hay un abismo.

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Desayuno de Ramadán para los pobres en El Cairo./ The Economist

Recuerdo mi primer Ramadán en El Cairo, cuando fui destinada allí como corresponsal en 1989, y aquello tenía más de celebración navideña que de abstinencia. Cierto que, a excepción de Titi que sufría del riñón, todos los empleados de la oficina donde tenía alquilado mi cubículo cumplían con rigurosidad el ayuno. Bueno, a veces Seftab venía a mi despacho a echar un cigarrito y Nagwa confesaba haber bebido un trago de agua en el lavabo. Pero Reda era seguro que aguantaba firme hasta que sonaba el cañonazo que anunciaba la ruptura del ayuno, el iftar.

Entonces, la capital egipcia se transformaba en una fiesta que duraba hasta el amanecer. Desde las comidas colectivas que los ricos ofrecían a sus vecinos menos favorecidos en plena calle, hasta los elaborados bufetes con que muchas familias recibían a parientes y amigos, Ramadán se convertía en sinónimo de opípara pitanza. Se tiraba la casa por la ventana y los comerciantes hacían su agosto aunque el mes de ayuno cayera en noviembre. Todos mis conocidos cogían peso durante esos treinta días. Una invitación a un iftar servía para comprender porque al día siguiente el empleado del banco dormitaba sobre la mesa y nadie cogía el teléfono en la oficina de prensa extranjera antes de mediodía.

Ese volcarse en la comida revelaba, además de la generosidad egipcia, las carencias cotidianas de la mayoría, equiparable a las mesas rebosantes de nuestras abuelas que hoy se consideran fuera de lugar. No todos los países viven ese mes de forma tan festiva. Mi primer Ramadán en Teherán fue una desilusión por lo normalito. No había excesos, ni invitaciones a grandes iftares. Todo seguía funcionando con una pequeña reducción de horario. Apenas se notaba el ayuno, salvo que uno le coincidiera la hora del almuerzo fuera de casa porque, por ley todos los restaurantes y casas de comida, permanecían cerrados.

Sin embargo, para un país oficialmente tan piadoso, no encontré nunca tantas personas con justificación médica para saltarse el sacrificio como en Irán. Tampoco tanta gente comiendo en la calle. Algunos oficinistas bajaban a sus coches y se escondían tras los maleteros abiertos. Otros trabajadores se refugiaban en los parques. Y no dejaba de haber colas frente a las panaderías, un signo elocuente, dado que a los iraníes el pan les gusta calentito y nadie lo compra a mediodía para la hora de cenar. La cosa ha debido ir a más desde mi salida el verano pasado puesto que este año un responsable policial ha anunciado “duras sanciones para quienes beban, coman o fumen en público”.

Al otro lado del golfo Pérsico, en la cosmopolita Dubái donde ahora resido, las autoridades hacen equilibrios entre su deseo de satisfacer a los sectores más conservadores de su población y su vocación de ciudad abierta al mundo. Así que también se prohíbe comer o beber en público, incluso mascar chicle tal como ha recordado Gulf News. Pero en todos los hoteles y grandes centros comerciales hay al menos un restaurante que discretamente (con las puertas cerradas o tras una cortina) sirve alimentos y bebidas no alcólicas a cualquier hora. Previo pago, eso sí, de la correspondiente tasa a la municipalidad. Además siguen funcionando los servicios de comida para llevar.

El problema se plantea para los trabajadores extranjeros (el 95% de los habitantes del emirato), al menos la mitad de los cuales no son musulmanes. Sujetos a las normas locales, muchos empleados indios, filipinos y de otros países asiáticos tienen que ingeniárselas para no desfallecer durante la jornada laboral. En los centros comerciales, la gente forma largas colas en los aseos con bolsas que apenas disimulan la botella de agua o el zumo y el tentempié. Otros improvisan un rápido picnic en los vestuarios de gimnasios o piscinas. Uno de los vigilantes de seguridad de mi edificio me guiña el ojo cada vez que le encuentro en el ascensor con el batido energético en la mano. Incluso he visto oficiales del Ejército comprando cervezas sin alcohol frías a mediodía.

Además el ansia que precede a la ruptura del ayuno provoca enormes atascos y hace aumentar el ya elevado número de accidentes de tráfico que se producen en este país. Según un responsable policial, en los diez primeros días de Ramadán se han producido 195 accidentes en la media hora anterior al iftar debido a la excesiva velocidad y a la imprudencia.

Los medios locales pueden desgañitarse con reportajes que aseguran que el ayuno reduce el riesgo de infarto o que es posible ayunar aunque se tenga diabetes (los enfermos no están obligados a hacerlo), pero si tan convencidos están de las bondades de pasarse 15 horas sin beber y con el estómago vacío, ¿por qué necesitan imponerlo? No sólo lo pregunto yo. Lo ha cuestionado nada menos que el presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, quien en un arranque de liberalidad sugirió hace unos días a la policía de su país que en lugar de cerrar cafés y restaurantes, eduque a los ciudadanos para que elijan por sí mismos. Sólo entonces sabremos quiénes ayunan de corazón y quiénes sólo de cara a la galería.

Ramadán Karim!

Cuando las mujeres no tienen nombre

Por: | 17 de julio de 2012

Seguro que no fui la única a la que le llamó la atención. Cuando el otro día contábamos en EL PAÍS el vergonzoso asesinato de una joven afgana acusada de supuesto adulterio, los criminales que acabaron con su vida ni siquiera le concedieron el derecho a su nombre. “Esta mujer, hija de Sar Gul, hermana de Mostafa y esposa de Juma Khan”, la presentó el barbudo que hacía las veces de juez. Sólo más tarde una portavoz provincial la identificó como Najiba, un bonito nombre de origen árabe que significa distinguida, noble o de alta cuna.

Hija, hermana y esposa son los escasos atributos que esos trogloditas aceptan para aquellas que les traen al mundo. Pero los ultramontanos afganos no son los únicos a los que la sola mención del nombre de una mujer les parece anatema. El tabú pervive también entre las tribus más conservadoras de la península Arábiga, tanto en las zonas rurales y atrasadas de Yemen como en el Qatar en proceso de modernización acelerada.

Yemeni female students seen at the University of Sana'a

Estudiantes yemeníes a la salida de la Univerdsidad de Saná./ AP

Sin nombre no hay existencia. La ocultación bajo el burqa o el niqab constituye una extensión de ese intento de hacer desaparecer cualquier signo de lo femenino de la esfera pública. De ahí que tengan aún más valor pequeños gestos que en otras sociedades pasan desapercibidos como el activismo de las mujeres árabes que ha premiado el Nobel a la yemení Tawakul Karman, la cara descubierta de la segunda esposa del emir de Qatar, la jequesa Moza, o que ese país vaya a enviar entre sus atletas femeninas a los Juegos Olímpicos no sólo a una tiradora o una amazona con las que muchos países islámicos cubren el expediente (porque pueden participar bien tapadas) sino también a una nadadora.

No es tanto una influencia occidental, como denuncian algunos, cuanto pura y simple necesidad. A medida que las sociedades evolucionan, se dan cuenta de que no pueden prescindir de la mitad de su potencial intelectual y fuerza de trabajo. Con la mejora de las condiciones económicas, las mujeres acceden a la educación, limitan el número de hijos y reclaman derechos. Incluso en los países en los que por costumbre o imposición se presentan en público completamente cubiertas de negro.

Por supuesto, esos avances no se producen sin oposición. Desde los abusos sexuales en las calles de El Cairo hasta las batidas de la policía moral iraní en los cafés de Teherán, dan prueba del temor que suscitan los cambios. Convertir la calle en un lugar inseguro para las mujeres o apartarlas de cualquier entretenimiento que les permita relacionarse con el otro sexo es una forma de tenerlas subyugadas. Las nuevas generaciones no sólo están plantando cara a esas restricciones sino que hay indicios de que en cualquier momento van a dar la vuelta a la tortilla.

Durante los mandatos del reformista Jatamí en Irán, no había reportaje sobre ese país que no mencionara que las mujeres suponían el 65% de los universitarios. Resulta que no es la excepción. En la mayoría de sus vecinos árabes ocurre algo similar (las saudíes constituyen el 60% de los universitarios y las emiratíes el 70%). Mientras los chicos heredan los negocios familiares y pueden salir y divertirse, para ellas los estudios son el camino hacia la independencia.

Las diferencias aparecen temprano. Una vez más este año, en los exámenes de selectividad de Emiratos Árabes Unidos, las chicas han superado a los chicos tanto en ciencias como en letras. Si las afganas pudieran acudir a clase en igualdad de condiciones, probablemente sucedería lo mismo. ¿Hasta cuándo van a poder seguir negándoles el nombre?

¿Por qué esa obsesión con la virginidad?

Por: | 05 de julio de 2012

“Médicos de Irak protestan contra las pruebas de virginidad por orden judicial” titulaba hace un par de días Gulf News. El diario de Dubái, habitualmente cauteloso en su selección de temas como todos los medios emiratíes, reproducía una información de la agencia France Presse que toca sin embargo una fibra sensible en toda la región. Las reacciones de los lectores online ponen de manifiesto el arraigo de esa obsesión con la virginidad que desborda los límites del mundo árabo-islámico.

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Foto./ Wordpress

Mantener la virginidad hasta el matrimonio no es una opción para las mujeres en esta parte del mundo. En algunos entornos sociales puede ser una cuestión de vida o muerte. Que una joven mantenga relaciones sexuales antes de casarse se considera una afrenta para la familia y, si son descubiertas, pueden llegar a morir a manos del padre, un hermano o un tío. Son los erróneamente llamados crímenes de honor, que persisten incluso en los países que han eliminado ese factor como atenuante, amparados por un trasnochado sentido de la honra de la comunidad.

Ante las reacciones en caliente habituales en esos casos, la vía abierta en Irak parece un avance. Según el reportaje, si un hombre considera que su mujer no es virgen en la noche de bodas puede llevar el asunto a los tribunales que son los que ordenan las pruebas. El examen se realiza en el Instituto de Medicina Legal (IML) de Bagdad y de sus resultados depende que la novia vuelva con su marido o sea repudiada.

“La mayoría resultan a favor de la mujer, no en su contra, pero [el examen] es en sí mismo… denigrante”, declara uno de los médicos del IML, donde se llevan a cabo varias pruebas diarias. De acuerdo con su experiencia, muchos piensan que durante la primera relación la mujer tiene que sangrar. “Creen que si no hay sangre, no hay virginidad”, señala antes de añadir que eso indica que su educación y conocimiento sexual es “muy pobre”.

La misma pobreza intelectual muestran los lectores que en los comentarios a la noticia de Gulf News justifican esa obsesión con la virginidad por el imperativo de saber quién es su padre y “no tener bastardos” (sic). Algunos ven en la mera publicación de la noticia un ataque a “la cultura de Oriente Próximo”. Incluso los hay que cuestionan la oportunidad de hablar del tema. Una mentalidad similar explica los exámenes del himen que la Junta Militar de Egipto impuso a las jóvenes manifestantes por la democracia para intentar amilanarlas.

Más allá de la humillación que el procedimiento supone para las mujeres, el asunto pone de relieve su desigualdad frente a los hombres. En ocasiones, el IML también examina a los hombres de impotencia, ya que ha habido casos en los que acusan a la novia de no ser virgen para esconder su disfunción eréctil. Tanto si es así como si los médicos certifican que la mujer era virgen, el asunto no tiene consecuencia alguna para el marido. En tanto que si el resultado es negativo para la esposa, “no hay ley que la proteja”. Su familia tiene que compensar al hombre por los gastos que la relación y la boda le hayan ocasionado. Y nada protege a la mujer de la ira de los suyos.

Por mi experiencia en la zona, y también por los comentarios en la web de Gulf News, he llegado a la conclusión de que la mayoría de quienes defienden la virginidad como un valor supremo ven cualquier crítica como una intromisión occidental. Consideran que la alternativa, dar poder a la mujer sobre su cuerpo, es fomentar la promiscuidad sexual, algo interpretan como intrínsecamente perverso.

Desde los medios de comunicación occidentales también se cae a menudo en el sensacionalismo y la simplificación. A menudo se atribuye esos comportamientos retrógrados a “los árabes” o “el islam”, manchando la imagen de una pluralidad de países cuyas posiciones al respecto no son únicas.

A pesar del mayor conservadurismo general de esas sociedades respecto a Europa, una de las comunidades con más asesinatos de mujeres a causa de su supuesta pérdida de la virginidad es la kurda (tanto en la zona iraquí, como turca). Significativamente, los kurdos no son árabes y se hallan entre los pueblos más laicos de los que siguen el islam. Quizá un enfoque más acertado sería apuntar hacia las regiones en las que las estructuras tribales siguen siendo fuertes lo que conecta Kurdistán con Yemen, Afganistán, Pakistán y también zonas rurales de India donde la religión predominante no es precisamente el islam. Son lugares donde el sistema patriarcal considera a las mujeres propiedad de los hombres. Mientras eso no cambie, los médicos del IML de Bagdad van a seguir recibiendo órdenes judiciales para practicar pruebas de virginidad.